sábado, 23 de octubre de 2010

Lección paseo


La puericultura es un arte de guerrero. Una danza que se ejecuta para que el aprendiz comprenda el mundo en movimiento.

La China anda entrando en su adolescencia, ese borde tan determinante en la vida de una sobre este planeta.

Mi adolescencia fue un buen corolario de una infancia compleja repleta de semillas doloridas. El afán de control de la personalidad de mi madre puso un ingrediente que hizo mi adolescencia difícil además de lo intensa.

Pero en este camino que vengo transitando, en estas manos que tienden amigas Magahs que nunca veré, en los abrazos que dan Munditos anaranjados, voy entendiendo un poco mejor este juego.

Veo en la China esa necesidad de probar sus armas, de combatir para lograr ser quién es y no quien los demás quieran que sea. Sé que no puedo explicárselo, que ella tiene que hacer su propia experiencia.

Un guerrero se vuelve guerrero cuando abandona totalmente las estrategias para dejar que a sus piés y sus brazos los guíe su corazón, cuando logra confiar de tal manera en su fuerza que no quede un mínimo resquicio de duda. Cuando empieza a confiar en su destino.

Así que ahí andamos, dándonos cada tanto unos rounds de espadazos, haciendo volar juntas los platos por toda la casa, a los alaridos y dándonos portazos.

Escribiendo nuestro propio folcklore de madre e hija.

Y qué bella es la mujer que al final de su camino veo...

lunes, 18 de octubre de 2010

Cerrado por reparaciones

No sé muy bien para qué viene uno a este mundo. Digo, cuál es el sentido último de nacer. El discurso católico del sufrimiento para ganar el cielo no me cerró nunca. Y, claro, cuando hay que buscar las propias respuestas, el camino se vuelve más difícil. No hay certezas.

Creo en la vida como una gran escuela. Después me enteraré de si puedo o no volver en un cuerpo futuro, pero mientras tanto, antes de partir, me gustaría saber que me modifiqué para mejor por mis propios medios y en acción con los demás.

Por alguna razón, entre todas las cosas que me tienen bailando la polca, llámese ser madre, hija, definir mis talentos y explotarlos, confiar en el futuro y sanar lo pasado, mi relación con el género masculino se me ha hecho nefasta. Desde el abandono de mi padre en adelante, oh my god...

Podría decir, como en el tango, que los hombres me han hecho mal. Pero sería una verdad parcial. Hombres, por ustedes yo me he hecho mucho daño sin que nadie me lo pidiera. Esa sería una verdad más acertada.

Tras haber repetido una y otra vez los mismos errores en mi manera de relacionarme (los mismos pero, debo decir, cada vez más perfectos en su capacidad de desastre) bajé la persiana como medida desesperada para evitar que los males se volvieran irreparables.
Tras tanto traspié, la sola idea de tener a alguno de ustedes metido en mi vida me da más pánico que ir al dentista sabiendo que se le terminó la anestesia.

Tengo el vicio de desaparecer, de convertirme en alguien que no soy, la enfermedad de no confiar en ser suficiente. Tengo la mala costumbre de perderme dentro de una que no soy yo, una insana propensión a ser la Madre Teresa y la ficticia ilusión de que la felicidad del otro me hará feliz por carácter transitivo. Suelo dar lo que nadie pidió, entregar lo que no debo, aniquilar mi sistema defensivo y finalmente, dejar de ser.

Pero también tengo este culo inquieto, estas ganas de llegar a lo que sea que signifique la plenitud, este calor de querer ser una versión mejor de mí, de lograr la mayor cantidad de serenidades que vienen de la mano de la confianza en una misma, y de llevar una existencia sana (cosa que nada tiene que ver con tomar agua mineral e ir a sudar en clases de step) que me permita cerrar los ojos cada noche lo más en paz posible. En pos de estas cuestiones ando pateando tachos por todos lados logrando pequeñas definiciones que terminen por definirme por completo. Hago volar los platos por el aire para defender a rajatabla lo que siento como certezas. Ando intentando descubrir mis pequeños sabotajes, dejando al descubierto los maltratos de los que me hago víctima. Aspiro a pasar de la tolerancia cero al sano equilibrio. Cuando realmente llegue a ser la que soy, ya no podré desaparecer tan fácilmente.

Mientras tanto cargo con el mote de ser brava. Esta etapa de haber empezado a decir que no a lo que no me viene saliendo un poco apasionada.

