viernes, 17 de febrero de 2012

Haciendo escuela

Transité un año del carajo (no hay eufemismo posible que describa con el mismo impacto).
Como en un invisible plan de estudios universitarios, este año rendí "Vínculos I: laputamadrequeloparió", "Cómo lograr que la obsesión no te provoque un esguince cerebral" y "El físico al límite laburando dieciocho horas por día y atendiendo veinte quioscos más".

Todavía transito un año del carajo.
La materia pendiente que venía esquivando me pateó la puerta y se me metió en la vida de prepo, y por más que bajé la persiana, sé que tengo que rendir de una puta vez "Cómo es que se podría llegar a vivir feliz construyendo una relación siendo quien una es, marcando los límites precisos, eligiéndose siempre a una misma antes que al otro y sin que te salga el pulpo de la posesión y el abandono por ningún lugar".
No tengo ni idea de cómo se hace para poner en práctica todas las pilas de manuales de autoayuda y religiones varias que vengo acumulando para ver si logro aprender en algún libro cómo no hacerse daño, soltarlo todo y florecer.

Y, como suele sucederle a la mayoría de las madres y padres, mientras tanto tengo que educar a una propia y dieciocho adoptivos. Porque además de la tarea biológica-cultural, también soy maestra.
Siempre estuve convencida de que el mundo puede ser un lugar mejor, y me dedico a enseñárselos.

Andando el barquito de mi vida de este último año, hubo veces en que el corazón se me rompió, me estalló el miedo, los días fueron como túneles oscuros. Hubo días que ardían en el cuerpo. Me mantuve ávida de entender y aprender.

Cada mañana ellos estuvieron ahí, viéndome desatar mis nudos como ellos intentan desatar los propios.
Ahí, al cerrar la puerta, las mañanas de lluvia volvieron a ser lindos días de jugar en la escuela mientras aprendieron, mientras aprendí, a decir lo que se siente a la cara y sin vueltas, a reparar los daños cometidos, a decir la verdad (que es lo que nos hace libres), a amarse sin condiciones. Y a leer, escribir y hacer sumas y restas, como añadidura.

Para salvarme cada vez que hubo una tormenta, en vez de sentarme a llorar, canté todo lo que pude, así como lo aprendí de Pocha, cuando nos conocimos con los corazones rotos y cantamos todo el dolor en zambas por el aire de Villa Urquiza.
Canté sola, canté mientras lavaba los platos de la merienda, canté con ellos y ellas, canté antes de abrir y cerrar la escuela, canté por los salones, canté en las fiestas, canté en las terrazas (y sigo cantando ahora en el living mientras la vida me sigue ocurriendo intensa).
Cantar me abría las ventanas y las puertas.
Yo quería que ellos supieran que cantar salva la vida a veces. O bailar, o pintar, o tocar un tambor o una guitarra. Hacer brotar la música nos suelta el corazón y hace guardar silencio a la cabeza.

Y, mirá vos... creo que lo entendieron.


martes, 7 de febrero de 2012

Jipi evolution (como pókemon, pero de acá)

Me fui con la esperanza de que todos sus temblores y quejidos fueran apenas un mal momento más de su vida fría. Me fui cruzando mentalmente los dedos, que no se muera por favor, que no se muera. Pero al volver, me dí cuenta de lo irreversible: había palmado mi querida heladera.
Más que heladera, era un placard. En su interior, en lugar del refrescante aliento en la cara al meter la cabeza para buscar víveres entre la población de tuppers que vengo acumulando desde 1996, reinaba la temperatura ambiente de 36º promedio que viene teniendo mi querida ciudad. Los huevos salían cocidos.
Shit.
No quedaba otra que, santarjetavisa mediante, ir y comprar una heladera nueva.
Tengo que decir que me dio un cosquilleo. Uy, pensé (siempre que pienso empiezo con uy) me voy a comprar una heladera?... cuándo fue que me hice grande???
Se sabe que soy jipi de religión, por lo tanto, como una manosanta del linyerismo, jamás me había comprado un electrodoméstico. Filas de gente mirándome raro porque no tenía ni freezer, ni microondas, apenas una minipymer que madre prestó una vez y perdió como en la guerra. Hordas de amigos desesperados alabando las bondades de congelar la comida o de no tener que esperar seis horas para que se hiciera una tanda de cubitos en mi Grundig marrón.
Si, era fea, pero noble.

Será que nunca me casé, que nunca proyecté, que nunca evolucioné, lo cierto es que los pocos aparatos que han llegado a casa (y también los muebles y en algún momento hasta la ropa) o bien vinieron por herencia, o por descarte de algún conocido, pero yo nunca elegí nada. Las cosas siempre me encontraron a mí.

