

Escribir un blog vale o sigue siendo "plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro"?
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Tengo un lugar donde siempre se siente que estoy incompleta.





A mí me gustan las películas de amor que me hacen llorar.
Como si no tuviera suficientes motivos para hacerlo cada vez que me llega la cuenta de la luz, cuando la ropa ya no me entra o cuando me doy en el dedo del medio con la torre del tambor, veo cine para llorar.
No soy ni siquiera original. El 99% de mis amigas (siempre debe quedar un márgen de error..) ama llorar delante de una pantalla. Con Pocha hemos tenido tardes de invierno memorables llorando sobre una chocotorta, en seguidilla de cuatro películas por Hallmark. Cuando lloramos mirando la de Cameron Díaz personificando a una gorda, decidimos que era suficiente.
Ayer me deshidraté viendo "El extraño caso de Benjamin Button". Sufrí a mis anchas con el pobre niño envejecido, abandonado por sus padres, criado por una negra, enamorado sin esperanza, que rejuvenecía viendo a sus seres queridos envejecer y morir. Lloré hasta con la boca abierta y a los gritos cuando lo vi abandonar a su familia para dejarlas ser felices y llevar una vida normal, que por supuesto a su entender para ser normal y feliz debía ser sin él.
Desconozco el origen de tan morboso placer, sólo comparable con el de rascarse la picadura del mosquito hasta sangrar o dejarse masajear la contractura del cuello.
Esto fue un aporte más a mi campaña de sincericidio "Nunca más tendrás una cita con un ser humano."
Y bueh..






Entonces, el mundo era un lugar seguro.

Mieditos que hacen que pensemos en todas las posibilidades que hay de que algo salga mal cuando estamos decidiendo si hacerlo.
Mieditos que te hacen negar en público lo que estás sintiendo hasta creértelo.
Mieditos que te atornillan a la silla convencido de que no tenés la fuerza ni el talento.
Mieditos que te dejan siempre siendo espectador.
Un día decidí vivir como la condenada a muerte que soy, que somos todos, y no tuve tiempo para los mieditos. Y los pocos que quedan se me siguen cayendo.
Ése es todo el secreto para conquistar el mundo.


En la vida de cada uno hay algo que se puede volver una puerta por donde la esencia sale y se muestra. Algo, una cosa.
Tirar con arco y flecha, pintar en lienzo, bailar, hacer papiroflexia...
Cuando el cuerpo, la mente, la mano, el arco, la flecha y el horizonte se vuelven una misma cosa.
Cuando los colores cambian y vuelan desde el corazón al pincel y a los ojos.
Cuando los pies no tocan el suelo y van al compás del alma de ésa música.
A mí me pasa con el candombe o cuando canto en FA.
Tardo un rato en entrar por el sonido. Se va acomodando mi cuerpo a la energía que los demás emanan o reclaman. Me empieza a gustar lo que suena y es en ése preciso momento en donde ya no importa si mi mano sube o baja, ni el temor por si mi voz saldrá clara, porque es una corriente que va sola como un coletazo que da el fin y el comienzo de una danza que me sube por los pies, pasa por la cadera y vuelve a empezar. Es ahí cuando de golpe soy yo misma.
Uno debería enseñarle a los hijos a descubrir en ellos cuál es ésa puerta. Y la mejor manera entonces es primero buscarla en uno. Y encontrarla.
En éso ando.
El alquimista le dijo:
- Todos los caminos son tu camino. Donde sea que está tu corazón. Ella y yo te escribimos una canción para que vos la cantes. Una canción de amor.
Ella va por ahí cantando todas las que sabe, y cada vez canta más cerca. Más cerca del amor.
