jueves, 13 de septiembre de 2018

In con cien cia

La temperatura del caldo iba subiendo bien llevada por la hoguera de la ira, que siempre fue el combustible infernal favorito. 
Del primer destrato a la primera prepoteada, de ahí a la amenaza, de ahí a la furia. 
Es mucho trabajo detener la violencia, es mucha la fuerza del alma que se lleva cada intento. 
Es pobre la educación de nuestra voluntad, y la emoción arrastra como una ola de lava.
Como ranas, parece que andamos flotando en la sopa de la violencia de cada día.
Com pul sión.
El mundo arde. Nos arde la sangre sin alivio.
Pero, como las ranas, ya no lo sentimos. Un día nos quemaremos vivos.
 
 
 
 

sábado, 31 de marzo de 2018

La Bruja de Kirikú


Desde pequeño te pegaban cada vez que hacías algo que disgustaba en lo social. Nunca te quedó claro bien qué era lo que hacías mal, pero sí te quedó bien aprendido que cuando alguien hace algo que no te gusta, podés pegar tranquilo, es lo habitual.

La violencia como forma de crianza, "un bife bien puesto", la amenaza y el grito en la infancia, la descarga anímica parental adulta expresada con violencia en la palabra y el gesto, lo llevamos tan naturalmente como un veneno del que nos alimentamos al crecer.

"Dale, si no fue nada, no llorés" dice una madre que acaba de humillar públicamente a tortazos a un infante dentro del supermercado. ¿Por qué ese niño no aprendería luego a golpear a quien sea que no cumpla con sus espectativas?

¿De dónde hemos sacado esa estúpida idea de que educar niños es enseñarles a leer, contar dinero y usar google, como si fueran monos superiores y nada más?

Adultos que gritan, insultan, pegan, que ejercen la represión, la humillación y el castigo como forma de control entre ellos, ¿no somos producto de una infancia con una educación emocional basada en esos principios?

Una infancia violentada aprende a ser violenta. Aprende mecanismos de defensa, aprende a estar alerta, porque quien debería resguardarla, la ataca. El ser humano que se endurece durante la infancia, crece sin abrir su espacio interior, sin habitar el universo emocional que lo volverá humano. Pierde su alma. Se deshumaniza, se endurece para sobrevivir porque no ha germinado su fuerza interior.

La Bruja Karavá tiene una espina enterrada en el cuerpo, que duele sin cesar. Es un dolor que viene desde las primeras traiciones, desde los primeros abandonos, desde las primeras mentiras, desde las primeras injusticias, desde los primeros desprecios, desde el primer óvulo denigrado.

A la Bruja de Kirikú le duele tanto, que ya ni recuerda que le duele, está endurecida de tanto apretar allí donde la espina ya es vértebra, alerta para que nadie pueda clavar un dolor más en su cuerpo de roca, en su alma de hierro. Sufre, sufre todo el día, desde que tiene memoria; teme dar la espalda porque en nadie confía. Aquellos que clavaron en ella la espina decían amarla.

 La Bruja Karavá no permite que nadie intente quitarle la espina. Sabe que arrancar de sí lo que recibió como amor, lo que le da la fuerza de la ira, sería un dolor insoportable. 

La Bruja Karavá toma pastillas para dormir, pastillas para seguir, cerveza para olvidar y no confía ni en su propia sombra, pero por sobre todo, nunca se queda quieta ni en silencio, porque es cuando más siente que tiene clavada una espina que le da un dolor mortal.

¿Hicimos de la infancia una trinchera donde criar perros de pelea..?












miércoles, 15 de noviembre de 2017

Atravesando el curso de las cosas (Relatos de Elphaba)

(Después del sanador, después del letargo del tiempo oscuro, le crecieron de nuevo los ojos en sus cuencos. Los otros no cayeron como dientes de leche, sólo le desaparecieron.
Dolió ver al principio tan claramente, así que tuvo que echar mucho humo entre sus ojos nuevos y lo que veía desde allí, desde el borde del mundo. )
 
Desde aquí, desde estos ojos nuevos al borde del mundo, en medio de una calesita de lenta cadencia, la vida pasa como un collar de perlas enhebradas en el que una cosa tras la otra se suceden, lógicamente, inevitablemente, como el agua. Desde fuera del tiempo, yo veo pasar y rezo mientras bajo los ojos y me apiado del dolor y la muerte, del grito y del escándalo, mientras pienso en yo niña en medio de una guerra metiéndose por la ventana de la casa de mis padres, ardiendo en el país de residencia, en el mundo en llamas. Desde el borde del tiempo puedo vislumbrar eso que teje en la oscuridad, eso que teje oscuro en el alma de los seres, eso invisible que ocupa los lugares vacíos que ha dejado lo sagrado cuando se volvió polvo dorado, humo. Eso que tiene mil nombres para ser soltado al viento mil veces por día y devorarlo todo, las almas, los versos, los motivos, las manos, la alegría, la fe. Eso que es frío. Eso que da caudal al curso de las cosas.

(Con la cabeza cubierta se sumerge en el curso de las cosas. Camina silenciosa, invisible para unos, pasajero destello sorprendente para otros, atraviesa la veloz corriente a paso de reyes, como en un antiguo ritual de siembra de los persas, dejando que su talón marque presencia sobre la Tierra, proclamando silenciosamente)

Camino y mis pies no saben bien donde pisan, pero confían en los pasos. El velo cubre apenas el crujir y el chirriar del curso de las cosas, pero se abre mi espacio interior. También me han crecido nuevos los oídos. Y mientras camino no sé bien hacia dónde, cruzando el veloz curso de las cosas, una voz que es más mía que mi voz dice, grita, proclama, sin saber cuáles de todos son los otros, "aquí estamos, sobrevivimos a la caída y al exterminio, a la muerte, al frío, a la violencia, al abandono, a la tortura, al abuso y a la soledad. Aquí estamos, semillas perdidas, sembrados a puro coraje en medio de las llamas. Que se abran las puertas para nosotros".

