






Lo que más me gusta es que sea la única mujer amigota de esa banda de música tan rara que hizo "El gusto es nuestro", con Joan Manuel Serrat, Victor Manuel (habla muy bien de ella que un marido de mas de 20 años todavía quiera verla y divertirse con ella saliendo de gira. "Guarda, eh?", digo señalándome el ojo con el índice.) y Miguel Ríos.

Pero lo que realmente me encanta de Ana Belén es ver cómo ellos, todos los que cantan con ella, la miran. Con un amor que muta todo el tiempo entre lo entrañable de la amistad amigoteada y lo hambriento del amor cuando se percibe el aroma del otro.

Como los chicos miran a la nena que juega bien a la pelota y los comanda y los maltrata y les gana a las cartas y se queda con las mejores figuritas del chupi y es tan linda con el sol y la sombra de su flequillo desarreglado.

El día que a mí me miren así, probablemente me evapore. El amor es una cosa que me enciende.



Una mañana de la semana pasada la santa rita de mi puerta amaneció pelada. El último cielo celeste del invierno se asomaba entre sus ramas raquíticas, de espinas agudas y trama enredada. A partir del siguiente día yo empecé a oler la primavera en el aire temprano de la mañana, que aunque esté frío todavía trae un olor tenue de brotes, de próximos frutos, un olor inconfundible. Hay un canto de pájaro que a veces empieza a sonar a la noche, uno que sé que va a sonar mucho más en noviembre y me romperá las pelotas pero lo prefiero antes que este frío que cruza todas las defensas del abrigo y me saca las ganas.
Hoy a la tarde salí a la vereda a despedir a mamá que se iba y entre las ramas peladas una flor fucsia rabiosa asomaba en una rama del centro de la planta.
Yo ya siento murmurar las semillas en la tierra que late bajo mis pies deshibernada.



A poco tiempo de empezar este siglo caí una noche de cualquier invierno en un antro capitalino que se llamaba (o llama, tiene la extraña capacidad de resucitar cada tanto) El marqee. Mi amigo Javi tenía una amiga que tocaba en una banda con tambores y así fue como caí a ver a La Chilinga, un nombre que me resultó poco serio pero desprolijamente simpático.
Recuerdo que fue impactante ver aparecer tantas chicas tocando tambores juntas entre los varones. La Turca y Caro son las primeras caras que recuerdo con nitidez. Y me acuerdo que quedé impresionada porque, ya sea por el sofocante caldo que hacía ahí adentro o por la hoguera interna que se me encendió, la suela de mis zapatos se pegó bastante fuerte al suelo, como si se hubiera derretido.
De la banda aquella noche me acuerdo poco, auditivamente hablando. Pero el desparpajo que tenían algunas caras, asumiendo un rol total de estrella rocker me hace pensar que Capusotto con Pomelo no inventó nada. Monitoreaban la sala en busca de grupis, recuerdo. Y obviamente las había. Siempre las hay. Hasta el cuatro de Cambaceres tiene alguna novia fan que gusta de contar que se morfa al cuatro de Cambaceres. A las minitas siempre les gusta el chow. Decía, en el medio de aquél despelote, recuerdo a Pol, que a mi me pareció como un lejano cowboy solitario. Y como me pasa siempre, tuve una súbita imágen mental. Me ví cantando con él, ahí en un flash de una foto, riéndome, en una actitud similar a la de jugar con un amigo de hace mucho, en un lugar parecido a un gran garage.
Cuando una punta de años después, ayer formamos como dos banditas en cada vereda, de frente a los tambores, nosotros, los armónicos de esta jiponeada, y canté con él por primera vez "Bombo", recordé en mi cabeza nítidamente haber oído esa canción aquella noche del Marqee, los viejos dioses. Miré a Pol riéndome de vaya una a saber qué momento de ésos gloriosos en que me cambia la letra, o después de haber tirado las voces que se nos cantaron en el orto, como Sony y Cher del subdesarrollo, con Agustina haciendo la ola como amable público detrás del Ruso, y lo encontré estrella gemela. Y fuimos amarillos por fin.
Ahora se viene el regreso de las merluzas, yo subida con ellos al bote y este vicio mío de mirar el magma, nadie sabe qué puede pasar, pero allá vamos a cruzar el Estrecho de Magallanes el 14 de agosto. Ol tugueder. Like a rolling jipi.



