





A veces me comporto como una viuda negra. La intimidad me provoca unas ganas locas de asesinar a mi compañero, eliminarlo del mapa, devorarlo sin dejar rastros ni testigos. Un brote de ternura que me aflora me pone de un humor violento, me inquieta, me enoja, me sulfura.
No es tu culpa. Ni la mía. Es el vértigo, el terror que me da sentirme vulnerable.
Vale decir que el tren es una parte importante de mi vida. Mi casa estaba cerca del tren. La estación Mitre, su puente de hierro rojo, la feria, la placita, sus durmientes, todo anda dentro de mis recuerdos y me hace ser de una forma particular.
La gente que viaja en tren es diferente de la otra gente. El universo de los trenes tiene una mística distinta a la de la calle y los colectivos, otros tiempos, un sabor a antigüedad o a jipi patasucia, como diría mi cuñada.
La Chilinga tiene mucho de eso. Su gente tiene mucho de eso. Ése tiempo lánguido para las cosas, que a veces puede ser exasperante, ésa despreocupación de dejarse llevar en un vagón sin saber la cara del maquinista, que bien podría ser un loco o no existir.
La Chilinga hace sus nidos cerca de una estación. Martín Coronado, Saavedra, Gascón. El sonido del tren se asemeja al sonido de las batucadas, medio murgonesco, desprolijo y con pasión.
Cada cual en su mundo, en su historia, vamos de a grupos en el mismo vagón sin destino preciso, por el sólo placer de hacer nada importante, pero ciertamente vital: ser felices sin ninguna utilidad práctica.

La gente jodida no es fácil de identificar. Ésta es justamente una de las cualidades más jodidas de la gente jodida.
Al menos una vez en la vida uno comparte algún espacio con una persona jodida. Es una situación particularmente dada en el ámbito del laburo, en donde ya uno está bastante jodido de por sí haciendo algo nunca bien remunerado que le resta tiempo al placer.
Andar por la vida cerca de alguien jodido exige una atención casi permanente de los movimientos del otro, a ver dónde va a poner la próxima trampa para cagarnos el día.
La gente jodida sonríe mientras marca un número de teléfono que nos complicará la vida, esconde información, desparrama mentiras y gusta de ver cómo los demás se hunden gracias a su fétida intervención.
Desde mi humilde espacio, le deseo a toda la gente jodida no menos que un buen par de hemorroides.
Amén.
Uno o dos días al año me dejo ganar. Casi siempre es entre septiembre y octubre, cuando el envión que vengo trayendo desde enero pierde velocidad. Entonces una tristeza pesada me sube por las piernas hasta la cara, me opaca los ojos y me aplasta un poco contra el colchón. Dejo salir todo el dolor acumulado hasta desangrarme. Creo que ya ni siquiera es mi dolor lo que sale. Lloro penas ajenas con las mías. Penas de los chicos que me dejan cuando los abrazo, penas de mi hermano, de mis viejos, penas de mis abuelas, de amores de otros, de desencuentros, tristezas que nadie admite y le dan a mi corazón una afinación particular que me hace cantar el tango como si supiera.
Solamente después de abrir esas puertas escondidas logro entregarme con furia a la primavera.
Pienso mucho en la palabra Química. Pienso mucho en las palabras que se buscan para explicar lo que nos pasa con una gente sí pero con otra no, y con otra todo lo contrario.
Hay gente que no conozco, que apenas veo alguna vez por semana con cierta regularidad, y sé que la quiero. O que la voy a querer. Gente que tiene como un imancito que me hace cosquillas de cariño que a veces es pasión inexplicable y ganas de vinito o de abrazo. Y esa gente se me hace de una misma tribu. De mi tribu.
Pero, ¿qué es lo que me marca esa diferencia, eso que me dice que ésa gente sí?
Química.
El olor de una mezcla particular de la piel, la manera de mirar, de qué cosas se ríe, la capacidad de disfrute, la electricidad que siento en el abrazo de saludo y de despedida.
Cuando esa química se conjuga de manera particular en el tiempo y el espacio se reedita el big bang y aparecen en el mundo los beatles, Álvarez y Borges, cha cha cha, la noticia rebelde, cinema paradiso, o el amor de tu vida.
Queda oficialmente inaugurada la posibilidad de hacer comentarios en este bloccc. Quiero agradecer a todos los que me hicieron llegar sus protestas dándome así la constancia necesaria para desentrañar el funcionamiento de este espacio que, como tantas otras cosas de mi vida, no trae manual.
La tecnología aún no me ha vencido...


