martes, 31 de marzo de 2015

Declaración de otoño.

Yo creo que algo he comprendido, pero aún no sé bien qué.
Me duermo cada noche con una pregunta.

¿Cómo es construir algo que no existe?
¿Cómo es inventar una nueva manera, una forma nueva?
¿Cómo es dar vida a algo que aún no está sobre el planeta?

Y se me llenan los pasos de respuestas.

Todo lo que he pedido, va llegando. Lo importante es dejar de hablar y darme cuenta.
Y entregarme a lo que sucede como quien entra suavemente al agua transparente de la pileta, dejando que lo líquido me envuelva y casi me vuelva un pedazo de agua.
Sin temer.
Porque si lo he pedido, es lo que he pedido.
Y esa confianza no es ciega. Es fe.
Fe en mí, fe de saber que sabré merecer y recibir a manos llenas aquello que mi boca tanto dijo, aquello que tanto caminé dentro de mí para encontrar.

Así se vuelve sagrado el sentido de mi vida, de las millones de vidas que me rodean, que se tejen con la mía.

Así se vuelve bendición esta tarea de enseñar mientras aprendo con los niños de mi vida.

Así se vuelven tus manos en mis palmas, en mis brazos, sutiles en mi espalda en el abrazo con el que me gusta envolverme, una verdad inmensa, presente en un instante, y mi cabeza está sobre mis piés, y en el medio, toda yo, en cada uno de mis poros.







lunes, 23 de febrero de 2015

Panambí porá.


Había tantas palabras revoloteando en mi cabeza, saliendo de mi boca a borbotones, saliendo de las bocas de los otros, enunciando propuestas y caminos, opiniones y teorías, y verdades y mentiras.
Las palabras no bajaban a la Tierra.
Invadían el aire como moscas, como alguaciles, como pájaros torpes.
Palabras sobre palabras, tapando a las palabras, pisando a las palabras, se volvieron pesadas y se me vinieron todas encima, una noche, como una avalancha, cargadas de la misma fuerza que no ponían en marcha, me taparon, me agobiaron, arrasaron conmigo como un alud, y se me fue toda la fuerza en la fuerza que hacía para salvarme torciendo a los demás con mi palabra.

En un otoño, una noche, se me cayeron como hojas secas todas, todas, todas las palabras.

Me quedé muda.
Me quedé muda, en cuarentena, porque cada vez que abría la boca, salía un gemido, un llanto, y no podía articular palabra.

Dormí un silencio largo mientras llegaba en el tiempo la noche más larga, el día más oscuro. El invierno me encontró con el silencio justo como para sembrar las semillas necesarias.

Las palabras habían perdido la capacidad de servirme.
Tenía que volver a hablar sin las palabras.

Como el que aprende a caminar con su pierna ortopédica después del accidente, o a ver con las manos, o a escuchar con los ojos, tenía que encontrar por dónde mi voz podría ser manifestada.
Llegó la respuesta en los vivos colores de unos ovillos de lana.

Hice hablar a mis manos, palabras silenciosas fueron las hebras de las mantas que tejía sin pensar en palabras. Pensaba en colores, en la luz que darían sus colores tejidos en simétrica trama. Pensaba en la palabra abrigo y tejía con el cuerpo tibio mientras afuera el viento y la lluvia silbaban, agitando mis ventanas.

De a poco fui aprendiendo a hacer hablar al cuerpo.
Dejando que la palabra me pasara a través, atravesándome en el parto, se convirtió la palabra en Verbo.

Y en ese tránsito, se me llenó el cuerpo de Fe.

Cuando fue primavera, vino el mundo a golpearme la puerta. Y de atrevida, le dije que sí.

Me saqué los zapatos, dejé que el sol le diera despacio una caricia a la piel nueva, mientras todavía caían los restos del gusano valiente que fuí cuando decidí dejar de ser gusano.

Y llegaron los increíbles, dulces, abundantes frutos del verano.
Y fue tiempo de volar, de empezar a aprender cómo es esto de ser mariposa.

Sólo recuperé las palabras justas.
Demasiadas palabras ponen lastre a las alas.





lunes, 16 de febrero de 2015

Pensamiento que florece después de una sobredosis de candombe.