Gracias por la comprensión y disculpe las molestias.
Estamos trabajando para mí.


martes, 12 de octubre de 2010

Un río de mujeres

Hay gente que viaja para ver con sus ojos lugares en donde transcurrió la historia (como si la historia sólo transcurriera en algunos lugares). Otra gente viaja para vivenciar una matrix distinta, culturalmente hablando. En mi caso, viajo por la gente. Sólo me tienta abandonar mi casa si sé que voy a volver modificada, más parecida a mí, más genuina.
Así me embarqué sin dudarlo en el viaje de Iyá Kereré al encuentro de mujeres en Paraná.






Paraná, entre dos ríos.

De pronto una mañana llegaron veinticincomil mujeres. Todas a la vez.
Fuimos viajando juntas cuarenta y siete granos de esa arena que invadiría la siesta litoraleña.
Cuarenta y siete almas y sus alrededores durmiendo sobre el piso de madera del salón de actos de una escuela. Y repitiéndonos así en cada aula, fuimos trescientas durmiendo bajo el mismo techo. Parte pequeña de veinticincomil durmiendo junto al río Paraná, bajo las mismas estrellas.
Mamushkas. Fueguitos. Mujeres.
Yo digo que cada cual llevó su tarea, su misión, su grano. Las feministas, las enojadas, las políticas, las artistas, las maestras, las que aman hombres, las que aman mujeres, las que aman, las que no pueden amar, las que juzgan, las juzgadas, las que mueven el aire de la Historia (la humanidad siempre camina por el surco que abren los que se mueven, los que deciden moverse y cambiar los rumbos).
Nosotras llevábamos la música ancestral en nuestras manos, el sonido del latir de la Tierra, los tambores en cuerda.






El mundito nuestro (que es un universo) tiene sus propias mareas, remolinos, idas y vueltas. Un gran campo de aprendizaje, dice Tere. Una escuela.
Y nos tocó un fin de semana entero hacerle música al encuentro de las mujeres de un país entero.
Una noche maldormida en un micro y dos en el piso.
Tres días sin ducha ni agua posible.
Tres días compartiendo el baño con trescientas mujeres y en algunos casos, respectivos críos.
Tres días de comer en plazas y veredas y competir con otras veinticincomil por baños, víveres y sombra.



Hubo momentos al borde del abismo. El cansancio, el río y tantas mujeres juntas, la ciudad dividida entre los que estaban en pie de guerra y los que por la calle nos daban las gracias y las bienvenidas. Las iglesias valladas y la mirada desconfiada de la policía, la batalla gráfica de aerosoles contra afiches perversos que nos acusaban de putas y asesinas. Igualito que cuando Torquemada gustaba de incinerarnos en sus hogueras. Por alguna razón la iglesia nos odia (yo creo que es porque ella jamás será la madre de nadie).




Hubo momentos de esos increíbles que tengo grabados en los ojos del alma.
Reunidas en la esquina del contrafestejo, empujando a la gente fuera de la ronda para amontonar los tambores y subir un candombe hasta el cielo.
Todas recorriendo el mercado montado en la plaza como comadres, recomendándonos mallas y chucherías. El rumor repentino de que los católicos habían atacado el taller sobre el aborto y había habído tumulto y golpiza. La marcha como una ola pasando por la avenida, con los puños en alto y cantando consignas sobre el derecho a decidir.






Deambulamos en bandadas la tarde entera, cruzando otras manadas, otros marcitos. El encuentro, el fastidio, la discusión que se puso dura entre nosotras ya con el cansancio pesando sobre la fuerza y cómo fuimos unas consolando a otras y tejiendo esa manta infinita de las mujeres, el dolor y la fuerza sanadora, y cómo esos gestos pequeños hicieron florecer unas canciones y tambores en la vereda, todas juntas, por eso es que vinimos, con la música a cuestas.

- ¿Alguna de ustedes está casada?- preguntaba azorado un chico con tonada el día del contrafestejo, descreído de que algún hombre pudiera dormir con una de esas mujeres tan libres que viajan solas juntas tantos kilómetros para nada en un micro.

Mujeres en la calle, mujeres en las plazas, mujeres en peñas, talleres, pizzerías, mujeres en los baños, en las tardes, las mañanas y las noches, mujeres aplaudiendo mujeres, mujeres escuchando a mujeres, mujeres hablando con mujeres. Ya el domingo a la noche en el evento de cierre, miles y miles hacen un tren interminable bailando carnavalitos que suenan por los altoparlantes en boca de mujeres.









