lunes, 22 de diciembre de 2014

El sanador (Relatos de Elphaba)

Laverna vivía dentro del tronco de un inmenso árbol en el bosque donde se guardaban los lugares sagrados. Tenía tantos años como para entender bien el mundo y sus velos, y sus palabras eran el oráculo de los que buscan.

Caminaba lentamente, con la sencilla elegancia de la grandeza vistiendo sus movimientos suaves y maternales. Hablaba sin mirar a Elphaba, que, sentada en un banco pequeño de madera, cerca del fuego que ardía en el hoyo de la cocina, seguía sus movimientos como quien escucha narrar el cuento de su propia vida.

- Cuando lo sagrado se profana, las cosas del mundo pierden su sentido. Esta guerra interminable no se ganará derramando más sangre.
Los lugares sagrados del bosque ya no existen. Todos, uno por uno, han sido saqueados.-

El resplandor anaranjado de la llama sobre el rostro de la anciana pintaba destellos en sus ojos serenos. La raza de las Madres estaba casi aniquilada por la sangrienta guerra de siglos que las había corrido de los Templos y las tenía divididas y diezmadas.

No era con sangre que se ganaría la última batalla.

- Cada cual debe dejar hablar a su destino, y para eso debe silenciar la voz de la serpiente que habla en su alma, desde que la confianza fue profanada. Si has llegado hasta mi puerta, es porque la has vencido, Elphaba.-

La anciana miró con ternura a la mujer madura llena de cicatrices sentada en el pequeño banco de madera.

- El camino es hacia el Oeste, en las tierras donde se pone el Sol. Es cuesta arriba en su mayor parte, ya lo sabrás. No te ocultes del Sol, no te guarezcas, porque el Sol es amor, y a tí no te matará. Sólo envenena su luz la neblina del cielo del Reino. Fuera de aquí, en la Nada, el Sol no es patrimonio de nadie. Bébelo, deja que te ilumine. Será tu único alimento.-

Las manos de Laverna no parecían las de una anciana tan anciana como era. Se movían precisas por el espacio, acercando un cuenco humeante hasta las manos de Elphaba. Laverna se sentó en otro banco. Se miraron un rato largo a la luz del fuego de la cocina, Elphaba con el cuenco humeando en su regazo. La raza de las Madres era cálida.

La anciana tomó aire y habló en su boca la voz del Angel.

- Deberás volverte sagrada. Todo lo que guardaba el bosque tendrá sentido si vuelve a la vida dentro de tí.

Se hizo un silencio, hasta que de nuevo el Angel habló.

- No pienses cómo lo harás, no dejes que vuelva a sisear la serpiente. Solamente decídete a ir. Y la mañana en que despiertes y en tu corazón arda la urgencia de empezar a caminar, solo arrójate al camino. No hay a dónde llegar. -

Laverna encendió su pipa y estuvo un tiempo mirando arder el fuego de la cocina, el fuego que jamás se apagaba. Mirando el fuego, volvió a hablar.

- Cuando por fin tu alma se entregue a esa verdad, llegará el Sanador a tu camino. La serpiente hablará con fuerza cuando lo cruces, confundirá otra vez tu alma, gritará tu cuerpo. Pero no es ese el fin de tu camino. Detrás del umbral del Sanador, te espera lo Sagrado.

- ¿Cómo reconoceré lo Sagrado?- preguntó Elphaba.

Laverna giró su cabeza para mirarla a los ojos, y la luz del fuego parecía salir de su rostro. Y sus palabras fueron como un abrigo:

- Lo Sagrado te reconocerá a tí.




miércoles, 10 de diciembre de 2014

Ojos que no ven...

Perdí la forma.
Ya no sé cómo andar con este cuerpo por el mundo. No lo conozco.
Ahora que me cansé de castigarlo para hacerlo encajar, no sé cómo mirarlo.

A veces me confunden los espejos. El frío misterio del vidrio me devuelve mi propia mirada sin emoción.

No es igual lo que veo cuando me miro en otros ojos. Ahí soy a veces realmente hermosa.
¿Qué cable suelto no me deja mirarme con amor todavía?

Había un póster en la sala de espera de mi pediatra. Con esas palabras practiqué mis primeras lecturas:
Si un niño es juzgado, aprende a juzgar.

A los nueve años mis padres me llevaron a un médico para hacerme adelgazar.

Toda la vida, el mensaje fue que mi cuerpo, así como estaba, no era lo suficientemente bueno, no era correcto. Era importante verme de la manera adecuada para encajar, para ser aceptada y elegida. Para agradar.

Mi realidad refleja mi vivencia: toda la vida fui inquilina, jamás habité con libertad como propietaria ni siquiera mi propio cuerpo.

Ahora que rompí todo, también rompí los espejos.

Me voy a la calle a aprender el amor en los ojos ajenos.



miércoles, 3 de diciembre de 2014

Dieciocho años.