Continuando con mi campaña nacional "Quiero tener un millón de amigos", paso a caerle mal a más gente enumerando aquí a los individuos que despiertan en mí un pequeño deseo de violencia contundente:
- Los que critican a alguien al pedo, sin conocerlo. Digo, si todo el mundo dice que fulano es un boludo, antes de prenderte como un forro en el tren tomáte la molestia de cruzar con el tipo diez palabras. Porque si uno va a dar por tierra con la reputación de otro, macho, negra, hay que estar seguro.
- La gente que cuando me mira, me está estudiando.
- La gente que no escucha, que simplemente no puede ni cerrar la boca un minuto para detener la cascada de verborragia y no te deja meter ni un bocadillo.
- La gente que gusta de discutir, la que rompe los climas, la que habla cuando alguien está cantando o tocando o actuando, las viejas argentinas encabezadas por Lita de Lázzari y Helena( la dueña de mi casa de Munro), la que gusta de abusar de la ironía hasta el filo del quilombo.
- La gente que cuando estás esperando que te reconozca el laburo con un gesto te mete en el orto el dedo de marcarte el defecto que encontró. Siempre.
- Los que no tienen códigos.
- Los que minimizan el hecho de que otro no tenga códigos.
- Los que justifican sus desplantes repentinos, sus ausencias, sus maltratos, con huevadas del tamaño de "no puedo evitarlo, es que soy de géminis" y entienden que esto les da un aura de misteriosa genialidad y los exime de pedir disculpas.
El resto puede ser amigo mío tranquilamente.


- Hola - dijo autómata la chica de pelo negro, pantalón negro, remera negra y corte estrambótico, - A ver, ¿qué te vamos a hacer?- dijo, denotando al menos un desorden de personalidades múltiples que debería haberme puesto en alerta.
("Haceme papilla, cortame la cabeza y cambiámela por otra, conseguime el secreto del éxito y un pandeiro que se toque solo impecablemente, cambiame el nombre, matáme y terminemos con esta ansiedadddddd que me tiene loca", pensé.) - Quiero que me hagas un corte corto pero sin perder el largo, que sea fácil de peinar y quede arreglado, que me quede fresco pero no me destape mucho la nuca y los hombros, que sea para usar el pelo suelto pero que me lo pueda atar - (dije).
Debería haber sospechado de ella cuando inmediatamente dijo "te entendí" y peló tijera de cortar presentes y anduvo veinte minutos haciendome cambiar la cabeza de un lado a otro como Rafaella Carrá en trance.
Y me convirtió en mala cruza de un flogger con el emmo de Capusoto.
Lo peor vino esta mañana, cuando después de haber dormido con la cabeza enterrada en la almohada me encontré cara a cara en el espejo con una pelirroja peinada como los de Kiss en su época más ochentosa y descubrí, sin haberme tomado el café, que la muy perra sí me había entendido y había puesto por fuera de mi cabeza lo que yo tenía por dentro. "¡Subordinación y valor!" me dije palmeándome el traste (que es como me doy ánimos ante la adversidad), y con agua, crema de peinar y paciencia apenas logré domesticar tamaño gato, me puse una hebilla de mariposita verde y me fui a laburar.
Andando en bicicleta noté lo difícil que es intentar mirar para atrás antes de doblar e intentar ver el mundo debajo de un masacote de rulos peinados para el costado (la muy perra me cortó con raya al costado..) y evitar morir por ponimiento de camión en la maniobra. Reírme a destajo era ahora acompañado por un quincho colorado que terminaba cubriéndome los ojos con el consecuente riesgo de terminar poniéndome el escritorio en la frente por la ceguera momentánea. Mamá, que vino a casa de visita especialmente para ver mi pelo nuevo, me abrazó cariñosamente con un "¿y así vas a salir a la calle?".
Volví al baño, al mismo baño que me viera amanecer con mi raro peinado nuevo y me miré largamente en silencio. Entonces, después de revolver en el cajón de las herramientas donde supuestamente deberían estar las seis tijeras de las que soy poseedora y sin desanimarme por no encontrar ni una, con el adminículo de podar la Santa Rita en mano, le dije a la chica del espejo: "Vamos, yo sé lo que querés". Y sin más preámbulos, imitando los movimientos de aquella que me rapó sin gracia, hice los tres cortes certeros que faltaban para liberar mis ojos del alero nuevo.
Y palmeándome el traste por segunda vez en el día me fui a comprar crema de peinar al por mayor para encarar la vida con gracia.