(Una pedrada le da en la espalda. Sabe que no tiene que darse vuelta. Tropieza con un palo, se distrae; se le acelera el paso porque la arrastra un poco el curso de las cosas. Duele la pedrada, duele el pié, necesita encontrar un refugio que le de tiempo de volver a confiar en las cosas que sabe ciertas. Un pequeño manantial para hidratar su fe. Recuerda a su maestra Laverna junto al fuego, hablando, hablando...

...la perfección es un estado de gracia que no nos será dado, mi querida guerrera. No veremos los frutos de lo que con sangre habremos regado. Pero sucederá. Sucederá porque, aún sin verlo, hemos confiado en ello.

De pronto, una pared de ladrillos, ladrillos de barro, de la que cuelga una frondosa hiedra que le recuerda a una puerta pequeña que había en el fondo del solar del templo donde la educaban. La puerta por donde salía a correr por las montañas que daban al mar. La abre, la traspasa, saliendo entra.)

-¿Cómo es que debiste llegar a este estado para encontrarme?¿cómo es que esperaste hasta estar así?- me pregunta el hombre sentado, mirándome con algo de ternura. Su cabello es blanco, su rostro, alegre. Sus manos entrelazadas se apoyan en el mesón de madera con gesto sereno e inteligente. Con gesto sabio.
(Elphaba tarda un momento en comprender que la realidad ha cambiado, que otra vez está en algún lugar al borde del curso de las cosas.)
- Porque soy difícil de derribar. Soy una Juana - digo, sabiendo que serán comprendidas mis palabras.

Bebo lo que para mi prepara, mientras me cuenta historias de sus guerras, de los días que le dieron sus saberes. Descanso en pocas y precisas palabras. En el aire se suceden imágenes presentes y pasadas.
- No sabemos si tendremos éxito - dice mientras me mira con los ojos más francos que he encontrado. - sólo sé que el espíritu de los tiempos no deja de susurrar no abandonéis el intento, y no está en mi dejar de escuchar su clamor. Quédate el tiempo que necesites, descansa. Recuerda que imaginar nuevas imágenes es lo que cambia el curso de las cosas. Mujer, conócete a tí misma. Mujer, créate a tí misma. Créate, Elphaba. Vuelve a crearte otra vez.

(Es noche en el patio del mesón donde pasa su descanso. Los helechos cuelgan de macetas de barro, y hay jazmines y azhares, y lavandas y rosas. Elphaba está sentada mirando las estrellas. Dentro del curso de las cosas no se ven como aquí. Sobre el pasto verde sus pies descalzos.)

Dos pies. No son iguales, aunque lo parecen. Nada en mi es verdaderamente simétrico..¿qué es verdadero en mí..?

(levanta los ojos al cielo, vuelve a ver las estrellas. De pronto, alquien golpea la puerta desde fuera.)





jueves, 29 de diciembre de 2016

Fuegos fatuos

En estas épocas de filosofía barata y zapatos de goma,donde la improvisación y la falsa espontaneidad son la moneda valiosa, donde ser opinólogo de todo es la carrera que la cultura impone, volver a las bases de las ideas, osar voluntariamente el intento de darse forma, de cultivar la intelectualidad con mejores imágenes, es todo un acto de rebeldía.
 
Toda época oscura y oscurantista de la historia tiene en alguno de sus momentos una quema de libros, la prohibición de la palabra y de las ideas, el cierre de los espacios de discusión filosófica.
 
Cuando yo hacía alguna de mis preguntas existenciales de la infancia, mi papá solía mirarme muy solemnemente y me decía siempre la misma frase:”todo lo que quieras saber, está en los libros”. Y seguía con lo suyo.
Quizás no fuera más que un gesto para salir del paso, pero la literalidad de la infancia lo volvió un mantra para mí. Cada vez que recibí de mis educadores una fotocopia, fui en busca del todo en el original por puro deseo de poder lograr una visión real, no parcial, práctica y dirigida por el recorte ideológico del otro. Porque entendí que comprender es llegar hasta la raíz y que se conmueva el propio pensamiento.
 
"La palabra pensar viene del latín pensare, y esta de pendere: "colgar" y "pesar", en el sentido de comparar dos pesos en una balanza. Su raíz indoeuropea es *(s)pen- (estirar, hilar)."
 
Nada tiene que ver este proceso con la actividad cerebral obsesiva de hilar un discurso sobre una situación que involucra la emoción. El pensar no tiene emoción. Es más bien un trabajo artesanal. Hilar, pesar, comparar, volver a hilar.

La síntesis es producto del trabajo voluntario de metabolizar la totalidad, de pasarla por la digestión de la fuerza de voluntad, de encontrar la pregunta propia a la que aquellas ideas responden. Pensar.

Tanta quema de libros nos dejó el cerebro con los abdominales fláccidos, y no podemos ir más allá de tres renglones cuando la lectura se propone filosófica, cuando intenta remontarnos al universo de las ideas, de los paradigmas de la humanidad, de sus grandes preguntas existenciales, de lo no práctico. Los libros ya no son puentes hacia el alma de otro, hacia las ideas e ideales de la especie humana. Se nos convierten en chicles; esta cultura ya no traga y digiere la palabra. Sólo puede apenas masticarla y seguir el hilo de la acción.
 
La cultura resuelve la digestión, sólo es necesario pensar lo que se nos dice y elaborar sobre lo dicho la propia y nefasta “opinión”, superficial, inútil, sin raíz de idea. Moscas que se posan para decorar la conversación.
 
Libertad, igualdad, fraternidad, quedaron en frases de póster, como la cara del Che Guevara en miles de remeras que desconocen las ideas que movieron sus brazos y sus pies. Quedamos apenas efervescentes y satisfechos repitiendo frases hechas sin haber entrado jamás en el laberinto de las ideas que alimentaron las gestas.
“¡Luchen por la libertad!¡sean libres!¡sean auténticos! “ embanderamos los jipis de la cultura rimbombantes frases llenas de nada, y nos quedamos tranquilos de haberlas repetido ante los niños, mientras nos descorchamos una cerveza, como nos dice la publicidad que hay que hacer para ser brillantes y cambiar el mundo. 
 