Aprovechando el fin de semana de rebajas y largas cuotas, pedaleando me fui al supermercado grandote que queda cerca de casa.

Con cara de guarda que estoy grande, permiso, me voy a comprar una heladera atravesé los pasillos hasta llegar al paredón blanco de aparatos en fila.
Uy, pensé de nuevo... ¿qué tengo que mirarle a una heladera?
Y por supuesto, la respuesta inmediata fue El precio, y quedé satisfecha.

Elegido el aparato (que por decantación tiene freezer y así todos contentos y me evito la fila de gente para espetarme ¿¿te la compraste con congeladorrrr????), firmados todos los papeles, comprendidas todas las instrucciones, me volví a casa lo más pancha, pero sabiendo que acababa de dar por tierra con una vida entera dedicada a la rotosidad y el cartonerismo deportivo.
Pero qué placer saber que, mientras sigamos pagando la luz, siempre habrá hielo para entrarle a un ferné.





lunes, 30 de enero de 2012

Ponéle.


Quisiera pedirte que vuelvas impetuoso y valiente, y te quedes de prepo al lado mío, y me ayudes a encontrar mis puertas, esas que todavía están cerradas, y que las tires todas abajo de una patada certera para que, por fin, definitivamente, yo pueda salir.
Me lo merezco.

miércoles, 25 de enero de 2012

Mujer bonita


Es decidida, directa, desapegada. Ni bien se supo cisne hizo el camino derecho como una flecha en el aire. Emana una luz, una fuerza, no más niña grande, ahora es una hermosa mujer pequeña que crecerá como esas musas de Ciruelo, armada hasta los dientes para combatir dragones.

Su franqueza y su confianza en mí a veces me dejan pasmada de sorpresa y me alegra saber que el camino que me marcó el corazón fue bueno, la llenó de recursos, que se sabe comprendida y aceptada sin condiciones, que jamás podría decepcionarme porque no espero más que verla ser ella misma cada vez más, y eso sólo sucede con el paso del tiempo, después de mil aciertos y un millón de errores.

La veo empezar a caminar Buenos Aires con esa soltura que recuerdo en mí, con sus propias decisiones ya tomadas en su alma, con un mundo que será solamente de ella.
Ay, qué vértigo mamá.. yo conozco ahora gente que vos no conocés.. y me quedo pensando que de eso la va la vida, venir a través de alguien que nos dará lo necesario para escribir en el mundo nuestra personal, única, irrepetible historia.


Enlace

miércoles, 18 de enero de 2012

Crónica primera: Andar los caminos

(La maga, el brujo y el joven caballero se detuvieron al borde del bosque.
-Adiós amigo, buen viaje- dijo el brujo. - Cuando vuelvas no serás el mismo. Y nosotros tampoco.)


Los viajes, para ser viajes, tienen que ser por adentro. Lo otro es turismo. Yo me fui de viaje, cosa que hago pocamente con el cuerpo, permanentemente con el alma.

Veintiseis de diciembre, boleto en mano llego a Retiro, madre e hija mías agitando pañuelos, descubro tristemente que lo que se llama coche cama de cama tiene lo mismo que un cepillo de dientes. Buscando a Pocha, amiga de mis entrañas, compañera del alma, tres años después del último vino compartido, de la última canción sonando en mágico dúo, me voy de viaje a su nueva vida en Capilla del Monte, un lugar en delicado equilibrio entre lo místico y lo bizarro que en estos tiempos de finales del mundo se volvió la meca del jipismo barato (Pájaros volando es un retrato genial de esas nuevas realidades de las sierras cordobesas)
Enrosco mi cuerpito lo mejor que puedo en el asiento de mierda que no quiere recostarse, hago rancho de bolsones y bolsas de dormir en un vano intento de elevar los piés y quedar más o menos estirada para no amanecer torcida, doliente y a las puteadas. No lo logro, demás está decir..
Por supuesto el micro que me llevaba entró en todos los reputísimos pueblos posibles, recién despertada de un dormir soporífero no tenía la más mínima idea de por dónde estábamos, y eso nos descoordinó el horario de encuentro en la terminal.
Suspenso.
Sentada en mi mochila, con tanto oxígeno, tanta limpieza insoportable del aire, di rienda a mi recaída tabaqueril (no soy perfecta, a dió gracias, así que una agachada de mal comportamiento me la debo) un rato mientras esperaba, hasta que se recortó en el aire la melena colorada con pañuelo brillante, el verde, el violeta, el rojo, toda ella en colores y el azul de sus ojos achinados de alegría. La escena fue tan memorable que hicimos moquear a un par, nosotras incluídas, por supuesto, que nada nos gusta más que hacer olas de emoción en el aire.