- En cuanto vuelva a casa me voy a una gomería. Si veo una mujer más, vomito.. (Alfi dice tan claramente una de las mil cosas que me da vueltas por adentro)

Antes de irnos, agotadas y felices, sucias y somnolientas, tan pero tan distintas unas de las otras y tan parecidas, todas juntas a la orilla del río, deponiendo las armas, volviendo a ser grano de arena, parte de la misma manada.
Un poco más sabias.
Un poco más savias.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Fumando espero

Tengo un lugar donde siempre se siente que estoy incompleta.
Una parte, un suceso, una verdad, algo que deberia estar ahí, no lo encuentro.
Es eso lo que me empuja y me empuja a viajar por la gente y las cosas sin saber qué busco y sin encontrarlo.

Siento que descifro mal las pistas, que me pierdo. La vida de los otros me parece una locura y dudo si no seré yo la que está fuera de foco.

Me enseñaron a esperar.

Esperar mi turno.
Esperar la oportunidad, el momento adecuado.
Esperar a los Reyes Magos y el día de mi cumpleaños.
Esperar que llegue el verano.
Esperar al indicado.
Esperar para cruzar, esperar para salir, esperar siempre algo a cambio, gestos, reacciones, palabras, aplausos, abrazos.

Lo que se espera de mí, esperarlo a él, la esperanza en el futuro, esperar a que cambie, esperar a que crezca, esperar a que quiera.

Esperar .
Tener el cuerpo atado a algo que sucederá.
Así fue como metieron la ansiedad en mi sistema.

Quiero bajar los piés de la calesita a la Tierra y el mundo no me deja.
Quiero ir por la vida sin esperar absolutamente nada, pero al mundo no le gusta que no me quede quieta.
Quiere que piense en lo que vendrá, o peor, en lo que puede nunca venir, que mire más allá, y que mis días sean un mientras tanto. Quiere que defina, que apure, que encauce, que apriete, que diga, que nombre, que me preocupe. Me lo repite en las bocas de los otros, las miradas de juicio y la repetición de las mismas arcaicas formas de esperar desesperando.

A veces me gana, pero entonces me rescata la desesperanza.

lunes, 20 de septiembre de 2010

jueves, 16 de septiembre de 2010

Una que sepamos todos


El martes, en el estadio Luna Park, toda la juventud peronista mas la de izquierda tenían programado su encuentro nacional.
La Chilinga, es sabido, viene laburando con Madres de Plaza de Mayo y la agrupación H.I.J.O.S. desde el momento mismo de su formación como batucada. Por eso, Juan Cabandié, nieto recuperado, convocó a los jipis para amenizar el encuentro de los muchachos peronistas.

-¿ ..y cómo te ves cantando "Hasta siempre" en el Luna? (me soltó Dani por celular sin anestesia en el momento en que intentaba entrar dentro de una remera en el mínimo probador de un local)

Toda la semana que transcurrió entre la citada llamada y el mencionado evento me la pasé preguntándome qué vericueto del destino me estaba llevando a cantar al estadio más cantado de la historia argentina. ¿Yo? ¿yo al Luna Park?
Canté en la ducha, en el patio, andando en bici por Florida. Repasé la letra y todas las desgracias que podrían pasarme al intentar cantar en un estadio con ochomil almas que no iban para verme a mí precisamente pero, caramba, serían un público obligado.
¿Qué puede pasar?
  • Que te odien y chiflen.
  • Que se te frunza el orto y desafines.
  • Que te tiemble el estómago y los vomites a todos como Linda Blair.
  • Que te quedes en blanco en el medio de la canción y no puedas recordar ni una estrofa.
Con lo pensado ya era suficiente como para sufrir. Entonces pensé

¿Y?
Voy a cantar en el Luna Park...

Martes 14, 15.30hs, base jipi de Coronado. Micro escolar lleno de tambores despintados. jipis con remeras azules que conmemoran los 15 años (con un logo que de lejos parece una bocina, un espanto), uniformeteados mas jamás prolijos, merendando Brahma y llenando el jipimóvil de humos varios. Chofer que, dios mío, maneja a 50 km/h durante todo el puto viaje.
Vejiga a tope, desesperación, chofer pelotudo que se paaasa, y se paaasa y no sabe donde doblar y yo que ya amenazo con arrojarme.
Quilombo importantísimo en la puerta de acceso al escenario por piquete de funcionarios públicos figuretis que intentan colarse para estar sentados a espaldas de la presidenta, jipis pasando con tambores ensartando funcionarios con las torres de los surdos, jipi cantora a punto de mearlos absolutamente a todos..

Adentro.