Somos modelos de nada. Nada de lo que hacemos es digno de imitar por las generaciones venideras. Nos seduce el fuego artificial de la palabra vacía, nos encanta sacarles lustre a las frases y arrojarlas al otro como muestra de nuestra sabiduría, de nuestro poder, de nuestra imagen de ficción.
 
Ya no hace falta quemar los libros ni prohibir las ideas. Nadie sabe ya para qué sirven ni cómo usarlos. 






viernes, 4 de noviembre de 2016

Pequeña Padawan...

Algo se rompe para que algo pueda construirse.
Algo termina para que pueda haber un nuevo comienzo.
Algo muere para que algo pueda renacer.

El gusano desgarra el capullo que tejió cuando decide ser mariposa. Y en ese desgarro, sus alas ganan la fuerza para poder volar.
La vida es esa rueda.
Apréndelo.

viernes, 7 de octubre de 2016

Perplejidad.

Soñé que estaba en una terraza, mirando hacer a un alegre grupo de hombres y mujeres que, con algarabía infantil, se subían a una combi en una terraza vecina.

Los ví arrancar derecho hacia el borde, hacia el final de la terraza, riendo y dando hurras por la aventura.

Abracé estremecida a mi hija que estaba conmigo allí y pensé, "Dios mío, están locos.."

Vi la combi caer al vacio mientras el grupo seguía riendo y vivando por la hazaña.

Y escuché el ruido de la combi estrellándose contra el piso.


PD: Un terapeuta en la sala..?



domingo, 2 de octubre de 2016

Ni una menos

Tenemos que volver a hablarles del amor.

No más de las dietas, de los centímetros de carne, de los afeites, de las máscaras, de las estrategias para cazar o ser cazado, no más de cómo ser elegible, de estar cogible.

Tenemos que volver a hablarles del amor.

Ese pedazo de carne que les rodea el alma se volvió soberano. Ya no es el templo para un espíritu; es la exhuberancia del monumento vacío, el culto al becerro de oro, el Trade World Center.

Tenemos que volver a hablarles del amor.

Del ir y venir del alma en el alma del otro. De cómo cuidar sentimientos como jardines, de cómo cuidar un corazón.

Porque los cuerpos con almas desgarradas, con almas negadas, se vuelven duros, áridos, sedientos. Si se calla el alma, empieza a aullar el cuerpo.

Nos olvidamos de hablarles del amor.

Entonces las desaparecen, las cazan como a gacelas y las pintan, las exhiben las venden, para que pierdan el alma de tanto ser invadidas por carnes ávidas de desalmarlas, de corromper lo humano para humillarlas, de encontrar el placer en el dolor y el desgarro.

¿Qué nos hemos hecho?

Y los manuales de la escuela enseñan a ponerse forro, a equivar naturalezas, a tocar todos los botones, como en una playstation, para lograr que el cuerpo responda con electricidad y aturda al alma, que enmudece, se acostumbra y se niega a sí misma.

Tenemos que volver a hablarles del amor.

Podemos nombrar todas las carnes posibles, pero decirles que un encuentro debe ser en amor y por amor, nos da vergüenza.

Tenemos que sacarle al amor esos ridículos volados que le han puesto, y volver a aprenderlo.

Tenemos que volver a hablarles del amor.




jueves, 29 de septiembre de 2016

El perro negro

La China tiene un perro amigo que a veces la sigue desde el trabajo hasta casa. Es un cuzquito con unos ojos tiernos, negro y marrón, hichapelotas como él solo.

Los días que corre tras la bici de la China y viene a casa, se queda a dormir en la puerta, ladrándole durante toda la noche a todo lo que se mueve. Pero lo peor es que, como yo arranco antes que Chinatown, a la mañana el perro la emprende con perseguirme a mí hasta la escuela.

De más está decir que siete y media de la mañana la calle es un quilombo, todos manejan como desquiciados, a los bocinazos y empujones para llegar con los pibes a la escuela y a la oficina y el caos es tamaño baño. Que un perro te siga en bicicleta, corriendo por el medio de la calle, totalmente ajeno a los bocinazos y las frenadas, y que los conductores te puteen de arriba a abajo,porque todos asumen que el perro es tuyo, no es la mejor manera de arrancar el día.

Así empecé.

Ya me enculé cuando abrí la ventana y lo vi, saludándome chocho del otro lado.
Las primeras cuatro cuadras de andar con la bici casi me tira dos veces. A las diez cuadras ya se habían acordado de mi vieja al menos quince personas. En la cuadra número once, ya al borde de la violencia con el perro, sin lograr sacármelo de encima después de haberle tirado palos, patadas al aire y gritos de protesta, la cabeza me hizo clic.
Y pensé:

¿Cuál es el perro negro de mi vida? ¿cuál es el problema, la situación, la angustia, la tragedia mía de cada día?

Miré al perro. El perro no desaparecía con mi enojo, y al tratar de esquivarlo, se me venía encima, con el consecuente riesgo de estrolarme de un momento a otro.

El perro negro estaba ahí, venía conmigo, no se iba a ir. Tenía que poder aceptar eso como realidad, dejar el enojo y pensar con claridad.

Intentar hacer el mismo camino de siempre con el perro al lado era una locura; él no tenía registro del peligro, y se cruzaba una y otra vez por adelante mío, y de vereda a vereda, esquivando autos que daba miedo. Había que cambiar de camino.

"Enfilo para la avenida. Donde vea muchos autos, se va a asustar y se vuelve..." pensé.

No era una mala idea. Atravesé toda la plaza de la estación, y al llegar a la avenida por la vereda, el perro ahí, chocho conmigo, moviéndome la cola como si anduviéramos de joda los dos. Paré en la entrada de la plaza. Y el perro negro ahí, conmigo.

"Va a ser más fácil intentar seguirlo a él que tratar de escaparle" pensé con un suspiro.