Tanta era la alegría, tantas las ganas de cantar (tanto cantamos) que por supuesto creímos que teníamos los mismos años que entonces, cuando las mañanas nos encontraban de fiesta en casa Fraga.
La juvenil bienvenida de ocho cervezas y demases entre tres nos dejó desnucados.



Pocha es la cocinera del restorán más sabroso y sanito de la comarca. El Soma queda apartado del estruendo del centro (que a veces parece una Mar del Plata berreta y mersa) con su parafernalia de librerías místicas, negocios con nombres marcianos y remeras de Homero Simpson tomando cerveza cordobesa. Igual que a mi casa, se entra justito por la ochava de la esquina. Y ahí adentro tenemos otro universo entero del que nadie parece tener ni noticias.



El Pat es un francés que una vez conoció a una cordobesa allá por París, y detrás de ella, de su amor y su panza terminó cruzando el mar para manejar su propio restorán vegetariano en Capilla. Rubio, de ojos pochamente azules, ni bien llegué me trajo sus tambores y cada mañana se llenó de tuntunes (y estoy convencida de que ese sonido es el que fue abriendo las puertas de todos los munditos que encontré adentro de la misma ciudad)
Generoso y fiestero el Pat, todo es una buena excusa para un brindis y una canción, y así una mañana cuando llegamos, un par de cubanos aullaban impecablemente sobre campanas, guitarra y bongó, dejando boquiabiertos a los presentes. Y por supuesto, ni bien aparecimos fue un quilombo.
El francés los dejó boquiabiertos tocando las congas, el trío se encendió memorable, el guitarrista bailó en trance con la camarera, oye chica, sírvete otro mohíto y dale que va la audición para integrar el elenco de músicos que arengarán las noches de enero, mientras la Pocha detrás del vidrio de la cocina, canta. Dos personajes importantes, Alverto y Hernando, quince años tirando tiros por estas pampas, haciéndose el veranito con bastante calidad, hay que decir (la fauna de artistas que ronda la zona incluye gente a la que habría que deportar a algún país al que le tengamos bastante bronca).
Después de tanta jarana matinal, los cubanos se fueron haciendo ochos por la vereda y sospeché que sería más barato pagarles un caché que darles de tomar..




Durante los primeros tres o cuatro días fui un bicho en adaptación. La geografía confusa de las calles, la manía de no poner carteles con sus nombres y mi imposibilidad congénita de comprender bien un mapa impreso me tenían dando algunas vueltas a la manzana a modo de ensayo para la aventura. El viernes a la mañana, mapa bajo el brazo, bolso al hombro, decidí que ya estaba lista para encontrar por mí misma un poco de agua donde remojar mi humanidad.
Objetivo: el Zapato.
La primera hora la caminé para el lado contrario. Cuando me dí cuenta, después de permitirme unas palabras conmigo a solas, encaminé correctamente los piés. Pero no iba a ser tan sencillo. Ni un puto cartel que te diga "Por acá vamos bien" o "usted está aquí en Saragarsala" como para saber si vamos bien o estamos llegando a la frontera con Bolivia, y yo dando vueltas el mapa lleno de nombres que jamás podrá una verificar. Y otra vez, cuando más o menos le encaminás derecho, una bifurcación.
A la derecha, casitas, ruido de niños, tanques de agua, y un camino largo que baja y se pierde. A la izquierda, parque cerrado de atracciones acuáticas, negocio bizarro de piedras y hamacas paraguayas, torre de piedra imitación castillo medieval, viento seco y curva. Y allá me dijo mi instinto que era donde quería llegar.
Y a los quince minutos todo se puso en subida. Ya debería haber presentido que el refresco y el descanso estaban al final del camino que había descartado, pero si había elegido ir por acá, algo tenía que encontrar.
A los veinte minutos todo era sol y desierto.





Arriba de todo me había llevado mi olfato. El agua quedaba abajo. En la entrada del dique este cuadro: un negocio pequeño, una galería llena de mesones con piedras, una pirámide enorme en el techo, el viento seco que levanta polvareda. Una mujer morocha, de rasgos acondroplásicos, una joven con síndrome de down, la mayor se pinta las pestañas frente a un espejito, los labios de rojo pastoso, y la joven juega a hacer filas de esmaltes de uñas a su lado. Saludo y pregunto la forma de llegar hasta aquél hilo de agua que ví. Deja de pintarse, gira la cabeza y me mira y estoy esperando con resignación que suene alguna música de Bagdad Café o algo así, porque creo que estoy adentro de alguna película independiente que va a terminar conmigo abducida dentro de la pirámide.
- Podés agarrar por el sendero que está a la izquierda, no es un tramo largo.
Hace silencio. Me mira una vez más y antes de volver a pintarse las pestañas ya empastadas de bolitas negras me dice mirándome fijo: Tené cuidado con las serpientes..
Ahá.
En estos menesteres no puedo dejarme llevar por un instinto que tiende a meterme en aventuras. No tengo complejo de Marley, así que decido volver por donde vine sin chistar. Y como una señal más de esta película bizarra, dos escorpiones negros y rojos tamaño baño relucen en el suelo aplastados de rueda de auto. Caminando derechito...
Una hora más y por fin me amigo un rato con la vida (y apago el incendio de la insolación de tres horas de caminar) metiendo el cuerpo en el agua fresca que vine a buscar.
En definitiva, la mejor manera de conocer un lugar es perderse por sus caminos y por su gente unas cuántas veces, llegar sin saberlo a todos los destinos que cada lugar encierra.
Y en eso me fui convirtiendo en una experta.