En el aire, todo el tiempo, un rugido. El estadio imposiblemente lleno, banderas argentinas y pintadas, cantitos antimilicos, el que no salta es de clarín, el piso de madera del escenario que vibra mínimamente y me hace presentir un circo romano.
Asomo la nariz por la cortina.
Dani salta, va y viene. Anoche me dejó en mi casilla "estoy ansioso por escucharte mañana cantar" , azuzando mi agitación, y ahora gritamos con los ojos como huevos y saltamos cada vez que nos cruzamos (dios mio, gente grande..)
Menos mal que pregunto, porque como siempre, nunca una canción será igual a sí misma si las canto con él. Saca, pone, mezcla, reversiona, muta. El toque de marcha devino en samba reggae. Paso la letra sobre su magistral ejecución del toque con la boca. Vamos, venimos, cantamos en el vestuario con Popi que cuando acompaña mi voz con la suya la lustra, cantamos varias veces y la canción se me va abriendo.

Salen los jipis a la arena tras un rimbombante anuncio seguido de estallido de aplausos. Creo que ahí los ojos se me desorbitan..
Tocan una derechita. Dani está como loco. Se manda sus inventos de intentar preguntas y respuestas, confusión momentánea, seguimos. Final, sobre el aplauso, cabeceo de gorrita y desde el primer paso que doy hacia el micrófono SE que estoy caminando un momento de esos que, cuando cierre los ojos, estará ahí, intacto en mi retina.

Aprendimos a quererte desde la histórica altura, donde el sol de tu bravura le puso cerco a la muerte (pienso en la libertad cuando se vuelve inevitable, cuando trasciende el alma del hombre y lo vuelve un quijote, un cristo, un San Martín, un Lennon)
Vienes quemando la brisa con soles de primavera (y Dani está saltando, no puedo creer lo que estamos haciendo)
..cuando todo Santa Clara se despierta para verte (vivamos una vida de héroes.. lo demás es baratija. Seamos atrevidos, muchachos, el mundo es de los que tienen la osadía de cruzar un océano y encontrar un continente, trepar en un cohete a pisar la luna)
..de tu querida presencia, comandante Che Guevara (y ahí me parecía escuchar que mi voz eran muchas, pero no sabía si era realidad o producto de mi adrenalina)
Entonces, en la última estrofa, Dani apagó los tambores. Y docemil personas y yo cantamos juntos y con Fidel te decimos ¡hasta siempre comandante!

¿Y vos? ¿qué anduviste haciendo el martes pasado..?

domingo, 12 de septiembre de 2010

Alma compañera

Este primer día del maestro jipi lo estoy disfrutando como uno de esos cumpleaños de mucha joda espontánea durante cuatro días con los que a veces la vida te compensa.
Hoy vengo de mates e imágenes mentales escolares y de pronto caigo en una imagen que tengo de la China colgada de la reja del jardín de infantes al que ella iba, que daba al patio de la primaria en la que yo trabajaba, gritando endemoniada "mamaaaaaaá, soltá ese neneeeeeee", mientras pasaba yo caminando de la mano de uno rumbo al comedor.
Siempre odió de palabra a todos mis enanos, repartió entre ellos todas las caras de ojete que pudo cada vez que la rodeaban para idolatrarla cual Lourdes León del subdesarrollo. Ahora que Chinatown se puso adolescente rebeldeway y se pinta las uñas con paisajes de atardeceres y palmeras y las pestañas con rimmel, les dedica rosarios irrepetibles cuando yo cuento alguna anécdota sobre ellos y les frunce la cara cuando yo se las presento. Ni que hablar de los que le muestran simpatía.

Mi primer día de clase en Cuarto Creciente fue un día después que el resto de la escuela, porque la entrada a primer grado tiene carácter casi de pequeño rito iniciático y merece todo ese espacio. Agradezco a la vida tener la cara tan dura, porque me imagino que semejante protagonismo debe ser la agonía del tímido. Todas las miradas y las orejas están puestas en lo que sucede cada vez que la maestra llama uno por uno a todos los pequeños para que se acerquen a la ronda y todos los movimientos del evento parten de su hacer.
Contar el cuento que dará la primera imagen para entregarles luego un obsequio, llevarlos dentro del salón de clase (se entiende que no a la rastra, así que hay que desparramar la suficiente energía como para seducirlos y que se dignen a caminar contigo, oh desconocida, hacia el salón un piso más abajo..) y casi te diría que tu año escolar entero dependerá del éxito de esa empresa.
La China empezaba sus clases dos días después. Sabiendo de su contorsiones de espanto cada vez que la invito a alguna actividad con mis peques, le ofrezco acompañarme en mi primer día de clases.

Y para mi sincera sorpresa, me tira un sí relajado y certero y se las pica a dormir.