Tiene el pelo rapado y una cresta larga y ladeada como crin de yegua, y un brillo en los ojos que me provoca alegría.
Pasa de andar vestida de varoncito guerrillero punk a montarse un solero negro con brillos, y me hace enmudecer deslumbrada el brillante yo que emerge en ella y le da carnét de conductora de su propia vida por el mundo.
La veo tan hermosa, y no puedo creer que alguna vez fui tan joven como hoy ella, apenas unos años antes de que ella llegara a la vida atravesándome.
Ahora ya no me inclino ante ella para poder mirarla a los ojos.
Ahora nos vemos a los ojos una frente a la otra, y se inclina mi alma en una reverencia ante la luz que en ella veo florecer.



sábado, 22 de noviembre de 2014

La preponderancia de lo pequeño (encuentro número veintiseis o veintiseismil)

Me gusta estar de espaldas cuando llega, porque no esperarlo llegar, no verlo venir, me deja sorprenderme al darme vuelta y encontrarme de nuevo con sus ojos.

Y todo eso es un momento del día.

En el abrazo de bienvenida algo ha ido mutando, algo ha ido creciendo.
Fue un refugio, fue un consuelo, fue ansia, fue piel de nuevo, apenas solamente una piel que llama, fue distancia, y ahora por fin, cada vez, es reencuentro. Porque en alguno de todos esos abrazos, por fin nos encontramos en silencio.

No importa para qué. Nunca hay un específico para qué en un encuentro. Hay un dejarse de pertenecer, hay un vaciarse de uno mismo para que el otro entre por completo a recorrerte, a ver tus rincones, tus sombras, tus miserias, tu vista al río y tus jardines, y te los cuente.

Meterse en el otro es devoción, es respeto. No se entra por asalto y obsesión. Algo sucede o no sucede y atravesando el cuerpo le va dando los movimientos. Un paso, una danza, un encuentro fugaz fuera del tiempo, son brújulas que florecen cuando nos quedamos silenciosos y quietos un momento.

(Lo que entra, entra por el alma antes que por el cuerpo. Si no, no la encuentra, no encuentra los caminos para llegar al centro.)

Ya no sé a dónde voy, porque es cada momento del día lo que me va llevando de un encuentro hasta el otro, a cosechar la humanidad divina.

En ningunos otros ojos me siento tan bellamente desnuda, tan verdadera. Me gusta lo que veo de mí en sus ojos, lo que él me refleja. No me mira con hambre, no me mira con deseo, no me mira como a una presa de pollo en celo. Me mira para mostrarme que esa parte que no dejo asomar, es la más bella. Que hay ternura en mi oscuridad, algo tierno que no es débil, y aprendo de él a mirarme con ese mismo amor.

En nuestros encuentros, él me atravesó con música, me trajo la memoria de la danza y el juego al cuerpo, perfumó mi cabeza, acarició mi pelo, y ahora me ayuda en este parto de poner en las palabras lo que se agita en el universo de mis sentimientos.
Me ayuda a tejer en palabras los pensamientos.

En este camino de revivificar las palabras, de llenarlas del espíritu del que son símbolo, aunque mi psicóloga se ponga nerviosa, yo digo que es amor lo que compartimos en cada encuentro.
Que con él estoy aprendiendo a religar el alma con el cuerpo.

Porque cada vez que nos abrazamos al final de nuestro encuentro, para cerrar allí lo que de la misma manera hemos abierto, hay algo sagrado que se me desparrama por el cuerpo, y me encuentro a mí misma entre sus brazos mientras descanso la cabeza en su pecho. Y ahí quiero quedarme, apenas respirando en una danza mínima que el aire provoca al entrar y salir a través nuestro, dejándome envolver y atravesar por eso tan tibio que hemos gestado en ese encuentro.

Y nada más.
Y nada menos.







sábado, 15 de noviembre de 2014

Epifanía

Quisiera que la vida me llevara de viaje
por rutas infinitas a través de los tiempos.
liviana de ataduras, ligera de equipaje,
dejándome llevar, dejándome ocurrir
fluir y transcurrir
hasta que todo suceda sin esfuerzo.

Estar y decidir mientras la vida pasa
no solo alrededor, sino a través
de mis días sumados como perlas de un collar de muchas vueltas
a la vez
hasta dejar de sentir el vértigo en el agua
de dejarse llevar sin saber
hacia dónde llegar
pero ir
y al soltar
por fin
conquistar
                                                    la Fe.







viernes, 14 de noviembre de 2014

Foto

(Encuentro número veinticinco, Villa del Parque, noviembre. Hoy él es azul y ella es verde.)


- Si yo te dijera que te puedo dar todo...
- ¿Todo qué? ¿qué es todo?- interrumpe ella impaciente.
-... si yo te dijera que te puedo dar todo- vuelve a repetir él, con tono de estar tomándole un leve exámen,-..¿qué me pedirías?- suelta y se queda escuchando el silencio.
- Vos no me podés dar nada,- le contesta mirándolo a los ojos y gesticulando como un italiano lleno de ademanes,-vos no me podés dar nada que no crezca en mí primero. En todo caso, vos podés compartirte conmigo, o yo me puedo compartir con vos, pero nadie me puede dar nada, nadie le puede dar nada a nadie. Si quiero amor, el amor me atraviesa y lo comparto, nadie puede dármelo. Nos atraviesa. Me atraviesa y se refleja en el otro, pero ese amor es mío.-

Silencio.