martes, 20 de diciembre de 2011

El viejo río que va...

Yo sé que la distancia es una ilusión, que siempre estuviste en mi casa cada vez que cerré los ojos y te traje a bailar en mi cocina, o me fui hasta tu abrazo en una canción.
Pero en dos horas vas a estar cruzando el mar rumbo a otro cielo, y saberte todavía parado en mi hemisferio a punto de partir me tiene con algo que me tira desde el esternón con nostalgia, como te pasa cuando yo lloro y no sé decirte por qué.
Ahí, en ese lugar entre el corazón y el ombligo, tenemos un teléfono que va derecho de mi alegría a tu abrazo, de tu ternura hasta mí. Un puente para sabernos transitando cada uno su camino pero enlazados en algo que nos empuja arriba y arriba.
Te regalé una brújula y una nota: para que nunca pierdas el camino y encuentres todas tus puertas. Anduve antes con ella todos los lugares importantes para mí. La llevé en mi palma como un amuleto, le mostré las calles mías, mis rumbos, mis pasos.
Cuando despegues, cuando por fin vayas por el aire, aceptaré serena que las esquinas no esconden por un tiempo la esperanza de encontrarte. Pero que ando pisando las calles lejanas en tus zapatos abrigados tanto como seguís pedaleando en mis sandalias por Florida.

...y hasta tanto nos volvamos a encontrar, que dios nos lleve en la palma de su mano.



lunes, 5 de diciembre de 2011


Yo creo en las revoluciones.
Las revoluciones no las hacen los que se dejan ganar por el miedo. Porque, ante todo, una revolución es esperanza.
Yo confío en aquello que aún no es visible al mundo, pero ahí lo veo. Ver lo bello.
Pregonamos que el amor es la fuerza transformadora, pero al primer tropezón se nos da vuelta y nos vuelve a ganar el miedo. Hay que tomar el desafío de seguir mirando con amor sin condiciones. Ver, y amar lo que se ve, luz que también es sombra. El desafío es mirar con amor a quien nos provoca miedo y sostener esa mirada.
Y ando en eso.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Eternidades

Ando experimentando.
Ando descubriendo las cosas, las mismas, pero con una mirada recién estrenada.
Porque en vez de agarrar con tanto miedo quiero creer en mí, creer en todo lo que creo, creer en lo esencial, en lo verdadero, y que este sentimiento me atraviese, florezca de mí para perfumarlo todo, suba como gotas de agua al cielo y otra vez vuelva a caerme como una lluvia bendita, tu boca regando mi boca de cosas que no tienen palabra que las nombre, y después cantar, cantarlo.
Y cantamos.
Algo bebo, algo te doy de beber, algo detiene el tiempo y lo vuelve una sensación feliz en el cuerpo que el alma mueve en un abrazo tan natural como respirar, en un entendimiento completo de cada movimiento que hace que siendo dos bien definidos por momentos seamos solo uno.
Y bailamos.
Bailamos y cantamos en las terrazas, en los jardines, rodando por las calles, debajo de los árboles floridos, detrás de los jazmines, con el cielo de testigo, perdidos del mundo para encontrarnos.



miércoles, 16 de noviembre de 2011

Anónimo

otra vez por acá pispeando en qué anda la vida de la señora yanina martul.
otra vez, escuchaba música, y me trajo recuerdos.
y tambien puteando, porque los recuerdos eran lindos pero eran de momentos q luego fundieron..la música me trajo lágrimas del dolor, que alguna vez me dijo ya basta. no dá querer a quien no te quiere y dice hacerlo pero luego no estuvo. no es justo. no es para mí.

y ojalá alguna vez te cruce y ya no me duela.