Hay algunos que tienen una vida de mierda.
Andan todo el tiempo vomitando protestas y puteadas, un día, y otro día, y cada día, y esperan el sábado como un oasis, pero nada, nada les llena ese agujero negro en el centro, que todo lo consume y con nada se siente satisfecho.
Vos mismo tuviste alguna vez una vida de mierda hasta que una mañana, o una tarde, o después de la última borrachera, dijiste "basta, basta, esto es una vida de mierda."
Y algo pasó.
Y algo se rompió.
Y empezaste el lento y doloroso parto de encontrarle un sentido a tu vida, a todas las pequeñas y miserables vidas que se apiñan en un bondi, en un ministerio, o en una oficina.
Dolió.
Dolió como operarse una muela sin anestesia. Hasta que te arrancaste la última costra de gusano, y cambiaste de ojos, y cambió tu corazón de domicilio.
Y mientras andás volando, los otros, los que no se atreven aún a arrancarse la piel para liberar sus alas, te tiran con piedras, con flechas, con botellas, para que no te conviertas en la prueba de su oscura cobardía.

sábado, 24 de enero de 2015

Se trata de nosotras... (navegaciones en el medio de la ola que se formó bajo mis pies)

Mucho tiempo anduve por la vida muy, muy enojada.

De las muchas frustraciones bien ganadas a fuerza de mentales expectativas malogradas, se sumaba un enojo ancestral heredado: yo había nacido mujer, y eso era una continua desgracia.

De andar jugando feliz en la calle al sol, en cueros como mis primos y hermano, mi cuerpo pasó a ser el motivo de que tuviera que vestirme, taparme, y  dejar de andar abrazando así a los varones.

Mi cuerpo, de un verano al otro, aparentemente se había transformado en un peligro. Tenía que empezar a aprender a usarlo como un arma, o se convertiría en un yunque.

Lo primero que aprendí fue a controlar desesperadamente su peso, su volumen y el rellenamiento armónico de sus redondeces. ¿Los varones hacían el servicio militar a los 18? yo venía disciplinando como un samurai mis comidas, no en función de mi sana alimentación sino de que me calzaran los pantalones talle 38, que era la frontera con el yunque...

Vivía oscilando entre tapar mis formas cuando sentía la amenaza de la avidez en alguna mirada, a exponerlas cuando buscaba obtener alguna ganancia.

Nunca logré acostumbrarme al acoso del piropo callejero. Mucho menos a la violencia verbal, a que alguien se sintiera con derecho a gritarme gorda, largá los postres desde un auto, a provocarme una herida narcisista por no cuadrar con su concepto de belleza y tener la osadía de salir a la calle a pavonearla.

Nunca logré acostrumbrarme a ser una puta o una histérica, o una pesada si me quedaba afectivamente enganchada. Nunca logré que fuera natural que me mintieran, que fuera aceptable, porque es común que los hombres engañen a las mujeres, ellos tienen otras necesidades.

Yo jamás me sentí con derecho a poner mi mano sobre un pantalón masculino sin permiso. Sin embargo, muchos de ellos han puesto la suya sobre mi cuerpo en transportes públicos, calles solitarias o lugares públicos para robarme el pudor y correr. 

No me resigno a dar por sentado que el Hombre es un animal que no puede dominar sus instintos sexuales, que lo gobiernan por completo y nublan su entendimiento si una minifalda o un escote o un pantalón corto le muestran un poco más de piel.

No me resigno a que la pornografía sea cool. A tener la obligación de coger tres veces por semana para que mi vida sea normal. A estimular el deseo físico con artificialidades. A olvidarme del amor, de la entrega y de la unión con el otro y limitar la calidad del encuentro a la cantidad de orgasmos logrados.

De todas las formas de violencia contra la mujer, la más jodida es la que nos han enseñado tan bien, que nosotras mismas la ejercemos voluntariamente contra nosotras todos los días.

La cultura lleva en su sopa reglas no explicitadas que se dan por sentado en el diario vivir y se plasman en la idiosincracia. Acciones reflejas que se basan en los juicios que, aunque no se verbalizan, mueven la voluntad.