(De nuevo, como al principio, ese silencio largo, raro, tierno, en donde intento escarbarle detrás del iris azul de sus ojos, a ver qué hay, quién está ahí, quién es el que pregunta.

Y de pronto me transpiran las manos, me laten delicadamente las venas y un sudor fino me hace brillar.)

- Me estás dando calor...- dice ella y ríen.
- Nos estamos encontrando..-

Silencio.

lunes, 20 de octubre de 2014

Detrás del Muro de los Lamentos (cuento número diez)

Para seguir adelante, para volverse Reina, la Princesa tuvo que decidir emprender un camino desconocido e incierto.

Caminaba sola por el pasto verde y mullido del Jardín del Reino, caminaba, despacio, derecho, inevitablemente, hacia la Torre.

Dudó un instante.

Podía echar a correr y encontrar algún Rey en el próximo baile, a quien servir y obedecer.
O podía reclamar su propio reino por derecho.

Para subir por la torre hacia la cumbre misma del reino entero, la princesa tuvo que decidir el movimiento.


Su voluntad de Reina movió su cuerpo hacia adelante y dio el primer paso, y la luz del Sol se volvió sombra dolorosa, como velo sobre sus pupilas, al cruzar el umbral de la puerta de hierro.

El camino, largo y empinado, los escalones, estrechos. La humedad de lo que está cerrado, clausurado en el tiempo, penetrando su olfato hasta dolerle.
Se crispaba su cuerpo con el roce de la suela en el filo, buscando a tientas el escalón, tactando su medida hasta lograr una lenta cadencia en el tranco. Conquistó el equilibrio, paso a paso sobre la roca, no sin antes golpearse varias veces, tropezando violentamente, apretando el estómago, tensando los brazos para no caer.
En su cuerpo calaba el cansancio del movimiento ascendente, la fuerza de sus piernas, la fría dureza de la roca en su palma tibia, y se estremecía su alma con ese mismo frío.

A través de su piel, aprendió el miedo.

Para callar sus pensamientos sombríos, recitaba sin voz

El rojo es la sangre.
El verde, la paz.
Azul es la noche
que debo cruzar.


Se detiene un minuto, se sienta.

Apoya su espalda contra los pedazos de roca que forman la pared. De pronto parece dormida, apenas su pecho se mueve en acompasada respiración.
Sueña con verdes formas florecidas, con el agua del río, sueña con otros que andan los mercados, los caminos, los mares, con los que conocerá que ha conocido. Sueña con los peces, y los mirlos, con las hojas y el viento en primavera. Sueña con el sol.

Levántate y anda.

Sigue avanzando un poco más.

Ratas traficantes de alas le ofrecen menos esfuerzo y un ahorro de tiempo y energía en doce cuotas sin interés, y a veces casi acepta, porque parece inalcanzable la ventana que persigue.

El cuerpo duele tanto de tanto miedo, de tanto frío, que no queda más que dejarse convencer por el sueño.

Y duerme un sueño largo.

Sueña con el olor a pan, y a jabón, con las afelpadas rosas del jardín de Palacio, tan rojas, tan reales, con las sábanas blancas de algodón de su cuarto, con el sabor de la miel a los costados de su lengua, con el jugo de limón en el verano.
Sueña con las manzanas, y las noches de fiestas con hogueras, y la danza en el salón. Con el amor en los ojos de su Padre.

Despierta en la dureza irregular de la roca.

Ha soñado que las paredes son cortinas, pero no confía en los sueños, y en la penumbra sigue andando.

Hace tanto frío, todo es tan silencioso y helado, que los sonidos mínimos se vuelven ruidos, y anda la princesa con el alma en sobresalto.
Miedo. Miedo de todo. Pero sobre todo, de sí misma, porque escucha sus pensamientos alborotados, y el ansia de llegar le exprime el ánimo y le parece eterno, interminable, el lento caracol de la escalera. Está tan perdida que no sabe si existe de verdad la ventana que persigue.

Cae sentada, se rinde.
Se abandona a la desesperación, se rompe. Cae por dentro suyo a pedazos.
Después del retumbar del derrumbe, se le llena el cuerpo entero de silencio.
Se entrega.
Derrotada, la Princesa olvida todo lo que sabe.

La pared de piedra, entonces, toma suavemente su espalda por abrazo.

En el silencio absoluto de su corazón, la Princesa escucha.

Escucha,

oye,

y canta.

Canta lo que escucha que dicen las piedras, que esperan que despierte; lo que dice el viento que sopla en la última ventana; canta lo que suena en el verde de las hebras del pasto que sacude la brisa, en el río que habla; canta lo que suena en los árboles reunidos en el bosque, lo que suena en las estrellas.

Canta y sus piernas se mueven sin esfuerzo, y subir es una danza. Abre los brazos y toca en la pared más oscura la ondulación de una cortina. Una a una va dejando descubiertas las ventanas, y no necesita abrir los ojos para ver tanta luz.