Desde que decidió cortarse el pelo corto, pero más que nada, desde que contradiciendo todos los consejos de mi madre y los míos, se cortó un flequillo, es otra. Sonríe, mueve la cabeza cuando habla, escucha a los Piojos y se enamoró de Andrés Ciro..
A los doce años le dije a mi mamá que me iba a cortar las puntas del pelo y lo que me hice fue un corte cubano. Sacarme de encima el peso de ese larguísimo pelo cepillado me hizo sentir importante de alguna manera por primera vez. Había tomado mi primera decisión radical.
Mañana mismo llevo a la China a la peluquería. Me fascina verle ese brillo en los ojos debajo de su flequillo nuevo. 
A mí si me sale la fidelidad.
Yo soy fiel a mí misma.
pensar que no dijo nada
Te acuso de atravesarme todo el sistema defensivo con una canción.
Antes no había computadoras y yo escribía igual...
En mi casa no hay tele. No vemos tele. Veo la estufa dentro de la chimenea, veo mi copa de vino sobre la mesita roja, veo lo que Gillespie me cuenta en la radio, veo el celular y tu mensaje que no le llega. Veo los colores de mis sillones, de mis paredes, de mis cuadros, veo las letras todas juntas de un libro que está diciendo cosas hermosísimas. Veo que estoy pensando demasiado en alguien, veo que me divierte, veo que estoy más divertida que antes, veo que sí, que siempre todo empieza y termina y empieza. Veo que extraño a pocha que está lejos, veo a nati y a la changa, veo que falta poco y llega por fin septiembre, que todo acelera, o mejor, que fluye. Veo el papel, veo mis letras.
No veo nada de lo que ellos quieren que vea. Tengo mi propia antena.


Esto de la internet y sus milagros, me crucé así nomás otra vez con tu cara.
Es verdad, el tiempo cambia los rasgos, pone marcas de haber pasado. Pero adentro de los ojos eras el mismo.
¿Y será cierto que para conservar el delicado equilibrio del tiempo, hay ojos que no se deben volver a cruzar..?



Él dijo:
Estoy hasta las manos, en el horno, hasta el cuello, enroscado, enredado, metido, sumergido, tatuado, hambriento, dado vuelta, muerto, amasado, entregado, preso, encajetado, embrujado, engualichado, entongado, loco, desesperado, enamorado de esa mujer.
Pero no puedo dejar de engañarla.
Pero como a buenos kamikazes, no nos invade la duda.



Me sé rota. Partida al medio en la esperanza, casi volando pero dejándome elevar por ráfagas amigas de brazos tan fuertes como para sostenerme. Son también así los mios.
Me gustan las aceitunas y los primeros días de la primavera y el otoño. El olor de la canela y de las manzanas, un perfume que llega de repente en la calle, viajar en colectivo mirando por la ventanilla, las almohadas blandas.
El fuego de noche, la lluvia en verano, oler jazmines, dormir a la mañana cuando es feriado.
No soporto las bolsas de plástico, el masacote de arena seca en los pies y el licor de piña.
Me gusta sentarme en la vereda, las películas que me emocionan, las habitaciones en penumbras y escuchar música cuando camino. Los cuadernos nuevos, tomar mate mirando por la ventana, las sábanas con olor a jabón y las medias de algodón nuevo.
Detesto las casas sin corazón, las paredes color cremita, el color cremita y el pelo grueso planchado.
Me encanta la arena fría a la noche, los bosques abiertos, el viento en el río, andar en bicicleta por Olivos, las casonas antiguas, la cumbia colombiana, los cambios sutiles y bailar sin que me importe nada.
No soporto el noticiero.