Y andando despacio en bici por la vereda ancha de la avenida, el perro negro dejó de ser un problema. Al trotecito, en línea recta, a la derecha de mi bicicleta, fuimos andando juntos, esperando en cada esquina para cruzar seguros, hasta llegar a la escuela, sanos y salvos, sin daños colaterales, a tiempo y tranquilos.

Flor de metáfora me espetó esta mañana la vida...






sábado, 17 de septiembre de 2016

En terapia (La herida de Narciso)

Alguna vez leí que, en nuestra parte animal, nuestro cuerpo percibe la tonicidad muscular del cuerpo del que tiene enfrente, con quien está interaccionando. Si uno de los dos tiene miedo, eso se refleja en cierto tono muscular tenso, que indica agresividad, el cuerpo está listo para atacar. Lo que el otro cuerpo percibe es esta última parte, y se alista para atacar.
Algo así era.
Me navegó un tiempo largo esa imagen. Y se me aparecieron preguntas. ¿Dónde me duelen los otros? ¿por qué provocan en mí una reacción? ¿qué lugar de dolor en mí tocan, rozan activan? El enojo es, en el fondo, un grito de dolor, una tristeza, un mecanismo de defensa contra lo que se vive como una agresión. Pero, ¿en qué elemento es que vivo yo algo como una agresión?

Soy mi propio objeto de estudio. Entiendo lo pedagógico a través del recorrido de mi propia biografía, observando los resultados en el plano anímico y social. Me observo como resultado de un sistema educativo, y lo comparo con el sistema pedagógico que transito hoy como educadora. Soy producto de una educación que atravesé durante una etapa imitativa en mi primera infancia, y soy producto de lo que emocionalmente se educó en mí al atravesar el segundo septenio de mi vida. Objetivarlo para comprenderlo es la tarea que me ocupa.
Revisar el universo de la construcción de mi emocionalidad me ayuda a comprender mi accionar, refinar mis motivos, intentar la modificación de mis conductas en pos de un accionar social un poco más sano y menos violento.

Deseducarme. Sacarme la telaraña de la violencia, del desprecio, del prejuicio, volver hacia lo que sé que traje y he perdido. Porque yo recuerdo a una niña de seis años luminosa y feliz, generosa y solidaria, respetuosa de la palabra y de los acuerdos, amorosa, confiada y entregada. Y en algún lugar del camino la perdí, y quisiera volver a encontrarla. Era realmente bella esa niña que fui.

- ...a mi no me importa en definitiva lo que el otro me está diciendo, sino el sentimiento que eso me provoca a mí adentro, Mabel (ponéle que mi terapeuta se llama Mabel.) Qué cosa de lo que él dice o de cómo lo dice me provoca esa emoción violenta, como de ofendida, qué se yo; yo siento que me sube algo, una cosa fea, una sensación fria, me enojo mucho... pero yo no quiero que me pase eso, no quiero sentir enojo. ¿Qué botón mio está tocando con eso que me dijo?¿a qué lugar lejano me lleva con esa emoción? como ese cartelito de facebook que dice "¿me ofendiste o en realidad me mostraste donde tengo todavía abierta la herida?" ¿dónde tengo esa herida, qué herida es Mabel? quiero curarla. Yo quiero que habitar mi interioridad sea la sensación más placentera del mundo, No quiero nada que arda, que duela, que pique, que ahogue. Quiero ver todo lo que tengo roto y arreglarlo. ¿Cómo hago?

(silencio)

(Mabel se queda pensando y se da golpecitos con la birome en la sien. A mi me aparece en la cabeza la imagen del librito que amaba leer en mi infancia...)







sábado, 3 de septiembre de 2016

Desayuno saturnino

Solo está abierta el alma para aprender cuando en ella vive una pregunta. Solo una pregunta abre el apetito para ir en busca de las respuestas. Es en esa búsqueda que se aprehende el conocimiento, se elabora y se transita lo que luego podrá intelectualizarse, se descubre, se devela por el accionar de la propia voluntad. No son los discursos lo que nutre al niño, sino lo que seamos capaces de mover en nuestra propia alma como pregunta.¿Por qué estoy enseñando lo que enseño?¿qué valor, que fin formador del alma humana tiene para mí este contenido que voy a dar? esquivar la pregunta utilitaria materialista del "para qué sirve". Despertar las preguntas profundas, las preguntas prácticas vendrán a su tiempo, cuando esté la capacidad de juicio, la de causalidad. Ahora, el mundo se revela en su etapa de belleza, de misterio natural (base de la ecología, la veneración por el planeta).
Para poder enseñar, debo hacer mías las preguntas del niño, debo pasarlas por mi propia alma. Y nunca responderlas, sino propiciar que encuentre las herramientas para respondérselas por sí mismo, según su ser único y personal.
La escuela no debe ser una máquina de fabricar piezas iguales. Cultivar no es lo mismo que fabricar. Cultivo en mí las preguntas para que florezcan las imágenes que esos niños necesitan, para poder darles el marco que necesitan para hacer su vivencia.

Ponéle....

(el secreto de crecer me parece que está en hacerse cada vez mejores preguntas.)

Que tengas un buen día.





jueves, 1 de septiembre de 2016

Reflexiones bronquiales

Toso. (..quiero creer que estoy tosiendo con mi mejor y mi peor historia..)

Mis pulmones se rebelaron mil veces este año.
No acepto, no logro aceptar la violencia que el mundo me propone, me contamina lo que respiro, y toso.

Hoy el debate es si el médico que mató a tiros al delincuente que probablemente lo hubiera matado, es o no culpable de asesinato.

Recuerdo a Candela en una bolsa de plástico, usada como objeto de placer personal y descartada en la basura, como corresponde al ciudadano ordenado y educado.
Recuerdo al abuelo juez de la Nación, denunciado por una de sus nietas, amparado en el silencio de sus sumisas y violentadas hijas.
Recuerdo las fotos de los acribillados en los diarios, en las pantallas, la carne expuesta a mis ojos cotidianos.
Las bombas, las guerras, los náufragos ahogados en las playas de Europa, las madres cacheteando a los hijos frente a las góndolas multicolores del supermercado, las mujeres desaparecidas para ser traficadas y consumidas, las habilitaciones millonarias fraudulentas que matan doscientos pibes en un boliche de un plumazo...