Llega cantando el canto de las alondras, de los ruiseñores, del bosque, del río, de las piedras, del pasto, y se asoma cantando por la última ventana la última nota que escucha antes de que llegue el silencio absoluto de su alma.

Abre los ojos. El mundo entero entra por las ventanas.
Ni siquiera se ven las fronteras del reino, y sabe que no debe perder la medida cuando pise la tierra de nuevo, con sus zapatos de cuero más finos.
Quiere recordarlo.
Hay un vasto infinito tras los muros de su Palacio.






jueves, 16 de octubre de 2014

La Serpiente Verde y la Bella Lilia (Dame amor)

(Dos serpientes negras llevó a la cama. Una está domada. La otra le da miedo)

Vamos a dejar de lado las palabras. Que ningún esfuerzo conceptual obnubile la potencia de lo que puede decir el cuerpo.
Esto no es una cacería, ni un acecho. Es más bien una danza, una ronda, un dejar que las distancias se achiquen y se diluyan solas. Dejar que suceda lo que sea que está sucediendo.

La palabra jugar ha perdido su mágico brillo a merced de volverse sinónimo de dominio, en este mundo frío en el que alguien tiene que ganar siempre. Pero yo la conozco. La he mirado a los ojos y conozco su esencia.

Pierdo la forma, pierdo el arreglo, solamente quiero jugar a robarte para que nunca sueltes, y entonces me arrastres, me vueles mientras grito de alegría viendo pasar las plantas sobre mi cabeza. Muerdo y me enrosco, pierdo la ropa, el pudor, el miedo, quiero jugar a que no quieras soltar y me abraces y me vueles.

Hasta que todo se queda quieto.
Y el silencio de la piel es mucho silencio.

Mientras sonrío en el colectivo, volviendo a casa con esta alegría que me quedó en el cuerpo, miro mi muñeca derecha y, en vez de la hora, descubro que en tu casa me he dejado el tiempo.




viernes, 10 de octubre de 2014

Música

Que no callen los tambores.
Que nunca cese el sonido del corazón maternal que nos envuelve cuando somos apenas semilla de eso que un día seremos.
Que no se apague el eco de las raíces negras corriendo las calles
donde su sangre corre como un río
bajo los adoquines.. que no se apague lo que fue libertad
a pesar de las cadenas.
Porque la música es la voz con la que habla el pueblo
idioma que nace del encuentro
y el ritmo es su andar por el mundo
a paso que refleja la firmeza de su suelo.
Que no callen los tambores.
Que no olvide la gente
que aún estamos vivos.





jueves, 9 de octubre de 2014

Einstein, un poroto...

Mientras revuelvo la olla con espuma rosada que despide un olor dulzón y conocido, me detengo en un reflejo.

Cocinar dulce de frutillas era algo que, se me antojaba, sólo podía realizar Pía y en la cocina de San Isidro. En aquél caserón que tanto me gustaba, el comedor del primer piso todo de madera y pana verde se llenaba de perfume dulce, y era un condimento más a todo ese universo de modales y cultura que yo pululaba en mi infancia.

Con palabras en alemán, en italiano y en amanerado castellano ella me explicaba, en un platito de loza fina, cómo saber si el dulce ya estaba a punto. Toda ella me resultaba tan sonora, tan musical, que no lograba entender una palabra de lo que me decía, y el olor a café recién molido, y a eneldo, y a pan tostado para el té, me envolvían los sentidos con gracia.

Todo olia en aquella casa.

Las pipas de Artemio. Las especias de Pía. Los libros de Irupé. La tenue habitación de Arnaldo. Las plumas de ganso de los sillones. El pasto del jardín, el cloro de la pileta, el pino. Las lajas regadas al sol de enero, la caldera, el órgano antiguo.

En las noches de tertulia, mientras los grandes se tomaban el café sentados en los sillones del comedor de pana, yo escuchaba en disco de vinilo un concierto orquestal que contaba, solo con el sonido de los distintos instrumentos de la orquesta, la historia de Pedro y el Lobo.
El ventanal inmenso, reflejando la sala sobre el fondo del fantasmagórico parque oscurecido, era magnífica pantalla donde mi imaginación hacía venir al lobo por el parque, obligándome a correr escaleras arriba a buscar refugio entre los grandes hasta dormirme acunada por las voces, o la flauta traversa de Irupé que me llevaba al sueño en alas.

Mientras revuelvo la olla con espuma rosada que despide un olor dulzón y conocido, viajo en el tiempo.



viernes, 3 de octubre de 2014

(En terapia.) Cuento número nueve.

Caminó las veredas amplias de barrio de la capital con remolinos de pelusas del árbol de plátano y el sol trenzándose en su pelo, en su pecho por adentro hasta el lugar donde habitan las mariposas.
Viajar en tren tiene el color de las películas viejas con apasionados y abrazados besos. Bajar en un andén es reconocer la geografía íntima y costumbrista del punto del planeta que se pisa.

En el departamento todo es luminoso y claro, pero ahí llegará después. Después de caminar con este deseo de encontrarse con otra piel, pero esta vez, empujando al mismo deseo, las ganas de ser amada con amor.

Hay un abrazo que siempre la espera, y es ella la que le insufla una forma y un calor.