Así como está implícitamente establecido, por ejemplo, que el color de la piel es como un termómetro de "primitividad y peligrosidad del otro" (esos negros de mierda, ese negro tiene cara de chorro, etc) también está establecido y bien claro que el cuerpo femenino es propiedad pública.

Es objeto de placer.
Es incubadora reproductiva.
Es accesible por la fuerza.
Y, como no tiene alma, se lo puede utilizar y luego desechar sin vida en una bolsa de consorcio, y la sociedad no se indignará por eso.
Nosotras no nos indignaremos por eso.

Y entregamos sexo a cambio de amor, y no son la misma moneda.
Y nos arrancamos los pelos con cera caliente, y ayunamos, y nos planchamos, nos pintamos, nos disfrazamos de osadas o de princesas de Disney, desesperadas porque ya no entendemos qué somos, qué debemos ser, qué es lo que queremos y qué lo que nos hicieron creer que queremos.

Porque desde una mala interpretación de los libros sagrados en adelante, la mujer y la serpiente, la culpa y la manzana, todo en la misma bolsa, y el hombre, picado por el frío del miedo, saltó a la vereda opuesta, al lado de los dioses, a pedir que la mataran por tentarlo.

¿Cuándo fue que el Hombre decidió que la Mujer no tiene Alma?
Fue el día en que la miró con miedo y no pudo ya ver en los ojos de ella el reflejo del alma suya. 
La vio vacía porque la miró con los ojos, ya no con el alma, ya no con amor. La miró con miedo.
Y se sabe que si alguien no es mirado con amor, no puede aprender a mirarse con amor.

El cuerpo femenino es una amenaza en sí mismo, es una puerta al poder.











miércoles, 21 de enero de 2015

Comprender

Juana preguntaba:
¿Por qué llueve?

Y la mamá y la maestra le explicaban que el agua se evaporaba y subía y formaba las nubes, y las nubes se cargaban, y chocaban y el agua caía.

Pero Juana preguntaba:
¿Por qué llueve?

Y entonces los psicólogos decían que tenía un retraso madurativo, o dificultades de aprendizaje, o TGD o DDA, y que por eso no entendía.

Pero Juana preguntaba:
¿Por qué llueve?

Y yo sabía que esa pregunta era el rastro del camino para encontrar a Dios y preguntarle, ¿por qué Yo? y brillar con la respuesta.

domingo, 18 de enero de 2015

Panambí (mariposa, alma del mundo)





Ando entre tambores desde hace muchos años,desde que apenas se entreabrían las puertas para dejarnos entrar a tocar a un mundo masculino, tomado por asalto y sin consulta, como hasta ahora en la Historia del mundo y la invisibilidad de las mujeres.

Todavía sonaba fuerte en la cultura lo que era "cosa de hombres" y lo que era "cosa de mujeres", y cruzar esas fronteras nos obligaba a un sacrificio. Ser mujeres masculinas, masculinizadas.

Para que me dejaran pasar sin desconfianza, primero, allá lejos, tuve que aprender a ponerme combativa, a ladrar y aporrear los parches para demostrar que, a pesar de tener tetas y carecer de poronga, sí tenía "huevos" para tocar.

Así, en un interminable exámen de ingreso, anduve muchos tambores con tanto miedo de fallar, que no lograba encontrar el sonido de mi corazón. No lograba sonar, pero tocar, tocaba.

Un día el sonido, de tanto que lo pedi, me encontró a mí.

Era mi cumpleaños número 33. Acababa de terminar la relación más turbulenta de mi vida. Finalmente, había decidido abandonar un mandato y descubrir el camino de entregarme al mundo para descubrirme a mí. Y caminando por Avenida de Mayo, oí sonar las cuerdas de candombe.
Me subio un rio por las venas, y dejando que se movieran solas mis caderas, me fui llevada por una música que me sonaba como el río.

Encontré el candombe. O el candombe me encontró a mí.

Cuando ya éramos varias las que andábamos disfrazadas de muchachos rudos, apaleando parches por acá y por allá, de tanto vernos, de tanto cruzarnos por todas partes, un espacio (o varios) se gestó en el aire.

Entonces vio la luz la primera comparsa solamente de mujeres, y ahí andaba yo en sus aguas. Primer milagro, primer intento.