Anónimo:
La verdad es que en la vida fui caminando y fui aprendiendo, como todos (siempre y cuando no te haya tocado ser una pelotuda/o que muere sin haber entendido un carajo).
El tiempo me permitió ponerme en muchos zapatos distintos. Amé adictivamente, fui amada adictivamente, abandoné huyendo despavorida, me abandonaron igual, tuve mi corazón hecho pedazos y debo haber causado más de un dolor.
No puedo cambiar lo que pasó, en definitiva todo fue necesario para que sea esta que soy ahora. Y supongo que a usted le habrá pasado igual.
Sepa que lo siento si le causé dolor, sé que en mi alma no hubo nunca intención de hacerlo, no soy una mala persona. Sepa que también me tocó muchas veces un dolor inexplicable que me cayó como un rayo. No se lo cuento para consuelo. El dolor y la muerte son parte de la vida, se puede huir o entregarse a transitarlos. La primera no sirve, lo sé por experiencia. Me escapé muchas veces, pero finalmente el dolor llegó como un puñal para atravesarme, como a todos.
Mi dirección de mail está en esta página. Si quiere, conversamos.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Milagritos II


Nada se me antoja más que el durazno de tu boca. Lo cosecho cuando se alinean los planetas y se abren los portales de noches que no son noches de este mundo. Madura en una vereda oscura, o en la penumbra de tu terraza, y cada vez es más dulce, más generoso.
Entregado al sueño, tu cabeza en mis piernas, no se cansan mis manos de recorrer tu espalda ni de enredarte el pelo, y se me escapa el amor por todas partes.
A veces la eternidad dura un minuto, o muchas vidas, lo importante es que mientras es, sea inmensa.
Me llevé el olor de tu cuello tatuado en el pensamiento para volver a encontrarte. Porque se me hace que no tengo ganas de pasar esta vida sin estar metida asiduamente entre tus brazos.

Me voy a cosechar estrellas. (No puedo dejar de volar esta noche aunque lo intente)

jueves, 3 de noviembre de 2011

La pura verdad




Vengo comprendiendo que el amor puede ser un estado de ánimo perpetuo. Y que soy libre de amar a quien quiera en el momento mismo en que deseo hacerlo.
Concretar ese amor ya es hablar de la gloria, pero mientras tanto puedo perderme las veces que quiera navegando en unos ojos, o en una música, o en un libro que me tiene fascinada, en una canción, en tu alegría que es, cuando aparece, una puerta directa a tu más pura esencia.
Pero es alienante la distancia entre tus polos y vas corriendo de uno a otro a la velocidad de la luz, del que me conmueve al que me despierta el más oscuro brote de indignación y despecho, y ese miedo tan oscuro que te tiene masacrándote el cuerpo para olvidar quién sabe qué cosa me hace mantenerte a una sana distancia. Yo ando de romance con la vida, ya pagué mis cuotas de espanto, miseria y soledad. Cada cual salda sus propias deudas.


Y cuando después de todos los discursos que me digo creo que ese puente por fin quedó superado, algo hacés de nuevo, algo que me sorprende para recordarme que nunca vas a dejarme ir. Que no quiero irme. Que no hay otra persona en este mundo que pueda llevarme a ese lugar a donde vos me llevás, ese que cada vez se parece más a la plenitud.

Entonces vuelvo a soltar lo demás y me embarco en este matrimonio invisible a caminar codo a codo en el hacer hasta llegar otra vez a un pico más alto que el anterior.
Y me pregunto si esta vez será por fin la cima y me digo que no, siempre puede haber más, lo que cambia siempre es el punto de partida.

(Amo lo que hago.
Hago lo que amo.
Amo con quien hago.
Hago con quien amo.)

jueves, 27 de octubre de 2011

La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes.

..los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar..



lunes, 3 de octubre de 2011

Volver a rodar (cruzando desiertos para encontrarme)

Todavía el cuerpo no comprende que dejamos de rodar, y ni bien cierro los ojos, vuelve a estar en ruta. Lo tiro en horizontal sobre el colchón, pero pareciera que cada poro no puede volver a detenerse y vivo la ilusión de que mi cama está en movimiento.
Un viaje relámpago a Bahía Blanca, 700 kilómetros ida una noche, 700 kilómetros vuelta la noche siguiente. Esos viajes a lo desconocido en tiempo record solamente te pueden pasar en la tribu. El resto el mundo camina más programado y derecho.

Hacía bastante que no me subía a una jiponeada de gira. La vida te va poniendo grande y te convence de que quedarte quieto es más apropiado y necesario. A veces olvido que al mundo hay que salir a conquistarlo. Por suerte Peter Pan siempre me agarra contenta y distraída y logra subirme de los pelos a alguna chilingueada monumental y el tambor de adentro me vuelve a sonar, me vibra el páncreas y recuerdo cuáles son las cosas importantes. Bolsito en mano, ferné en bolsito, sábado a la noche, Bahía Blanca, allá vamos.