A veces hay distancia, porque después de andar por el otro y de saberse recorrida, se sale un empujón como trompada, no sea cosa que tanta intimidad lastime.

Todavía no encuentra el olor en ese abrazo. Todavía no fue tiempo de poner la nariz sobre tu cuello para grabar en el olfato migas de tu esencia para encontrar el rastro.

Ya no es una presa.
No hay un lobo acechándola en las sombras para robarle el sexo confundiendo, con besos, mordiscones.
Ya no es una hembra malherida, viuda negra traicionera que devora la carne del que muere entre sus cuatro pares de piernas.

Toca el timbre después de haber paseado por el tiempo de una tarde tempranita, y no quiere verse linda. Quiere serlo.

No hay desmayo, no hay sofoco, no hay sutiles roces traicioneros de fósforos ni lijas, para que no arda un incendio que malogre la huerta, y el estanque, y el vergel que van sembrando en cada encuentro.

Hablan de la verdad, y pasa la vida y pasa la tarde y pasa el mate entre el humo del incienso, y las palabras son claras y pocas, y enhebran un collar entre las bocas. Dicen con la palabra, dicen con el cuerpo.

Nada importa más que lo que importa, no hacen falta preguntas sobre lo que es y lo que no es. Lo que es, es en el breve instante en el que está sucediendo. No hay nada más. No hay nada menos que el Universo.

La sostiene, la acaricia, la envuelve, la recuesta, la ordena, la perfuma, la abriga. Lo que pasa a través es de los dos alimento.

Y luego cierran la puerta, cuando ya es tiempo de irse apenas con el vislumbre de eso que brilla tanto que por un rato nos deja ciegos.

Hoy ella tiene ganas de más abrazo, de estrecharse un rato más sobre su cuerpo. Un perfume de octubre la secuestra, y se va detrás del globo de su infancia que la brisa agita, como a su cabello.

Y no sabe si él se ha ido o si la observa volverse un punto en el espacio. Prefiere no saberlo, y marcharse con el poncho de un abrazo entibiándole el recuerdo.




jueves, 18 de septiembre de 2014

Carta que envié. Carta que me gustaría recibir. (Al mundo se lo cambia cambiando)

Hace un tiempo que vengo trabajando sobre mi, sobre el sentido de vivir una vida.
Cada vez siento más la certeza de que uno viene para algo, para aprender algo a través de los otros, algo sobre uno mismo.

En este mundo loco y violento voy viendo en lo pequeño cómo nos vamos contagiando unos a otros con el dolor, con la frustración, con el enojo, con la violencia como una epidemia invisible, y sin vernos, nos volvemos parte de eso mismo que nos espanta cuando estalla en una guerra, en un crimen, en una injusticia.

Con cada pequeño puñal que le clavamos al otro sin vernos, con cada dolor que infringimos, nos vamos volviendo parte de una máquina que se pone cada vez más violenta y más oscura.
Golpeamos al otro con dolor para que sienta el dolor que nos atravesó primero.
Y aunque nos espantamos, moralmente civilizados, cuando vemos la violencia por televisión, ninguno de nosotros se ve sembrando esa semilla en cada grito, en cada cachetada, en cada falta de respeto, en cada respuesta agresiva.

El mundo no puede cambiar porque el mundo somos nosotros.

Entiendo entonces que todo cambio, para desplegarse, para volverse playa, tiene que formarse de millones de granos de arena.

Por eso, revisando mi propio camino de causar dolor, ando necesitando pedirte perdón.

Te traté mal.
Te causé dolor.
Te arrojé mi enojo y mi frustración.
Te provoqué una herida.
No pude evitarlo. Tenía bien aprendido eso de sacarse el dolor doliéndole a otro.

Lo siento.
Ando necesitando pedirte perdón.

lunes, 5 de mayo de 2014

Melancólico navegar por las ideas de un lunes bravo.

Fuimos educados en la exigencia, en la demanda de cumplir la idea que previamente se tenía sobre nosotros.
Aprendimos invisiblemente, indetectablemente, a exigir, a demandar, a preconcebir.

Tengo una idea de lo que el otro debería hacer en su rol de pareja. Si no se ajusta su comportamiento a mi idea, me frustro y lo demando.

Tenemos una idea de lo que nuestros hijos deberían ser y hacer. Y cuando no se ajustan a la idea, demandamos, exigimos, que en eso se conviertan de alguna manera.

Esperamos del otro que resuelva, y resolver significa que nuestra expectativa quede satisfecha.

Pero el otro no podrá nunca ser lo que pensamos que debería ser. El otro es lo que es.
Entonces lo atacamos, lo empujamos, lo excluimos, lo castigamos.

Qué mundo difícil para ser ni más ni menos que lo que uno es...

Qué mundo tan difícil para ser niño...

sábado, 3 de mayo de 2014

Amar al cocodrilo que habita en lo profundo hasta convertirlo en parte de mí.

Entiendo que el amor es un estado.
Que no está en el otro, me pasa a mí, el otro me provoca sentir amor.
Entonces, el amor es mío.
Y es un estado de gracia que no depende del otro, sino de mi propia capacidad de sentir.





jueves, 1 de mayo de 2014

Fotos no.