Pero como pasa siempre, hay algo que tenemos aprendido en el formato en que lo hemos padecido, y para verlo y cambiar, hay que sufrirlo.

Todo lo que aprendimos de ellos (el poder, la competencia, la exclusion, la búsqueda de ganancia, el elitismo) brotó desde el pantano de rencor sobre el que nos habíamos parado para nacer. La víctmia aprende a ser victimaria, el esclavo a tiranizar, el excluido a excluir, y no, no era así, no era eso. Se nos salia del cuerpo tanto veneno respirado tantos siglos, que yo sentía que nos estábamos volviendo ellos.

En el tiempo de partir y de empezar a andar a solas los caminos, cuando por fin tuve claro todo lo que no, fue tiempo de empezar a ver las imágenes de lo que sí.

Y en las imágenes yo veía una hoguera, y mujeres, una ronda de muchas mujeres, y la alegría, y la música bajando por los cuerpos, y cada una buscando su lugar, su lugar para ser lazo en la trama de algo, de una red, de una manta. Volver a ser amiga mía, volver a ser amiga de las mujeres, desearme lo más cálido, lo mejor, y desearlo para mis hermanas. Sin caciques, sin poderes, haciendo realidad en la horizontalidad de la trama, eso que siempre supimos las mujeres: el poder debe ser una manta, porque si se concentra en un punto, crece un tumor, y el tejido hace metástasis y la esencia se muere.

Soñé con un lugar en donde fuera verdad el arte de dejar que la música nos haga a nosotras, nos ilumine, nos encuentre.
Un lugar para aprender a confiar.
Un lugar para decir con amor, un lugar para abrazar y matar al miedo, a la soledad y a la muerte.








lunes, 22 de diciembre de 2014

El sanador (Relatos de Elphaba)

Laverna vivía dentro del tronco de un inmenso árbol en el bosque donde se guardaban los lugares sagrados. Tenía tantos años como para entender bien el mundo y sus velos, y sus palabras eran el oráculo de los que buscan.

Caminaba lentamente, con la sencilla elegancia de la grandeza vistiendo sus movimientos suaves y maternales. Hablaba sin mirar a Elphaba, que, sentada en un banco pequeño de madera, cerca del fuego que ardía en el hoyo de la cocina, seguía sus movimientos como quien escucha narrar el cuento de su propia vida.

- Cuando lo sagrado se profana, las cosas del mundo pierden su sentido. Esta guerra interminable no se ganará derramando más sangre.
Los lugares sagrados del bosque ya no existen. Todos, uno por uno, han sido saqueados.-

El resplandor anaranjado de la llama sobre el rostro de la anciana pintaba destellos en sus ojos serenos. La raza de las Madres estaba casi aniquilada por la sangrienta guerra de siglos que las había corrido de los Templos y las tenía divididas y diezmadas.


- Cada cual debe dejar hablar a su destino, y para eso debe silenciar la voz de la serpiente que habla en su alma, desde que la confianza fue profanada. Si has llegado hasta mi puerta, es porque la has vencido, Elphaba.-

La anciana miró con ternura a la mujer madura llena de cicatrices sentada en el pequeño banco de madera.

- El camino es hacia el Oeste, en las tierras donde se pone el Sol. Es cuesta arriba en su mayor parte, ya lo sabrás. No te ocultes del Sol, no te guarezcas, porque el Sol es amor, y a tí no te matará. Sólo envenena su luz la neblina del cielo del Reino. Fuera de aquí, en la Nada, el Sol no es patrimonio de nadie. Bébelo, deja que te ilumine. Será tu único alimento.-

Las manos de Laverna no parecían las de una anciana tan anciana como era. Se movían precisas por el espacio, acercando un cuenco humeante hasta las manos de Elphaba. Laverna se sentó en otro banco. Se miraron un rato largo a la luz del fuego de la cocina, Elphaba con el cuenco humeando en su regazo. La raza de las Madres era cálida.

La anciana tomó aire y habló en su boca la voz del Angel.

- Deberás volverte sagrada. Todo lo que guardaba el bosque tendrá sentido si vuelve a la vida dentro de tí.

Se hizo un silencio, hasta que de nuevo el Angel habló.