Escucho al tontín de la radio tener un momento de lucidez, y entonces decir al aire lo que estoy pensando: "lo más terrible es que el debate no sea ¿cómo es que nos acostumbramos a esta barbarie? Hay muertos todos los días, gente que muere a manos de otra gente. Hay asesinatos todos los días, a tiros o por omisión y abandono. Y nosotros ya estamos acostumbrados. No nos pasa nada. Estamos tristemente acostumbrados. Es triste. Es muy triste lo que nos está pasando."

Y no nos parece terrible, ni nos parece urgente ver ¿cómo es que estamos educando a los seres humanos para que la vida valga tan poco? ¿qué están aprendiendo de nosotros? ¿a qué los estaremos acostumbrando..?

Toso.
Mi cuerpo se rebela ante la normalidad del espanto, aunque la conciencia se adormezca para tolerarlo. Cada tanto, la tos sacude el velo de mis ojos, y me duele el mundo un rato. Lo necesario para recordar, cuando ando, que quiero ser consciente de cada uno de mis pasos. Tener bien claro a qué dioses, a qué intereses sirvo cada vez que hago.

Toso.
Luego, existo.
(No me descartes.)


sábado, 13 de agosto de 2016

En terapia.

-¿Y por qué no..?

Silencio.

- Porque no viene para encontrarme a mí, para encontrarse conmigo. Viene por la satisfacción de su propio deseo, nada más. Lo motiva el egoísmo, no el amor. Quiere consumirme, como a un pancho, como a un pucho. Yo quiero encontrarme con alguien que quiera encontrarse conmigo, que quiera encontrarme a mí.

jueves, 14 de julio de 2016

Maya (Enlazador de Mundos Espectral)

A veces entrás al día por una puerta rara.
No es que entres por la puerta de atrás, y todo salga mal, o algo así. Es más bien como si te subyaciera la sensación de que algo está desajustado de la realidad cotidiana.

Hoy, ponéle.

Siete y media, ruedas apuntando al oeste, me toca ir a la peregrinación anual de chequeo de chasis, colesterol y alrededores.
Munro es de por sí una puerta a otra dimensión (estoy segura); un barrio raro, con pinta de que puede pudrirse todo en cualquier momento, a pesar de la parsimonia que reina en sus veredas aaaamplias de locales vacíos; el lugar donde voy a hacerme los análisis es deprimente en medio de lo deprimente. La luz amarilla, la sala saturada de afiliados al PAMI, embarazadas con niños gimientes, y un televisor pasando videos latinos. Un mostrador con ventanillas de vidrio. Muchos cartelitos en muchas puertas. Enfermeras que salen como cucús, por una puerta, por la otra, gritando apellidos. Yo con mi bolsito abrazado al pecho, sosteniendo un número de dos cifras en la manito, escuchando el chillido de la empleada que canta los números, como vieja en el bingo.

La enfermera me reprende, porque parece que he hecho todo mal, las cosas no saldrán bien, pero ella hará su trabajo igual. No me deja ni apoyar la cartera, y yo no discuto con alguien que va a clavarme una aguja, así que, nada, sigo abrazada a mi bolso calladita, con la esperanza de que se le suavicen el humor y el pulso.

Tras el café con leche y azúcar obrigado, pedaleo por otra ruta para ir a la escuela, y con el sol dándome en otra posición de la cara, plenamente de frente. Siento el cuerpo distinto.

Me saluda un conocido, sorprendido de verme a esa hora por esas calles, y me alegra verlo (me sorprendo siempre de cómo, entre miles de caminos posibles, dos personas se encuentran en uno).

El día continúa entre lo tierno y lo terrible, como en una película, como en un sueño muy real, pero con un velo de extrañeza, de ficción, de imposibilidad.
Como si yo me hubiera quedado fuera de la película de este día, por haber cambiado la puerta de entrada. Como si fuera espectadora de un cine casi mudo, porque no importa lo que dicen las palabras. Lo que yo escucho hoy no tiene sonido.

Por la tarde emprendo el camino al lugar donde siempre voy cada miércoles, a trepar al auto de Waly para ir juntos al ensayo.
Como si mi timón estuviera emperrado, cambio otra vez la ruta, y voy por donde no voy nunca.

Camino por colectora, detrás del barrio cerradito de casitas paquetas, el que dura una cuadra larga que son dos cuadras. Un loco pasa junto a mí y me saluda, casi metiendo su cara bajo mi capucha. Sonrío y saludo (nunca más sentir miedo), y sigo. Sé por la espalda que me está siguiendo.

Como en un lento sueño, giro y lo encaro, y le hablo sonriendo con firmeza y violencia, y se va, y me voy, y sigo sintiendo que algo en el día se desencajó,

Voy a dormirme para ver si así despierto y me doy cuenta de que este día está, en realidad, del otro lado del sueño.

sábado, 4 de junio de 2016

Ni una menos

Yo sé que fuimos diosas. Fuimos madres, fuimos sabias, fuimos reinas del mundo sin tener que levantar jamás una espada. Alguna vez, en algún tiempo, hubo una raza de madres primigenias para que comenzara a desparramarse el hombre sobre la tierra. ¿Quiénes fueron? ¿con qué sustancia nos han alimentado el alma para que floreciera?

El origen del mundo siempre me es una bola difusa. Desde pequeña me asalta la pregunta "¿por qué la humanidad, cuál es su sentido? ¿por qué estoy aquí, despierta?"

Sigo caminando aún el hilo de las respuestas, y encontrando mil preguntas nuevas.