Yo quiero que me pasen cosas.
Que me sucedan cosas y atraviesen mi alma, despertando cada poro, uniéndome al devenir del mundo.
Que las cosas me atraviesen y me envuelvan y pasen, y tan solo quede su ser sustancial como parte de mí.
Que mi piel no sea mi continente, sino el borde en donde el mundo se hace más sutil sobre mí.

domingo, 20 de abril de 2014

"Ustedes se aplauden mucho"

Trabajo en una escuela de pedagogía waldorf, conduciendo a un mismo grupo de niños desde hace ya cinco años. Por su forma, que propone el respeto de los tiempos personales de aprendizaje y propicia la salud a partir de una educación no intelectualizante sino vivencial, otro recorrido para la construcción de conceptos, este tipo de escuelas es un imán para las familias cuyos niños no logran adaptarse al sistema (que cada vez son mas, lo que me hace pensar por qué demonios no cambiamos ya ese bendito sistema en lugar de seguir generando borders y excluidos...)

Por tal razón, entre otras, mi salón de clases es ecológicamente, zona de desastre.

En estos últimos tiempos de infancia patologizada (somos una generación de padres rotos) los casos de dificultad que se manifiestan son una laguna de amplio espectro, embolsada con la etiqueta TGD (trastorno generalizado del desarrollo) y así, llegamos a un quinto grado con once niños diagnosticados con patologías diversas sobre un total de veintitres. Es decir, la mitad de mi clase se compone de niños necesitados de cuidados especiales para poder transitar su escolaridad (y sus vidas, en algunos casos.)

Por esta razón, soy el comandante de un barco en el que cinco adultos más acompañan mi tarea docente. Una psicopedagoga, una psicomotricista, un psicólogo, una maestra en educación especial y una terapeuta artística. Seis grandes para atender a veintitres niños.

Más allá de que es una experiencia casi única en este país, en donde en educación hay tanto por construir y las leyes aún no reflejan la realidad, y que la capacitación es insuficiente y el talento se vuelve un milagro indispensable, es un lujo inmenso transitarla, aún a pesar de la gran dificultad y el trabajo que me lleva por fuera preparar esas dos horas de clase intelectual diarias en donde la diversidad es una realidad contante y sonante.

Las historias son diversas. En mi clase están los que fallaron en otras escuelas, los hermanos del medio que salieron distintos, los que no colman las expectativas de sus padres, los que no se adaptan, los que no son lo que se espera de ellos, los aterrorizados de que no los quieran, los que no comprenden, los fallados, los rotos.

Yo misma fui una rota alguna vez. Y esa vivencia me llevó a vivirme como fallada más de la mitad de mi vida, desesperada por poder, por cumplir las expectativas que sentía venían de afuera. Lo que esta sociedad esperaba de mí. Lo que mis jefes esperaban  de mí. Lo que mis padres esperaban de mí.
Lo que se dice, una vida exigente, una carga.

Recuerdo como una y otra mañana, sentada en mi banco de la escuela, me quedaba claro lo que yo no podía.
Aquella rubia feliz de pelo largo que se sentaba en el primer banco siempre se levantaba primero a entregar su tarea mientras yo seguía intentando comprender qué cuenta tenía que usar para resolver el maldito y poco interesante problema de alambrar un campo del que no tenía ni idea.
Para ser como ella, para recibir los halagos de la maestra, empecé una carrera torturante en busca de un aplauso para mí, de una rascadita de cabeza, una palmada que me hiciera sentir aceptada, reconocida, valorada, protegida dentro de la mirada de los adultos que preferían no ver cuando fallaba. Fallar era una vergüenza. Se esperaba que no fallara.

Bien y rápido era el lema. Y como Manolito, totalmente fuera de lugar, yo me sentía un peatón del razonamiento.

Competir para sobrevivir fue la vivencia que se grabó en mi a partir de lo que la educación no verbalizaba, pero ejercía.
La primera vez que logré pintar dentro de una línea sin salirme fue a los cinco años, compitiendo con mi prima, que en un vidrio empañado me enrostraba su madurez pintando con el dedo dentro del círculo, con destreza. "Y qué, yo también puedo", y transpiré como testigo falso dominando mi pobre motricidad para no morir en el intento. Lo logré. Y a partir de ahí, toda mi vida fue apretarme con angustia para lograr lo que de afuera venía como obstáculo a vencer.

En mi salón de clases nos hemos acostumbrado a aplaudirnos cada vez que logramos hacer algo bien. Si uno logra llegar temprano una semana entera, aplausos. Si aquél logró estar sentado toda la clase, aplausos. Si esta por fin aprendió a usar los cubiertos, aplausos. Si el otro logró por fin hacer una esfera de arcilla, aplausos. Si ese otro dijo la verdad cuando se mandó una macana, voluntaria y espontáneamente, aplausos.
Porque todo eso que para otro es tan sencillo, para unos es una tarea titánica. Y la medida del logro es la de cada uno.