- No pienses cómo lo harás, no dejes que vuelva a sisear la serpiente. Solamente decídete a ir. Y la mañana en que despiertes y en tu corazón arda la urgencia de empezar a caminar, solo arrójate al camino. No hay a dónde llegar. -

Laverna encendió su pipa y estuvo un tiempo mirando arder el fuego de la cocina, el fuego que jamás se apagaba. Mirando el fuego, volvió a hablar.

- Cuando por fin tu alma se entregue a esa verdad, llegará el Sanador a tu camino. La serpiente hablará con fuerza cuando lo cruces, confundirá otra vez tu alma, gritará tu cuerpo. Pero no es ese el fin de tu camino. Detrás del umbral del Sanador, te espera lo Sagrado.

- ¿Cómo reconoceré lo Sagrado?- preguntó Elphaba.

Laverna giró su cabeza para mirarla a los ojos, y la luz del fuego parecía salir de su rostro. Y sus palabras fueron como un abrigo:

- Lo Sagrado te reconocerá a tí.




miércoles, 10 de diciembre de 2014

Ojos que no ven...

Perdí la forma.
Ya no sé cómo andar con este cuerpo por el mundo. No lo conozco.
Ahora que me cansé de castigarlo para hacerlo encajar, no sé cómo mirarlo.

A veces me confunden los espejos. El frío misterio del vidrio me devuelve mi propia mirada sin emoción.

No es igual lo que veo cuando me miro en otros ojos. Ahí soy a veces realmente hermosa.
¿Qué cable suelto no me deja mirarme con amor todavía?

Había un póster en la sala de espera de mi pediatra. Con esas palabras practiqué mis primeras lecturas:
Si un niño es juzgado, aprende a juzgar.

A los nueve años mis padres me llevaron a un médico para hacerme adelgazar.

Toda la vida, el mensaje fue que mi cuerpo, así como estaba, no era lo suficientemente bueno, no era correcto. Era importante verme de la manera adecuada para encajar, para ser aceptada y elegida. Para agradar.

Mi realidad refleja mi vivencia: toda la vida fui inquilina, jamás habité con libertad como propietaria ni siquiera mi propio cuerpo.

Ahora que rompí todo, también rompí los espejos.

Me voy a la calle a aprender el amor en los ojos ajenos.



miércoles, 3 de diciembre de 2014

Dieciocho años.

Tiene el pelo rapado y una cresta larga y ladeada como crin de yegua, y un brillo en los ojos que me provoca alegría.
Pasa de andar vestida de varoncito guerrillero punk a montarse un solero negro con brillos, y me hace enmudecer deslumbrada el brillante yo que emerge en ella y le da carnét de conductora de su propia vida por el mundo.
La veo tan hermosa, y no puedo creer que alguna vez fui tan joven como hoy ella, apenas unos años antes de que ella llegara a la vida atravesándome.
Ahora ya no me inclino ante ella para poder mirarla a los ojos.
Ahora nos vemos a los ojos una frente a la otra, y se inclina mi alma en una reverencia ante la luz que en ella veo florecer.



sábado, 22 de noviembre de 2014

La preponderancia de lo pequeño (encuentro número veintiseis o veintiseismil)

Me gusta estar de espaldas cuando llega, porque no esperarlo llegar, no verlo venir, me deja sorprenderme al darme vuelta y encontrarme de nuevo con sus ojos.

Y todo eso es un momento del día.

En el abrazo de bienvenida algo ha ido mutando, algo ha ido creciendo.
Fue un refugio, fue un consuelo, fue ansia, fue piel de nuevo, apenas solamente una piel que llama, fue distancia, y ahora por fin, cada vez, es reencuentro. Porque en alguno de todos esos abrazos, por fin nos encontramos en silencio.

No importa para qué. Nunca hay un específico para qué en un encuentro. Hay un dejarse de pertenecer, hay un vaciarse de uno mismo para que el otro entre por completo a recorrerte, a ver tus rincones, tus sombras, tus miserias, tu vista al río y tus jardines, y te los cuente.

Meterse en el otro es devoción, es respeto. No se entra por asalto y obsesión. Algo sucede o no sucede y atravesando el cuerpo le va dando los movimientos. Un paso, una danza, un encuentro fugaz fuera del tiempo, son brújulas que florecen cuando nos quedamos silenciosos y quietos un momento.