Día de marzo, día D. Todo sale bastante parecido a como se sentía, vamos bien, tengo todos los poros como antenas, son muchos, están enloquecidos, los parientes por todos lados, sostengo. Voy cantando rumbo a la escalera, cruzando los dedos para que ninguna abuela emocionada me descalabre la voluntad de los pequeños que miran desorbitados con tanto ruido y emocinamiento familiero. Entonces la veo venir al final de la fila, acompañando suavemente con los brazos a los descarriados para que no se dispersen, conteniendo la entrada al salón nuevo, sentándolos en la ronda mientras descanso sabiendo que no hace falta que le pida, ella me está acompañando. Y me mira y me sonríe guiñándome un ojo para enseguida decirle bajito a Gerónimo que ahora hay que sentarse despacito para poder escuchar... (Y por supuesto, sé que nunca podremos hablar tiernamente de la anécdota mientras se lima las uñas frente a feisbuc y me echa fuera de mi propia habitación devenida en su escritorio)

martes, 7 de septiembre de 2010

Viento en popa






Tuve que matar todas las cosas que fui.
Tuve que abandonar todos los amores, los puertos, las familias, los saberes, hasta abandonarme a mí.

Y después, elegir.

Elegir yo cada cosa, no heredarla, ni suponerla, ni transarla, ni tolerarla.
Elegir lo que sí y lo que no, porque ya sé cuál es la medida de mi alma y cuáles son los temporales que sé que puedo capear. Y con quiénes me subiré a bordo, porque sólo acepto que la compañía sea buena.

Elegir no volver a elegir ciertas cosas, ciertos lugares ni ciertas personas (porque, ya comprendió mi corazón que hay cosas que no cambiarán porque nunca estuvieron dispuestas a hacerlo).


Y entre todas las cosas que vuelvo a elegir, las elijo de nuevo a ellas, mis comadres, mis iyás. Todas esas mujeres que sienten algo latirles dentro y allá van a hacerlo sonar, caminando por la Boca, entre evangelistas y vecinos que fuman en las esquinas.
Las elijo de nuevo a todas ellas, así, imperfectas, hermosas, capaces de hacer una música generosa y solidaria, de patio de malvones, de veredas.
Porque cuando me veo parte de ellas, me reconozco.

(Y nadie como ellas sabe darte la bienvenida..)

sábado, 4 de septiembre de 2010

Astetndenius..

(Estos días los enanos están muy jugadores. La lluvia y el frío revivieron las ganas de estar adentro construyendo fantasías representadas.)

Cuando era chica, convencía una y otra vez a mi prima y mi amiguita de seguirme la corriente en el delirio. Yo era siempre un ángel de Charlie (preferentemente que interpretaba Jacklyn Smith) o la mujer maravilla, y toda nuestra tarde se pasaba rescatando al capitán Steve o matando japoneses karatekas y malos. A veces éramos gente que hablaba en inglés (ese lo jugábamos poco porque nos obligaba todo el tiempo a traducir el gangoso sonido con que emulábamos la lengua y resultaba tan poco fluido como esta aclaración en el medio), otras eran tardes más folklóricas, de mancha algo o cigarrillo 43.
Pero había un juego por sobre los otros que a mí me fascinaba. Usando los escalones de los umbrales yo cantaba como Liza Minelli (en un inglés de mierda...)



"auananueicap
indeciri dat asentslip
tufan a kinofajil
dajonejit.."

y el Frank Sinatra de los discos de vinilo de mi mamá me hacía los coros en mi cabeza. Yo no podía dejar de bailar y mover los brazos con los ojos cerrados, y era tanta la alegría que eso me daba que las otras dos siempre querían hacer de bailarinas y terminábamos las tres a grito pelado cantando.

(Tengo una opresiva sensación a la altura de la boca del estómago. Un deseo incumplido que raspa y obliga. Necesito un momento sin ningún oyente presumible para cantar totalmente expuesta y con toda la potencia de mi caudal posible, para poder cantar otra vez así..)

domingo, 29 de agosto de 2010

Pensamiento lateral: (¿Habrás encontrado las migas que tiré para que logres encontrarme? Tanto confío en el viento que me niego a dejar piedras.)

jueves, 26 de agosto de 2010

Así.


Hoy no estoy encendida. Más bien tengo un resplandecer sereno, como las brasas entregadas a arder en el descanso que le sigue al haber sido llama abrasadora.
Espero el viento. Espero el viento como otros esperan el agua.
Hoy no quiero tomarme el trabajo de encenderme. Ardo, crepito, aquí, parte del universo, pero no encuentro motivos para volverme llamarada.
No es tristeza sino más bien hastío. En este andar de novia con el mundo, me cansé de empujarlo.
No se lo dí todo todavía. Sigo siendo un volcán, una selva, un templo.
Pero hoy me cansé
de los oídos sordos
las manos cerradas
las bocas repletas de palabras necias
la importancia personal
la brusquedad
la tozudez
la estupidez
la soberbia de los insignificantes
la arrogancia generalizada
la desconfianza como norma
la doble cara
y de esta agotadora tarea de ser yo.