Si la humanidad es reflejo del universo (pienso en mis devaneos retrospectivos de sábado a la mañana, mientras repaso imágenes de lo que ha sido mi vida día a día de la semana), entonces el origen tuvo que haber sido dentro de una madre, una madre sabia y generosa. Me gusta imaginar una Lemuria fantástica donde sutiles madres cantaban, formando los oídos desde el alma, dejando que la música cincele los oídos de la nueva raza humana de adentro hacia afuera, para que pudieran escuchar a su alma y al mundo a través de ella. Me gusta saber las teorías del big bang, y la materia en movimiento y el átomo,  pero yo quiero saber también qué es lo que le dio forma a esta llama del alma humana que hace a cada uno un universo único y misterioso dentro del universo.

Pero, imagino en ese cuento mío, algo falló a la hora de tejer la mente humana. Como en las mejores películas de ciencia ficción, un bicho se coló a la hora de dar forma a la herramienta para pensar, y ahí derrapamos, caramba, y nos volvimos animales bien peligrosos. La mente, la inteligencia, al servicio del engaño, la manipulación, el daño, la destrucción del hábitat, la destrucción de la vida. Por alguna razón, el amor no logró ser la sustancia para tejer la mente.

Veo en mi cuento a los hombres de la historia arrasando los cuerpos de las mujeres, sometiéndolos, arrancándolos de los tronos donde alguna vez los adoraron como sagrados templos, a través de los cuales ellos mismos nacieron.
Cuando la humanidad intentó leer las antiguas escrituras, los relatos producto de las primeras culturas, no comprendió las imágenes ya con el alma, sino que las interpretó con su mente.

Después de mil quinientos años de ir cada vez más y más jodidamente la humanidad por el mundo, el siglo XX estalló y aún estamos en plena hecatombe. El hombre sigue arrasando con el cuerpo de la mujer, porque también ha recibido la educación cultural que le dice que él es el fin último que da sentido a aquél otro cuerpo complementario. El hombre cotidiano, a veces a pesar de su discurso, objetiviza a la mujer en ese cuerpo; lo usa para satisfacerse, lo somete, lo hiere, lo ignora, le paga el aborto, lo descarta, lo consume como imagen, aprende el juego de cazarlo, le niega el sentimiento y va por algún otro que satisfaga ese agujerito oscuro que pide violencia silenciosamente en algún lugar dentro suyo.
En el peor de los casos, en el polo del desalmado, lo viola, lo mata y lo descarta en una bolsa de basura, o en una zanja, casi sin condena social.

¿Por qué? ¿por qué un niño redondito y tierno se convierte en un chacal de las hembras de su especie?

Tantos siglos de violencia sobre el cuerpo y la entidad femenina han calado tan hondo, que solemos ser las primeras en atacar y arrasar nuestro propio cuerpo. Lo torturamos, lo amputamos, lo rellenamos, lo ocultamos, lo padecemos, lo ofrendamos, lo utilizamos para manipular, lo sufrimos, lo ignoramos. Siglos de maltrato nos han educado para poner el cuerpo al servicio del goce del otro.

Yo creo, en esas cosas que suelo imaginar como cuentos,  que ya, cuando nos vamos enterando de que nos tocará habitar una vida de mujer, antes de nacer, el alma se nos aterroriza, y nacemos aterrorizadas y en guardia. Y toda la vida andamos odiando a las otras, compitiendo contra las demás para lograr una protección, un guardián, alguien que nos salve de un mundo en donde se hizo carne eso de que sólo sobreviven los más fuertes. Es decir, los que han logrado silenciar sus almas, los desalmados.

¿Cómo se cambia un paradigma cultural?

¿Cómo hago para que mi alma encuentre una verdad nueva sobre lo que significa ser mujer en el mundo?

En el cuento que imagino cuando leo la historia del mundo, yo sueño con una nueva raza de madres. Madres con otras verdades en el alma, que alimenten con imágenes nuevas. Madres cuya mirada y cuyo silencio logren acallar los gritos. Madres llenas de amor y de fe, que nos hagan sentir en el alma que nos ayudarán a hacer verdad eso de que el mundo es bueno, bello y verdadero.

Que mi cuerpo sea mi Templo.

sábado, 14 de mayo de 2016

Desayuno de sábado (gente que viene y que va)



Mi cabeza es un baúl repleto de palabras, imágenes, ideas, que flotan, van y vienen a mi mente, como resonando, y un día, un sábado a la mañana, ponéle, varias se juntan y ¡clic! pienso algo armado, algo como una sentencia de juez, o un aforismo de Narosky, en el peor de los casos, pero clic algo se une. Y ahí digo "aaahh... ahora entiendo"

Todo lo que veo cuando ando por el mundo, lo escucho, lo leo, lo veo, lo guardo. Colecciono mis días mientras me van atravesando. Algo escuchado al pasar, la respuesta de un niño, la mirada de un maestro, la palabra de un amigo, lo que leí sobre algo, todo entra, mientras intento conducir mi bote por entre las aguas y tempestades de lo cotidiano.

Trato de comprender este asunto de la vida.. no me resigno a que sea comprar muchas cosas, tener pánico a envejecer y luego, inevitablemente, un día morir. Y chau. Desde que tengo uso de razón, es la pregunta que empuja todas las demás.

Este último tiempo de jóvenes muriendo a manos de pastillas para pegarse un viaje al ruido me tienen mirando y atando los hilos. Antes, cuando no había pastillas, eran los tiempos de algún borracho en el barrio, que sin tanto rocanrrol ni adrenalina, se dejaba morir suicidando su hígado vaso a vaso.

¿Qué sucede con esas almas atormentadas que no toleran pisar el mundo, verlo, oírlo, palparlo?

Para las almas cada vez más sensibles, cada vez más únicas, bajar en el mundo hoy debe ser como atravesar un colador de alambre de púas..

Hay algo en el trato cada vez menos amoroso, cada vez menos amable. Ser niño es una molestia, un problema, un peligro.
Encarnar en un cuerpo es estar siempre en guerra porque no da la talla, la altura, la forma que socialmente se espera. Tomar conciencia y habitar ese cuerpo, se vuelve doloroso, se vuelve sufrimiento. Aprieta.