(Lo que entra, entra por el alma antes que por el cuerpo. Si no, no la encuentra, no encuentra los caminos para llegar al centro.)

Ya no sé a dónde voy, porque es cada momento del día lo que me va llevando de un encuentro hasta el otro, a cosechar la humanidad divina.

En ningunos otros ojos me siento tan bellamente desnuda, tan verdadera. Me gusta lo que veo de mí en sus ojos, lo que él me refleja. No me mira con hambre, no me mira con deseo, no me mira como a una presa de pollo en celo. Me mira para mostrarme que esa parte que no dejo asomar, es la más bella. Que hay ternura en mi oscuridad, algo tierno que no es débil, y aprendo de él a mirarme con ese mismo amor.

En nuestros encuentros, él me atravesó con música, me trajo la memoria de la danza y el juego al cuerpo, perfumó mi cabeza, acarició mi pelo, y ahora me ayuda en este parto de poner en las palabras lo que se agita en el universo de mis sentimientos.
Me ayuda a tejer en palabras los pensamientos.

En este camino de revivificar las palabras, de llenarlas del espíritu del que son símbolo, aunque mi psicóloga se ponga nerviosa, yo digo que es amor lo que compartimos en cada encuentro.
Que con él estoy aprendiendo a religar el alma con el cuerpo.

Porque cada vez que nos abrazamos al final de nuestro encuentro, para cerrar allí lo que de la misma manera hemos abierto, hay algo sagrado que se me desparrama por el cuerpo, y me encuentro a mí misma entre sus brazos mientras descanso la cabeza en su pecho. Y ahí quiero quedarme, apenas respirando en una danza mínima que el aire provoca al entrar y salir a través nuestro, dejándome envolver y atravesar por eso tan tibio que hemos gestado en ese encuentro.

Y nada más.
Y nada menos.







sábado, 15 de noviembre de 2014

Epifanía

Quisiera que la vida me llevara de viaje
por rutas infinitas a través de los tiempos.
liviana de ataduras, ligera de equipaje,
dejándome llevar, dejándome ocurrir
fluir y transcurrir
hasta que todo suceda sin esfuerzo.

Estar y decidir mientras la vida pasa
no solo alrededor, sino a través
de mis días sumados como perlas de un collar de muchas vueltas
a la vez
hasta dejar de sentir el vértigo en el agua
de dejarse llevar sin saber
hacia dónde llegar
pero ir
y al soltar
por fin
conquistar
                                                    la Fe.







viernes, 14 de noviembre de 2014

Foto

(Encuentro número veinticinco, Villa del Parque, noviembre. Hoy él es azul y ella es verde.)


- Si yo te dijera que te puedo dar todo...
- ¿Todo qué? ¿qué es todo?- interrumpe ella impaciente.
-... si yo te dijera que te puedo dar todo- vuelve a repetir él, con tono de estar tomándole un leve exámen,-..¿qué me pedirías?- suelta y se queda escuchando el silencio.
- Vos no me podés dar nada,- le contesta mirándolo a los ojos y gesticulando como un italiano lleno de ademanes,-vos no me podés dar nada que no crezca en mí primero. En todo caso, vos podés compartirte conmigo, o yo me puedo compartir con vos, pero nadie me puede dar nada, nadie le puede dar nada a nadie. Si quiero amor, el amor me atraviesa y lo comparto, nadie puede dármelo. Nos atraviesa. Me atraviesa y se refleja en el otro, pero ese amor es mío.-

Silencio.

(De nuevo, como al principio, ese silencio largo, raro, tierno, en donde intento escarbarle detrás del iris azul de sus ojos, a ver qué hay, quién está ahí, quién es el que pregunta.

Y de pronto me transpiran las manos, me laten delicadamente las venas y un sudor fino me hace brillar.)

- Me estás dando calor...- dice ella y ríen.
- Nos estamos encontrando..-

Silencio.

lunes, 20 de octubre de 2014

Detrás del Muro de los Lamentos (cuento número diez)

Para seguir adelante, para volverse Reina, la Princesa tuvo que decidir emprender un camino desconocido e incierto.