Y te lo digo mirándote derecho a los ojos, mundo pedorro: de ahora en más, si querés carnaval, vas a tener que laburar apretando este pomo.

Listo.

lunes, 23 de agosto de 2010

Reverberaciones



En las tardes tempranitas de mis seis o siete años recorría las casas mientras todo, todo el mundo, en el verano de enero de las tierras del norte del conurbano, dormía la siesta. En mi calle que era calle sin salida (ahá..), todas las puertas vecinas estaban abiertas. Éramos los hijos de todos, los nietos de todos, entrábamos con hambre a todas las cocinas y los panes con manteca y dulce de leche nos decoraban las caras sentados en el cordón de cualquier vereda.

Cuando las dos de la tarde soporizaban el mundo, el movimiento literalmente desaparecía, los negocios cerraban, las cocinas estaban limpias y las noches prometían ser bellamente largas. La vida se rendía a la frescura de unas sábanas para entregarse al ritual de la siesta con tanta confianza que entonces el aire entraba por las puertas abiertas.

Pero yo jamás dormía.

Todo era silencio de voces y sonido de pájaros y vientos tibios agitando las copas pesadas de los paraísos en las veredas. Yo miraba al pasar de la calle a la cocina (o viceversa) los dormires de mis abuelos en el cuarto en semipenumbra, lo blanco de las sábanas y esas basuritas que flotan en el aire cuando el sol cruza las ventanas abiertas.

Todo dormía. Yo vagaba por la casa. O miraba hormigas. O buscaba gente en los balcones lejanos que estuviera en alguna situación como la mía.

En estos últimos tiempos siento sobre el mundo y mi cuerpo una soledad tan infinita como la de aquéllos días..


miércoles, 18 de agosto de 2010

Presagio de primavera


Septiembre se revela
en la verdad de los sonidos matinales que ya cambian.
Ahora son de gorriones que se llaman
se anuncian.

Despiertan las semillas
bajo la tierra todavía fría
con la fuerza suficiente como para abrirse camino hacia el sol que las reclama.

A veces siento que también yo despierto.

Y no me animo con él al silencio.
Hay cosas que en el silencio se vuelven inevitables,
se dejan llevar como ríos,
sólo a veces,
sólo con quiénes.

Miro y es una manada
y de todos ellos sé que será solamente uno
pero podría ser cualquiera.

Y también podría ser ninguno.

Él siempre está al borde de que lo asesine.
Él saca lo peor de mí.
Él no está disponible.

Y el silencio, las pocas veces que ocurre, es un atardecer sentados en el colectivo cuando septiembre empieza a ser octubre y los naranjos.

lunes, 16 de agosto de 2010

Para el bolsillo del caballero


Continuando con mi tesis sobre cómo dar por tierra con cualquier vestigio de coraje que impulse a un muchacho a invitarme un café, me despacho a gusto enunciando, una vez más, desde este humilde espacio mío, lo que se me viene en gana (o se me canta en el orto, como más le guste, sea libre) porque es mío.

Que la mierda sea habitual no significa que esté bien.
De la misma manera (siguiendo con la línea derechita del pensamiento mismo) que todo el mundo ejerza una conducta similar en algunos aspecos no no significa que eso mismo sea lo que HAY que hacer.

No lograrán convencerme, a fuerza de banalizarlas, de la intrascendencia de las cosas trascendentes.

Compartir el cuerpo con alguien más tiene que ser, a mi entender, una experiencia diferente al onanismo. Sin conexión, muchacho/a (s), no es posible el erotismo.
Hay cosas que no deben dejar de ser un arte para pasar a ser un mero deporte. Porque cuando todo se banaliza, nada satisface. Ahí es donde el agujero negro se vuelve inllenable.
El sexo no es una necesidad fisiológica, no me rompan las pelotas. Los seres humanos pueden mover fibras más finas que las puramente químicas del reino animal.
No estoy hablando de romanticismo barato, sino de encontrarse unas con otros (o la variedad que le guste citar).