Las almas sensibles se atontan, se anestesian, para salir a toda costa del dolor que provoca poner los pies sobre la Tierra. Presas y chacales. Sobreviven los sin alma, los endurecidos y animalizados, a fuerza de enardecer lo físico ahogan todo rastro de sentimiento.

Sanar las propias heridas del alma. Identificar los desgarros, aliviar los golpes, desinfectar lo infectado de rencor y de miedo. Cicatriza cuando al fin queda aprendido lo aprendido.

Nuestros niños se empastillan porque está tan duro y reseco este mundo que les queda insoportablemente apretado.

Es tiempo de encontrar en nosotros nuevos manantiales para que el amor vuelva a humedecer los campos de nuestra siembra.

Que la realidad nunca deje de llenarte de preguntas, como a Colón, como a Hypatia, como a Mafalda.

Que tengas un buen día.  


miércoles, 20 de abril de 2016

Imágenes.

Cuando era pequeña, siete, ocho años quizás, tenía cada tanto un sueño recurrente. En él, todo el mundo se convertía en zombi. La epidemia avanzaba hasta que mi propia familia terminaba convertida en zombi también. Yo me escondía en el antiguo mueble bargueño de mi abuela, y por el agujero de la cerradura espiaba a los zombis entrar y salir. Y me asaltaba una soledad dolorosa, unas ganas de volverme zombi también, para perderles el miedo y poder salir a andar con ellos.

Cada tanto, de pronto un día me pasa que ese sueño se me hace tan real que me espanta.
Quedo pasmada ante la gente que me responde interrumpiéndome y sin haberme escuchado; quedo muda ante el que mata violentamente una idea, tapándola con la suya, sin intercambiar, sin considerar, sin tomar en cuenta; quedo temblando ante el insulto soltado con enojo, violencia, ánimo de herir; y necesito, al menos un día, encerrarme en aquel mueble bargueño, a pensar "es un sueño, es nada más que un sueño", para poder volver a salir.

martes, 26 de enero de 2016

Una vuelta completa a la infancia (me saqué la sortija..)

Confío en algo que no logro ver, pero intuyo. Algo mejor, algo posible, algo que no está tan lejos de ser desde que encontré cómo dar los pasos para andar los caminos, tras las migas que me llevan al sentido. Por eso soy maestra.

Quise ser maestra como una certeza, no como una ilusión rosada. Supe que el camino que me habían hecho transitar a los golpes, como dentro de los límites del pasillo que me llevaría al corral, como una vaca a entrenar, ese camino de la escuela, podía ser concebido de otra manera.

Me perdí, me marearon, y cuando por fin encontré de nuevo el camino hacia mi profesión, con la misma certeza con la que lo abracé, empecé a cuestionarlo.

Así llegué  a esta escuela de pedagogía waldorf, sin saber bien a qué venía, qué era lo que había que hacer de distinto, pero con fe en mi esperanza. Dieciocho pares de ojos me esperaban para empezar a dar un largo paseo juntos.

Intenté seguir las instrucciones como una condenada, pero no había... lo que había era una larga, ardua, loca gimnasia para dar un giro completo de 360º en el alma y lograr una nueva amplitud de mirada. Todo eso mientras los dieciocho pares de ojos esperaban comandancia... igualito que mi hija cuando me miraba esperando que le diera aquellas respuestas que no tenía.

Confiando en las pequeñas certezas que florecían regadas por la fe, anduvimos.
Nos sucedió la vida. Cada una de sus pequeñas preguntas la hice mía, y los pasos que dimos fueron las respuestas. No aprendimos el mundo, lo fuimos conquistando con trabajo, sabiendo que cada intento nos llevaría un paso más cerca de lograrlo, venciendo lo que creíamos nuestro horizonte para descubrir que había mucho más camino, mucho más mundo todavía. Y nos lanzamos a comprenderlo maravillados.

Mi hija es hoy una joven, hermosa mujer. Aquellos niños son hoy brotes adolescentes.
Y lo que veo, aún perfectible, es tan luminoso en su potencia, tan posible, que me maravilla.
Tan mal no lo hice, y ellos me enseñaron cómo hacerlo todavía mejor.

Así que, las tizas listas, la vida transformada en sustancia, allá voy de nuevo, a descubrir una vez más el mundo, a maravillarme y dejarme sorprender, otra vez, de la mano de un ramillete de redondas manos pequeñas.




miércoles, 13 de enero de 2016

...

Parecieran ser tiempos tan automáticos para el humano como para el lavarropas.

Pero yo no quiero perderme de vista ni uno de los adoquines que decido pisar para avanzar o retroceder, o bifurcarme, o dar la vuelta y volver.


sábado, 10 de octubre de 2015

Paisaje sin nombre.

 María Natividad Llaneza. 
Yo te nombraba abuela.

Cuando era habitante de los territorios de la infancia, algunas de mis jornadas las pasaba ayudando a mi abuela con las tareas de la casa. Era lindo andarle detrás como un pato, llevando pañuelos planchados al ropero, o sobre los patines de paño en el suelo de madera lustrado.

Ella tenía toda una rutina, todo el día organizado en una serie de actividades que arrancaban después de los mates de las ocho de la mañana: Aseo de la casa, aseo de la ropa, cocina y al final, a la tarde temprana, merienda y labores. Siempre andaba tejiendo o bordando algo, mi abuela. Nunca las manos ociosas.

Había algo ritual en toda esa rutina diaria. Ella hacía cada cosa sin apuro, no era su meta terminar. Y naturalmente, todo el ajetreo estaba listo a las dos de la tarde, que era cuando empezaba el ciclo de películas viejas en la tele, y mientras yo le cebaba mate, ella tejía con Lolita Torres cantando como un canario a la hora de la siesta.