"Ustedes se aplauden demasiado" me dice el psicólogo con sorna en la reunión de planificación de grado.
"Tu trabajo no tendría sentido si cuando pequeños nos aplaudieran más y nos gritaran menos" le contesto, con un revés que me da satisfacción, y nos reímos juntos.

Y yo me aplaudo cada mañana cuando entiendo que un tropezón no es caída, me relajo en la tranquilidad de no tener la obligación de ser perfecta, y construyo mi propio camino, más de pasos que de metas.





lunes, 7 de abril de 2014

Expectation

Soy gustosa de pensar en voz alta. O pluma en mano. Porque revisando una y otra vez los caminos que recorro, logro comprenderme.

La única herramienta que tuve cuando fui madre, fue mi propia infancia. Dedicarme a desandar el camino de los mandatos, de las ideas nacidas de aquella realidad poco feliz, fue y sigue siendo la gran tarea de mi vida. Porque todo mi universo emocional se basa en aquellas cosas que respiré, en aquello que, en lo cotidiano, aprendí.

En nombre de la futura felicidad de nuestros hijos, depositamos en ellos un montón de expectativas. Y no me refiero a las novelescas y pesadas de "que sea médico como su padre", me refiero a algo tan sutil que se cuela y nos va dando una imagen de nosotros mismos distorsionada por cargar con expectativas que no nos contemplan.

Yo siempre sentí que había algo invisible que se esperaba de mí. Y aunque no supiera bien qué era, sabía leer la decepción en la cara de mis padres, en su tono de voz, en sus acciones. La decepción que provocaba en los otros el no ser lo que de mí, sin consultarme, esperaban.
La llegada misma de un hijo viene con la gran expectativa de que va a darnos la felicidad, de que su llegada va a hacernos felices.
Lo hemos soñado, lo hemos concebido en nuestra mente de una manera que no contempla lo que realmente ese niño es.

Se espera que nos portemos bien, que seamos graciosos y buenos, que saludemos a las visitas, que aprendamos a escribir a los seis años, que tengamos amigos, que seamos bonitos, que obedezcamos, que no hagamos protestas ni rabietas, que nos adaptemos, que seamos motivo de orgullo, y un dìa llenemos de nietos la vejez de nuestros padres.
Nadie lo pone en palabras. Pero podemos leer los gestos. Los gestos que dicen que no estamos cumpliendo con lo que se sueña de nosotros, lo que se ilusiona, lo que se espera.

Nos hacemos padres, y en principio, ya estamos esperando que la vida de los hijos sea mejor que la nuestra. Que nos superen, que nos maravillen, que nos trasciendan.
Les vamos dando de mamar la frustración que a la vez fue nuestro alimento, la desilusión cada vez que no son lo que esperamos que sean.

Y cuando las expectativas se caen a pedazos, nos llenamos de frustración. Y si logramos ser lo mínimamente humanos, no la vamos contra ellos, pero comenzamos la cacería de culpables. Y ahí cae el padre (si la enojada es la madre y viceversa), la escuela, la pelotuda de la maestra que no entiende nada, los compañeritos que son todos malos y crueles, alguien, alguien más. Alguien tiene que pagar por las expectativas no cumplidas. Nosotros no, nosotros nunca somos parte de nuestra frustración. Nosotros y nuestro íntimo deseo de que nuestro hijo sea todo aquello que, entendemos, debería ser.

Traslademos este mismo vínculo a todos los demás. Esa nefasta costumbre de esperar algo, que el otro sea algo que yo espero que sea, que diga lo que espero que diga, que haga lo que espero que haga.

Aprendí con los años a dejar de esperar de mí, a dejar de imponerme medidas que me obliguen a convertirme en algo que no soy. En ese camino, voy intentando aprender a dejar que los demás también puedan ser quienes son, a dejar de exigir para empezar a conocer y reconocer.

Yo renuncio a vivir esperando.

Quiero romper el proyector de la película para dejar de mirar y empezar a ver.





miércoles, 19 de marzo de 2014

Diatriba filosófica (basta de discursos, por favor. Gracias)

Perceval, caballero noble por naturaleza, va tras el sueño que anima a todos los caballeros: pertenecer a la mesa del legendario Arturo. Distraido por las vanidades de su meta de gloria, llega sin saberlo al Castillo del Santo Grial, presencia los milagros y al enfermo y sufriente Rey, y sale sin haberse enterado del prodigio.

Kundry, la vieja hechicera, lo maldice en el mismo momento en que la vanidad de Perceval se ve coronada por un lugar en la mesa del Rey Arturo.
Lo maldice por haber tenido la oportunidad única de presenciar lo verdadero y haber sido inmutable, por haber naturalizado y desestimado los prodigios y no haber sido capaz de hacer la pregunta.

Perceval queda anonadado. ¿Qué pregunta?

Perceval desanda el camino, mientras revuelve en su alma, buscando y buscando, sin encontrar aquella pregunta que lo cambiaría todo.
En el camino, sin rumbo y sin éxito, pierde la fe, se aleja, se rompe, se entrega a su destino, y al soltar finalmente las riendas de su caballo, éste lo lleva directamente de vuelta al castillo del prodigio.
Ante la entrada, duda y se revuelve, y se detiene temeroso de fallar, hasta que deja de pensar y deja que sus pies lo lleven a donde debe estar.