Por supuesto, el micro llegó una hora y pico después de lo acordado. Palomar estaba primaveral, las flores y el airecito, la luna, las estrellas.. así que tuvimos que hacer una fiesta (qué bueno la gente que sabe andar de romance con la vida)





El vaso comunitario daba vueltas y salieron los tamborcitos y los pandeiros y las wailers pequeñas y la música, que es lo que por debajo de todo lo demás, nos une como una red, una raíz a la misma tierra, nos infló el alma como un globito.

Mareados y felices, dormimos como troncos hasta que el amanecer se metió por todas las ventanas del micro.






Todos de negro, como no sé por qué nos gusta andar, con gafas, gorros de lana y pañuelos rolingas, más parecidos a un piquete de cartoneros que a otra cosa, abordamos el hotel en donde apenas si nos daríamos una lavadita de dientes antes de empezar a rodar por ahí. Dos pibes con camperas de cuero y cara de ser los agitadores del pueblo, nos recibieron en el contingente. Tocadores de la única batucada local sobreviviente, nos esperaban como si trajéramos algo. Nos acompañan, nos bientratan, nos festejan todas las pavadas que decimos, y andamos por ahí como Rolling Jipis contentos y agradecidos.

La palmeta de la noche sobre ruedas y los demases nos tienen cayendo en proyectos de siesta en cualquier superficie blanda que se nos cruza, sea sillón de hotel o compañero mullido, entrado en carnes y cariñoso.
Después de un almuerzo a morir y una dormida comunitaria, la formación completa de la batucada bahiense nos espera en la puerta del teatro municipal. Una fila de pibes que bien podríamos ser nosotros quince años atrás, nos esperan con abrazos y besos y un paseo por su teatro centenario. Esa mezcla de estar agradecidos y entusiasmados la sueltan como un olor que nos conmueve. Tanta bienvenida te dan ganas de dejar de regalo una noche inolvidable.
Nos vamos poniendo contentongos, la aparición con vida de medio fernét en el micro colabora con la algarabía necesaria para un buen ritual.
El taller de la tarde, un par de toques mezclados con los pibes, la gente que se acercá a ver por qué suenan los tambores, el sol en Bahía Blanca, un atardecer anaranjado y la promesa de poder volar con un tambor y una canción, y las almas están afinadas y listas.

Cantamos todas dentro de la carpa que oficia de camarín, de paredes blancas y luz de estufa eléctrica. Sillones, alfombras, a resguardo del frío y contentas, canturreamos mate va, mate viene, y nos vamos pintando pestañas y ojos como indio que va a salir a los tiros para ver si morfa. Antropológicamamente hablando, se sabe que para una fiesta es indispensable que las mujeres del pueblo anden contentas (y si no lo sabés, joven argentino, andá tomando nota: una mujer que no está contenta te va a a hinchar las pelotas hasta dejarte los huevos como melones..) y en ese trámite de vivir un clima andábamos estando.




Salen los pibes locales a tocar. El viento sopla helado y sus remeras de manga corta me hacen sufrir ocularmente lo que sufriré cuando salga con la espantoremera de los quince (tiene una bocina roja, no me quieran convencer de lo contrario) a pararme en el escenario altísimo sobre el pasto. La luz se enciende y los pibes brillan. Saltan, se mueven, llaman y bailan. Están felices de que ahí estemos, no nosotros, más bien lo que representamos.
Recuerdo que cuando yo vi a los malditos jipis por primera vez en el Marquee, se me derritieron las suelas de los zapatos. Esas chicas tocando eran como afroditas, amazonas con tambores, codo a codo con ellos que aporreaban los timbales y todos moviéndose al mismo compás. Yo quería estar ahí. Yo quería ser así, apasionadamente musical.

Y por fin a la noche le entramos así como nos gusta, haciendo una fiesta arriba de las tablas, en la pública intimidad de dejarnos atravesar por la misma música. Cantamos, corrimos, desprolijamente nos perdimos y nos encontramos, reímos con ganas y con descaro y festejamos con autobombo infantil cada toque terminado, mientras la cámara de Paloma saca y saca foto de lo lindo que estamos jugando. Y al final, nosotros y la gente nos ovacionamos.






Cuando en la carpa de los camarines, después de haber jugado como rockstars de entrecasa en un escenario, se armó una ronda de ellos y nosotros y hubo pandeiros y canciones y tambores y bailaron las bailarinas sambando el cuerpo, invitando a que todas saliéramos a festejar el encuentro, el intertribu, casi te diría que fue un aquelarre. Cantamos, y bailamos, y tocamos, todo al mismo tiempo, adentro de una carpa blanca, en un tercer tiempo en donde, para terminar como al principio, otra vez hicimos una fiesta. Y cuando locos de algarabía seguimos metiéndole a la noche música por la música nomás (y de cantos a oxúm a los beatles, de bachata rosa al chango farias gomez) mientras rodábamos de vuelta a casa, soltando los últimos brillitos que nos quedan, entiendo que todo lo que hago se nutre de esto, de este hacer tan solo por la belleza y el amor que provoca hacer que se junten los tambores de la tierra con las voces que se pueden bajar del cielo.