Cada tanto, en el ciclo, había un día distinto, en donde era tiempo de hacer algo cuyo ritmo era más lento que el diario, como el día de limpiar los vidrios, o el de limpiar la heladera, o el de guardar la ropa de invierno y sacar la de verano (este era como un día de fiesta, porque casi que no se podía hacer nada más, e incluso se invitaba a las tías a participar de la jornada...)

Me recuerdo ayudándola a tender las sábanas sobre la enorme cama de madera oscura, de respaldo alto y liso, y música de resortes. El colchón pesaba como una ballena.
Sus sábanas eran enormes, sin elásticos, y todo era una clase de plegado y torzadas para que cada esquina del colchonote quedara prolijamente cubierta. Ella me iba dirigiendo desde su punta, y yo repetía cada maniobra con atención de aprendiz y dándole la necesaria seriedad a la tarea.

Rallar pan viejo y moler café eran mis especialidades en la cocina, y podía llegar a trompearme con mi hermano si osaba pisar mi territorio y birlarme los molinillos. Uno se enchufaba y tenía un poderoso botón rojo que había que pulsar con mucho talento para que no se quemara el motorcito. El otro era pura fuerza de manivela.

Nunca había apuro, nunca empujones, nunca reprimendas cuando las manos pequeñas y aún torpes derramaban, o soltaban, o no lograban hacer coincidir las puntas de un pañuelo bajo la plancha. Siempre la mano tibia y amorosa de mi abuela cubriendo las mías, enseñándome mientras hacía, a reparar, a limpiar, a lograr las simétricas coincidencias necesarias para la belleza. El amor y la paciencia en cada uno de sus gestos, hasta que mis manos se sentían seguras de conquistar la tarea.
Después, en el tiempo del mate y las labores de la tarde, ella me contaría alguna historia de cómo ella misma había tenido que probar y practicar hasta por fin conquistar alguno de sus tantísimos talentos. Otras veces, me regalaría una historia de su propia infancia, allá en los prados y valles de Asturias, del tiempo en que hacía travesuras con aquella amiga que nunca olvidó. O de cuando mi mamá era pequeña y el barrio era un gran patio de puertas abiertas, clubes y bailes en las veredas.


Cuando me gana este presente y su endiosamiento de la velocidad, y sin darme cuenta empiezo a dejar que se acelere mi paso por el día, la esquina de una cama logra milagrosamente traerme de vuelta, tendiendo un puente desde la luz de esta mañana hasta aquellos territorios de mi infancia. Hasta aquella sabiduría cotidiana de mi abuela.







miércoles, 9 de septiembre de 2015

"Que seas bien inscripto y rubricado" Jatimá tová! (Diario de Yentl)

A los diecinueve años, con una certeza absoluta, hice mi conversión al judaísmo.
Unas se anotan en un equipo de vóley, otras en danzas, en patín artístico o en pintura. A mí me invadía la devoción, y no sabía a qué cosa entregarla. Mi padre había sido un hombre religioso, con abundantes citas bíblicas en su hablar cotidiano, y una admiración por el Cristo que lo hacía llegar siempre a la emoción. Era un místico. Uno bastante intenso.
Me enojé tanto con él que un día me fui a dar la vuelta a los dioses para, en principio, discutirle uno por uno los puntos de su fe en mi corazón.

Lo primero que hice fue desechar su dogma y lanzarme al desierto.

Caminando el judaísmo (digo el judaísmo porque es más que la religión judía, es también la cotidianidad de un pueblo, y se puede ser judía sin practicar su religión, pero yo le entré con todo, como corresponde. Nunca a medias..) comprendí algo fundamental. Si la vida no se vive de acuerdo a lo que dicta la fe, las ideas que se defienden (sea religión, ideología política, ideología filosófica, etc), es teoría. Es mentira.
En sus rituales encontré la voluntad puesta al servicio del sentido del símbolo. Cada día sagrado, sus comidas, sus oraciones, sus relatos, todo un manual de instrucciones precisas de cómo recordar: a traves del sentir, del vivenciar, de volver a pasar por el corazón a través de los sentidos y la memoria.

Todas las fiestas del calendario eran una oportunidad de detener el tiempo y volver a la contemplación de la propia humanidad, a través de instrucciones precisas. En los símbolos de cada fiesta, en su ritual específico, el alma hacía un recorrido guiada por las acciones, por el hacer y la palabra. Eran como una maravillosa meditación dirigida.
Entre todas, había una que me parecía la más indispensable de todas, y solo le encontré un paralelo en la cultura Maya y su día fuera del Tiempo.
1 del mes de Tishrei es la fecha que marca Rosh Ashaná, o Cabeza de Año. Y al día siguiente, luego de los festejos, de la familia y los banquetes, comienzan los Iamim Noraim, los Días Terribles.
Durante ese tiempo, tu libro de la vida (registro akáshiko) está abierto, y se sellarán los acontecimientos de tu vida para el próximo año. Y acá, nada de arreglarlo rezando doscientos padrenuestros. Tenías que hacer una retrospectiva de tu año, ver en qué la habías pifiado, y arreglarlo. Al final de los diez días, la última oportunidad de cambiar tu destino llegaba con Iom Kipur, Día del perdón. Ayunar, perdonar, perdonarse y pedir perdón. Y que se escribiera para ese año una página luminosa para el libro de tu vida.

Hoy, veintitantos años lejos de aquellos días míos de ser Yentl, conservo intacto el espíritu de detenerme a contemplar, en la rueda del propio año, cómo han sido los pasos del camino que transité y hasta donde me llevaron, a dónde me trajeron, porque es la única manera de dejar de cometer una y otra vez los mismos errores, el hábito de la inercia, de la falta de conciencia de uno mismo, que lleva al fracaso a tantas buenas y nobles empresas.

Pegar una frenada, aflojar con la maldita velocidad que te hace llevarte todo puesto por el camino, darte vuelta y mirar el tendal. Y cometer el supremo acto de libertad y voluntad que implica cambiar, transformarse, dejar de hacer y hacerse daño, ver cómo es esto de crecer.

Shaná Tová Umetuká. Y que el pedir perdón suene dulce en tu boca como una manzana con miel.