Entonces, digo yo recordando tu cara de banana mientras me sugerías que me trepara a tu somier:
¿Qué loca convicción te hace suponer que siendo todo lo jodido, irónico, desconsiderado, desagradecido y ácido que se puede ser, tenés la mínima posibilidad de despertar en mí algún tipo de deseo?
¿qué me viste, cara de grupi, boludo?
No hay nada más descalentante que un tipo que no mira otra cosa que su ombligo, no logra recordar el nombre de ninguna chica y no sabe compartir un silencio. Ningún talento compensa un corazón helado.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Milagros


Ella venía caminando por el patio, con su metro y apenas algo, con ese cómico bamboleo de diva pequeña, golpeando una contra la otra las dos fuentes de redondo metal en las que su papá nos convidó hoy la merienda.

(Es la más caprichosa de todas las diminutas leidis de mi clase, puede convertirse en un minuto en la pesadilla de todo maestro, la que deambula por el salón de clases provocadoramente para empezar una carrera que le quita a cualquiera todo vestigio de autoridad. Y en sus ojos reluce una dulzura infinita, un alma de reina madre compasiva, y te suelta en la cara verdades como bifes, y te deja noqueada pensando la vida..)

Ella venía caminando y yo la miraba venir como todos en la puerta de la escuela, agolpados intercambiando saludos y noticias de la jornada de clases. El ruido de las asaderas golpeándose resonaba claro en el barullo festivo de la salida y la atención de todos se sentía levemente reclamada.

(Los chicos habían preguntado por Iván. Finalmente llegaron a la conclusión de que algo en él era diferente. No es sencillo explicar el autismo cuando yo misma no tengo totalmente claro de qué se trata. Entonces, en el afán de darles una imágen para comprender, les dije que Iván todavía no había encontrado el camino para encontrarnos. Caras de comprender perfectamente, tasa-tasa, y a la mañana siguiente, mientras preparo la merienda, ella viene y dice lo más fresca - Yo creo que para que Iván pueda encontrar el camino para encontrarnos somos nosotros los que vamos a tener que entrar en su mundo y encontrarlo a él-, y se queda mirándome como si yo pudiera volver los ojos a mis órbitas y darle una respuesta.)

Ella venía caminando y haciendo sonar fuente contra fuente y cuando estuvo en el medio del tumulto de la salida, en lugar de cantar el payaso plin plin o decir "paso a la reina" soltó:

Escuchad, escuchad el resonar de la conciencia

y nos dejó pasmados.

lunes, 9 de agosto de 2010

Reflexiónlogía




"Yo lo que quiero es encontrar un dinosaurio, un meteorito, una cueva que sea la más grande de la Tierra" (Ricardo Iorio, Rolling Stone)


Yo lo que quiero es cantar todas las canciones, explicar el mundo, probar todas las frutas, encontrar un lugar en donde la vista sea siempre la que me hace latir el alma como un río, proyectar mi sombra sobre esta tierra con la cara al sol y el corazón gustoso, hacer un descubrimiento, comprobar una hipótesis, aprender algo nuevo, encontrar un continente, cantar con dosmil personas una misma canción, conocer gente viva, escribir un libro gordo, esperar a la muerte andando a caballo, explorar los días de septiembre en bicicleta, conquistar calles desconocidas y puentes olvidados, pasar corriendo o mejor volando, elegir cada vez, celebrar los encuentros, andar los caminos que tengan corazón.

Nunca más sentir que estoy esperando.

lunes, 2 de agosto de 2010

Volutas




Con alguna gente, las cosas son fáciles como agua, cómodas, gustosas.
Con otra es un eterno partido de ajedrez.
Hay gente sosa que te hace bostezar y perder la atención detrás de cualquier otra cosa que no sea su diatriba sobre el monotributo o algo así.
Hay gente que te provoca ser vos misma en tu versión hardcore, que tanto puede ser para el lado criminal como para el apasionado.
Hay otra que gira en falso y se cae siempre en el mismo lugar.
Hay gente inolvidable.
Hay gente imperdonable.
Nadie es imprescindible.

domingo, 1 de agosto de 2010

Sábado en el living








Tenemos ganas de ganarle al invierno permanente del carácter y templar las cuerdas del corazón. Abrimos la puerta que da al patio con parrilla para salir a jugar. Con un buen fuego, muchas manos y algunas botellas de tinto de corazón añejo, sale esto y se desparrama por una noche fría de julio, la última.
¿Se puede pedir algo más? (Si.. un vestido y un amor)

Click y nada más que ponerle orejas.


Fogo e paixáo by chicapasacontambor


Mundo entero sambado by chicapasacontambor

jueves, 22 de julio de 2010

Che..