Rodamos por la ruta de vuelta, vamos palmados, doloridos, torcidos y satisfechos de haber hecho algo que no cambiará la historia del mundo que se escribe, pero sí la nuestra, puntos en un planeta, mínimos bichos felices que caminan.
Que ruedan.
Que vuelan.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Alineando patos



Poner los puntos.
Darle un soplamoco al perro que anda dele joder y no entiende que de tanto saltar, morder, ir y venir, hace quilombo.
Poner claras las reglas del juego, los papeles en orden, los límites precisos.
Comunicar sin dejar lugar a dudas, expresar lo que sí y lo que no, agarrar del forro del ojete y sentar aquel culo ajeno a escuchar el sermón. Basta de serenatas, la vida es de carne y hueso y para muchas cosas más se han hecho las ventanas que para cantar bobamente debajo de todas las que estén entreabiertas. Para jugar ciertos juegos hay que tener carné de grande, y eso no tiene nada que ver con cumplir años al pedo.

Porque a esta altura, querido, ya descubrí que el seguro no me cubre ciertas roturas y estoy un poco harta de que el chapista me estafe para mal curarme las abolladuras de intempestivos y apasionados granizos.

Todo bien la primavera, darling. Pero si la resaca es más grande que la alegría del festejo, no hay negocio.
Capisce?

sábado, 17 de septiembre de 2011

Milagritos


Caminé bajo la lluvia sin mojarme.
Fumé tu alma desde tu boca.
Pasábamos juntos cuando se abrieron las primeras flores de los naranjos.
Brindamos cada dos esquinas, bailamos totalmente embriagados de eso que nos envolvió y convirtió la noche en un ritual.
Giramos debajo de un cielo de copa de árbol de flores para poder verlo desde todos los puntos de vista y yo hubiera querido que toda la luz de las calles se apagara para poder ver el cielo y el brillo de tus ojos de perro.
Hicimos olas al universo cuando nos movimos juntos bailando a la sola luz de la calle entrando por la ventana.

Para mí ha cambiado el mundo, y sin embargo el mundo creo que no lo sabe.

martes, 13 de septiembre de 2011

Maestra Chanina..

Los papeles dan un nombre a su dificultad, nada que alcance para saber a ciencia cierta qué caminos tomar. Difícil explicar a un niño la dolencia de otro niño sin enredarse en términos que no aportan ningún esclarecimiento. "Él todavía no encuentra el camino para encontrarnos" les contesté cuando a dos semanas de empezar las clases en primer grado notaron su deambular continuo y sus respuestas con acento de Buzz Lightyear. "Tenemos que brillar con una luz de mucho amor para que pueda encontrar la forma de encontrarnos", proseguí. Me miraron, les alcanzó la respuesta y se fueron otra vez a jugar.
Dos días después, Milagros se acerca con su cara de estar masticando un pensamiento, y me suelta "yo estuve pensando en lo que dijiste de Iván. Pero me parece que para que pueda encontrar el camino somos nosotros los que vamos a tener que ir ahí a su mundo y buscarlo."

Y eso hicieron.

Aprendieron que cuando algo no le gusta llora como un descosido, que da los mejores abrazos apretados, a buscarlo cuando sale rajando a esconderse para no entrar de vuelta del recreo, a ayudarlo a ser comandante de las filas cuando le toca su turno, a trabajar sin distraerse cuando él llega inquieto y no puede dejar de jugar con su sombra. Un día comenzaron a imitar su curiosa forma de hablar, los dejé hacer, entonces él los miró. En sus pequeñas miradas se vio reflejado. Y se mató con ellos de risa.

Así, de la mano de dieciocho manitos tendidas, no pudo menos que florecer.

Se aprendió todos sus nombres, las canciones en la flauta, los lemas, las rutinas. "Descuida, maestra Chanina, te achudaremos" dice para hacerme aflojar cuando estoy poniéndoles los puntos a los pequeños saltamontes después de algún despiole en el recreo o la clase de educación física.

Lo miro y todo el tiempo me pregunto hasta dónde comprende, hasta dónde estamos llegando en él, qué se estará moviendo ahí dentro de su alma mientras vamos haciendo los primeros intentos de aprender a escribir, de comunicar al mundo lo que llevamos dentro plasmando la palabra escrita.