Frente al sufriente Rey del Grial, vacía de pensamientos su cabeza, Perceval deja que hable su corazón. Y la pregunta brota clara como el agua:

Hermano, ¿qué te pasa?

Muchas veces en estos años de veinticuatros de marzo y Plazas de Mayo llenas de gente que declara defender el nunca más, me sentí ajena, mentirosa y perdida.

Hermano, ¿qué te duele? ¿qué te aqueja? ¿por qué sufres? ¿que te adolece?

Muchas veces pensé, ¿cómo es que catástrofes tan inmensas como un holocausto, como una dictadura, como la trata de personas, como el abuso infantil, como la violencia, suceden entre medio de la gente...?

No sirve ir a revolear pancartas si no me duele el otro, si el de al lado, el que está padeciendo la injusticia, la soledad, el dolor, el abuso, me es incómodo. No sirve ir a enarbolar consignas si es mejor hacerse el boludo cuando se ve a un niño sufrir el maltrato naturalizado en su familia, y el "no te metás" aflora de los labios consejeros delimitando los espacios de injerencia. No sirve ir a batir parches de nada si no se es capaz de reaccionar solidariamente ante el compañero maltratado, hostigado, y se busca la tranquilizadora culpa de la víctima, echándole encima la sospecha, "algo habrá hecho".
No sirve de nada, si no soy capaz de mirar a los ojos del que llora, del que sufre, y dejar que brote clara la pregunta sanadora que teje la red que nos protege de los oscuros dragones que se comen a la gente:

Te veo, hermano. ¿Qué te pasa?


Porque un dragón enorme se alimenta de las pequeñas miserias cotidianas, de la ceguera voluntaria, y así las madres del dolor caminan girando en el centro del mundo sin que nadie pregunte nada al verlas.
Y así como ellas, ante la cobarde decisión de nuestros ojos, las víctimas incómodas se vuelven invisibles.

Tenemos tan bien aprendido cómo es ser víctimas, que cada día, cotidianamente, nos volvemos victimarios.
Somos la sociedad que supimos conseguir.

martes, 25 de febrero de 2014

Tic tac

La muerte al final del hilo de todas las vidas. Nacimiento y muerte.
En el medio, tener el coraje suficiente de jugar esta ruleta rusa en donde no sabemos qué día, a qué hora, en qué instante del tiempo nos tocará morir.
Y hacer que valga la pena.




Buen viaje, querida Claudia.

viernes, 21 de febrero de 2014

Heaven

Volvería a morder la manzana.

Volvería a destrozar la ingenuidad haciéndome la primera pregunta.

Volvería a caer, para volver sabiendo perfectamente cuánto estoy dispuesta a subir para llegar.
Sin escalas intermedias, sin atajos.
Conquistando mi coraje en cada piedra, cada estrella, cada salto al vacío, cada noche oscura, cada muerte.

Amar el camino, más allá de la meta.
Amar la manera de caminarlo.


viernes, 10 de enero de 2014

El secreto del éxito está en los detalles (cuento número ocho)

En una orden de monjes, un joven novicio estudiaba con voluntad inquebrantable para alcanzar la Sabiduría. Para disciplinar su búsqueda, hacía grandes sacrificios de voluntad, permaneciendo cada vez más tiempo en meditación, en busca de perfeccionar su Espíritu para lograr la Iniciación en los Misterios del mundo.
Despreciaba lo mundano, y dedicaba las horas al estudio y la disciplina del pensamiento.
Decidido un día a hacer su gran intento, inició un tiempo de meditación sin final, hasta lograr el silencio interior que le abriera la puerta de los secretos.
El sabio permaneció cuarenta años en silencio, en profunda meditación, para cruzar el umbral. Cuarenta años, con sus soles y sus lunas, sus inviernos, sus otoños, la lluvia, el viento y la sequía, con los ojos cerrados, sentado en medio del caos. Mientras tanto, alrededor, las mujeres y los hombres giraban, nacían, morían, se amaban, envejecían, pecaban, huían, guerreaban, ignorantes de lo divino en ellos, flojos de voluntad para conquistarlo, entregados al mundo y su exuberancia. En medio del dolor, del barullo, o de la algarabía,  en profunda meditación el sabio buscaba la calma, la quietud interior de sus aguas, para encontrar el filo del umbral, el límite del mundo, la puerta de la Sabiduría, y atravesarla.

Cuatrocientos ochenta meses tardó el sabio.
Y al final, cruzó el umbral.
Abrió por fin los ojos. Todos los misterios del mundo se le revelaron como verdades en el alma.

El sabio miró alrededor gritando a viva voz 
¡Lo he logrado! ¡lo he logrado! Ahora sé todos los secretos de la vida y de la muerte, del amor y del saber, del devenir... ¡ahora lo sé todo!

El sabio hizo silencio y volvió a mirar alrededor.
Había cruzado finalmente el umbral. Pero, de aquél lado del umbral, nadie más había llegado.
El Sabio era sabio. Y solo.

Moraleja: Ojo al piojo...