Alivio. Hace mucho tiempo que no tengo sensación de alivio, de desinflarme cuando algo hace su clac correspondiente y empieza a andar sin esfuerzo.
Busco una señal que me alivie.
Creo que mejor mañana no voy a laburar.




Mi papá era el gracioso de la familia. Menos para mi abuela y para mi mamá.
Usaba unas camisas espantosas, marrones o azules con pintitas, la melena negra desprolija y una barbita maquiavélica sólo en el mentón, que con los años le fue tapando la cara hasta hacer desaparecer el holluelo que le heredé en mi costado derecho.
Era un gigante que llegaba a la tarde con el uniforme a medio sacar y éso de que trabajara con aviones me hacía sentir que él andaba trabajando por el cielo.
Dábamos vuelta la casa para jugar, volaban los colchones hasta formar una pila para saltar, pila que él estrenaba primero.
Mi abuela siempre se ocupó de adornarlo, secundarlo en los juegos y tirar a la basura el arroz que mi vieja dejaba para comer para reemplazarlo por unos estofados increíbles al grito de "¡Con tanto arroz estos chicos se vuelven chinos!"
Su deporte favorito era desarmar todo el motor del auto en el garage, una rana azul marca Citröen que nos llevaba en el verano a Villa Gessell en caravana con unos cuantos jipis más. Sacaba todas las piezas y las iba acomodando en el piso, las miraba como si supiera qué mirarles, mientras yo esperaba su orden para darle las herramientas, asistiéndolo en tamaña cirugía todos los fines de semana. Hasta que se nos pudría todo cuando un día la cagaba con algo que se olvidaba de enchufar y el auto iba a parar al taller y nosotros a buscar otro juego.
Un día a Wendy se le chifló el moño harta de encontrarse con la licuadora desarmada y le encajó una patada en el medio del orto.
Y como siempre hay alguien que está peor que uno, con el tiempo se encontró con otra Wendy que lo tiene jugando a ser plomo de Los Tipitos y sindicalista part time sin dejarlo jamás vivir en su casa símil Campanita.



Yo creo que la vida tiene un curso sabio, y si se entiende su inevitabilidad, la sincronización que se observa es maravillosa.
El martes fue el ensayo de la banda Chilinga en el galpón, el último ensayo antes de volver a las pistas, para algunos, y de salir a jugar el picadito por primera vez, como en mi caso. Pol estaba inquieto. Ya lo había visto el jueves que nos juntamos a ensayar. Pol sufría y no lograba disfrutar. Dani iba y venía, miraba desde afuera, estaba al borde de la acidez en sus respuestas.
Mucha gente que por primera vez tocaba o cantaba con nosotros, vientos, un quilombo importante. Me acordé de la tarde en que vino Fary que no paraba de dar gritos y sacar cosas de su valija.
El ensayo en Coronado con el Bloketón fue raro. Los cables habían quedado en Saavedra y tuvimos que cantar cuatro monos con dos micrófonos a metro y medio de la consola y la caja, con el riesgo permanente de volarnos los tímpanos con un acople. Algo había que no nos dejó explotar como pasa siempre.
Me acordé del ensayo con la bandita ése martes de lluvia cuando todo fue una fiesta, cuando la energía empezó a correr, cuando ése algo pasó, éso que hace la diferencia entre una banda pedorra y una que hace historia.
Y cuando llegó ayer el mail anunciando que la gripe del chancho nos llegó hasta la puerta y todo queda suspendido hasta ver si el mundo se termina o tenemos algún changüí, pensé que algo aún tiene que madurar.
Nadie se muere en la víspera, decía mi abuela. Así fui aprendiendo que todo tiene su tiempo de ser, que la fruta madura en la rama, los nacimientos ocurren, las parejas se quiebran, los besos se dan en el momento preciso en que no queda otra, porque éso es lo que tiene que pasar.
Entonces, cuando volvamos y lo interesantísimo sea lo que nos pasa a nosotros ahí adentro de esa banda, ahí saldremos a la cancha a jugar el primer picadito siendo un equipo. De malditos jipis patasucias, por supuesto.
Brindo por eso.