La hoja en blanco le resulta difícil. Da demasiado vértigo dar vuelta la página para encontrarse con el espacio vacío. Entonces zafarranchea una y otra vez escribiendo arriba de lo que ya ha escrito con tal de no asomarse al abismo blanco del papel. Ahí llegó el momento de ponerse a prueba, echar mano del coraje, y saltar.
"No, Iván. Lo vamos a tener que hacer de nuevo. Yo te ayudo" digo convencida de que es ahora o nunca. Hora de dar un pasito más.

Comienza el llanto del desconsuelo, los demás lo miran en silencio (nadie puede evitar la angustia cuando él llora. Angustia de saber que no tiene palabras para decir lo que está sintiendo). De inmediato, sin que yo pida nada, Milagros y Uma lo rodean. Con una serenidad que me pasma le explican que van a ayudarlo en la tarea. Rapidamente dibujo en su nueva hoja un marco de color y entonces, sobre su lloriqueo, empezamos las tres a decirle de a una las palabras y sus letras. Las dos princesas lo van serenando, el sopla como le enseñamos para dejar de llorar y mira al pizarrón a medida que las letras suenan. Cuando sé que se siente en buenas manos vuelvo al frente a señalarlas y decirlas, y la clase entera lo mira hacer cada letra nueva. Termina de escribir y entonces todos aplaudimos y celebramos; me acerco sonriendo a mostrarle lo linda que quedó su tarea. Entonces suspira, me pone una mano en el hombro, me mira a los ojos y me suelta "gracias por achudar escribir, maestra Chanina."

Yo los miro a ellos, a todos ellos. Sonríen con él, felices de sentir que lo lograron, saben que todos juntos tiran del mismo carro, y con tanto amor unos a los otros se empujan y se llevan. Los miro y veo ese mundo que sabrán construir, ese mundo del que quiero ser parte.


miércoles, 7 de septiembre de 2011

Pregunta del millón

¿Cuántos sapos hay que besar hasta encontrar uno que esconda un rey?



miércoles, 31 de agosto de 2011

O el amor o el espanto (que ella siga siendo una Candela)


Dando vueltas en el cybermundo, aunque soy completamente respetuosa de las libertades, no puedo evitar que me choque el más mínimo gesto de alegría. No, que la gente no se permita hoy la sonrisa, que nos duela algo para siempre. No, el mundo no sigue andando.
Tengo que detenerme en el espanto.
Una niña de once años aparece desfigurada a golpes, muerta, desnuda dentro de una bolsa de plástico negra.
Alguien la mata, aprieta con sus manos el cuello de una niña hasta verla morir.
Alguien la golpea. Alguien golpea sin pausa ni piedad su rostro de once años.
Ese alguien alguna vez fue un niño suave, de mejillas encendidas, indefenso ser en brazos de alguien.
¿Como es que la humanidad ha logrado en su picadora de carne que el niño que hoy se hamaca en tu plaza pueda torcer su rumbo hasta llegar a ser chacal de su propia raza? ¿hasta golpear un día tu puerta y meterte entre los ojos una bala? ¿hasta matar a golpes lo que alguna vez en su inocencia fue?
¿Qué clase de animal sobre este bendito planeta puede hacer algo así con su infancia?
La raza humana.

domingo, 28 de agosto de 2011

Metiendo mano

Los fines de semana vienen siendo puertas a unas maravillas de esas que te dejan flotando el resto de la semana.

A las canciones matinales en la terraza del maestro se le sumó la reactivación de mi gen chilingo. El viernes tuvimos una mini fecha con los malditos jipis, algo que me viene haciendo falta con desesperación. Y nos queremos, y jiponeamos en el Roxy un candombe con batucada que salió como trompada, sonaron los tambores y yo volví a mover las caderas con mi tribu.

La siguiente mañana, un grado más mágica que la anterior, en franco ascenso, derivó en una tibia tarde nublada de música en la soledad de mi sala.

Sabrosa como estaba, al llegar la noche mi casa me quedó como me quedaban aquellos departamentos donde me aventuraba sola al mundo en mis primeros veintes. En un arranque exploratorio en busca de delicias, me metí en la cocina a buscar que toda esa exhuberancia se volviera un sabor.
Obviamente mi cocina dista bastante del lujo, pero alguna rareza pulula. Le arremetí a un invento de panqueques con masa de canela; prolijamente fui fundiendo uno en otro los ingredientes, iba y venía bailando, un cruce de queso crema con aceitunas en aceite y un toque de reggianito.

Salió una porquería importante, bastante incomible.

Pero qué delicia fue volver por un minuto al baño de mi abuela, a mis seis años y la mezcla de tintura en mousse, loción, shampú Roby y crema de afeitar Palmolive para inventar un hormiguicida que salvara al mundo.