¿Cómo se hace para decirle a alguien "no es hora ya de que te internes de una buena vez y dejes de meterte esa mierda por la nariz que saca una parte tuya tan asesinable? Cuánta gente en coma, cuánta gente muerta, cuánto tiempo más de esa vida sosa en donde no se le siente sabor a nada? A mí me importa lo que estás haciendo con tu vida. A mí me importa que no te conviertas en un hijo de puta. A mí me importa que no explotes un día marcando los azulejos con tus tripas.
Solo no podés. Entonces entregate.
Si te vas a morir, morite con gloria. Así no."

Por favor, ¿cómo se hace?

Uno ida y vuelta, por favor.



Mi miedo de siempre, desde que recuerdo, era que un día me internaran en un manicomio a la rastra mientras yo gritaba que no estaba loca pero sin estar demasiado segura de nada.

La locura me intriga. Creo que hay un fondo de extrema libertad en ella que al final te deja solo y preso. O no.

Por alguna razón que tendrá que ver con esto, siempre, absolutamente siempre, se me pegan los locos. En la calle, en el subte, en las esquinas, en los bondis, en los paseos, en los restorans (si, si, no dije bares. Ya me estoy volviendo Teté Coustarot..)

Ayer, lindo lindísimo día, voy a lo de Andre, a su lago de mariposas allá cerca del río, tarde de violín y de tablas y cosas de Esteban que llegaron de India, matear al solcito, hablar de la vida y los vericuetos para templar el alma mientras noto a las carcajadas que la antroposofía me está invadiendo la sangre y que el día en que diga que no a un fernet estaré definitivamente al horno y tomada por completo. Emprendo la vuelta, emponchada de lana, con esta pollera larguísima que es lo que se me dió usar ahora (muto. No logro dejar de mutar..), con el pandeiro cascabeleando dentro de mi bolso y los udus que Andre hizo para mis niños, uno en bolsa, otro a upa, dispuesta a enchufarme a la música y mirar las casitas por la ventana del tren de la costa.

Primer embole: el tren viene considerablemente lleno. No puedo elegir la ventana con total libertad.

Embole dos: No puedo caminar mucho con las manos tan ocupadas, así que me siento en el el primer lugar que diviso vacío. Frente a mí viaja sentado un hombre.

A los cinco minutos estoy en una película de los hermanos Wachowski.

Arturo dice que se curó en el Vieytes, que los del Borda lo atienden ahora pero no saben nada, los del Vieytes sí, esos lo curaron en cinco minutos cuando lo llevó su mamá. Que tiene una novia brasilera allá en la isla. Que le dieron una pastilla en el Gancia cuando era chico, esos gronchos hijos de puta que iban a bailar a Nino y que eso fue lo que lo descontroló. (Cada vez que la nombra, aclara que su mamá se murió hace dos años y baja la cabeza como un niño triste). Me muestra dos papeles plastificados con sellos del gobierno y escuditos argentinos que son los que usa para viajar gratis por todas partes. Hasta un avión si quiere se puede tomar, dice. Tomá piba, ¿cuál querés? le dice a la guarda que se hace olímpicamente la boluda y le sonríe mientras con la manito le hace el gesto de "no hace falta, todo bien" y hace mutis por el foro sin ni siquiera mirarme una vez. Tengo el cuerpo listo para el minuto de levantarme sonriendo y cambiar de asiento. Me cruzan como un disparo todos los miedos (que se raye, que me sacuda un bife, que me escupa, que me haga una toma de karate y me liquide) y ahí me paralizo. Me pienso loca. Me da un frío sentir que lo que está dentro de la cabeza no puede salir porque lo invade el caos y no logran las palabras ponerse en fila. La puta, qué soledad viceral. Y contra toda la tranquilidad de mi señora madre, emprendo con Arturo la más loca conversación. No hago que converso. Converso con Arturo como loca. Y sacamos conjeturas sobre la pastillita que lo enloqueció, y le digo que la isla que yo conozco se llama Martín García, que no hay que pensar en lo que pasó para atrás, le pregunto si conoce a los de La Colifata, me cuenta que se dio cuenta de que estaba loco porque después de tomarse el Gancia se fue a su casa a plancharse el pelo.

La gente baja la voz y de pronto carcajea nerviosa y vuelven a bajar la voz, porque nosotros conversamos en voz alta.

Nos bajamos juntos en Maipú, caminamos hasta el puente y le dije:

- Yo me quedo acá.
- Bueno, muchas gracias, la verdad es que la pasé muy bien, señorita.
- Y yo también (le digo con total honestidad y sonriendo)

Y tranquilamente nos saludamos con un beso cordial en la mejilla y emprendemos de nuevo caminos distintos.