Caminaba sola por el pasto verde y mullido del Jardín del Reino, caminaba, despacio, derecho, inevitablemente, hacia la Torre.

Dudó un instante.

Podía echar a correr y encontrar algún Rey en el próximo baile, a quien servir y obedecer.
O podía reclamar su propio reino por derecho.

Para subir por la torre hacia la cumbre misma del reino entero, la princesa tuvo que decidir el movimiento.


Su voluntad de Reina movió su cuerpo hacia adelante y dio el primer paso, y la luz del Sol se volvió sombra dolorosa, como velo sobre sus pupilas, al cruzar el umbral de la puerta de hierro.

El camino, largo y empinado, los escalones, estrechos. La humedad de lo que está cerrado, clausurado en el tiempo, penetrando su olfato hasta dolerle.
Se crispaba su cuerpo con el roce de la suela en el filo, buscando a tientas el escalón, tactando su medida hasta lograr una lenta cadencia en el tranco. Conquistó el equilibrio, paso a paso sobre la roca, no sin antes golpearse varias veces, tropezando violentamente, apretando el estómago, tensando los brazos para no caer.
En su cuerpo calaba el cansancio del movimiento ascendente, la fuerza de sus piernas, la fría dureza de la roca en su palma tibia, y se estremecía su alma con ese mismo frío.

A través de su piel, aprendió el miedo.

Para callar sus pensamientos sombríos, recitaba sin voz

El rojo es la sangre.
El verde, la paz.
Azul es la noche
que debo cruzar.


Se detiene un minuto, se sienta.

Apoya su espalda contra los pedazos de roca que forman la pared. De pronto parece dormida, apenas su pecho se mueve en acompasada respiración.
Sueña con verdes formas florecidas, con el agua del río, sueña con otros que andan los mercados, los caminos, los mares, con los que conocerá que ha conocido. Sueña con los peces, y los mirlos, con las hojas y el viento en primavera. Sueña con el sol.

Levántate y anda.

Sigue avanzando un poco más.

Ratas traficantes de alas le ofrecen menos esfuerzo y un ahorro de tiempo y energía en doce cuotas sin interés, y a veces casi acepta, porque parece inalcanzable la ventana que persigue.

El cuerpo duele tanto de tanto miedo, de tanto frío, que no queda más que dejarse convencer por el sueño.

Y duerme un sueño largo.

Sueña con el olor a pan, y a jabón, con las afelpadas rosas del jardín de Palacio, tan rojas, tan reales, con las sábanas blancas de algodón de su cuarto, con el sabor de la miel a los costados de su lengua, con el jugo de limón en el verano.
Sueña con las manzanas, y las noches de fiestas con hogueras, y la danza en el salón. Con el amor en los ojos de su Padre.

Despierta en la dureza irregular de la roca.

Ha soñado que las paredes son cortinas, pero no confía en los sueños, y en la penumbra sigue andando.

Hace tanto frío, todo es tan silencioso y helado, que los sonidos mínimos se vuelven ruidos, y anda la princesa con el alma en sobresalto.
Miedo. Miedo de todo. Pero sobre todo, de sí misma, porque escucha sus pensamientos alborotados, y el ansia de llegar le exprime el ánimo y le parece eterno, interminable, el lento caracol de la escalera. Está tan perdida que no sabe si existe de verdad la ventana que persigue.

Cae sentada, se rinde.
Se abandona a la desesperación, se rompe. Cae por dentro suyo a pedazos.
Después del retumbar del derrumbe, se le llena el cuerpo entero de silencio.
Se entrega.
Derrotada, la Princesa olvida todo lo que sabe.

La pared de piedra, entonces, toma suavemente su espalda por abrazo.

En el silencio absoluto de su corazón, la Princesa escucha.

Escucha,

oye,

y canta.

Canta lo que escucha que dicen las piedras, que esperan que despierte; lo que dice el viento que sopla en la última ventana; canta lo que suena en el verde de las hebras del pasto que sacude la brisa, en el río que habla; canta lo que suena en los árboles reunidos en el bosque, lo que suena en las estrellas.

Canta y sus piernas se mueven sin esfuerzo, y subir es una danza. Abre los brazos y toca en la pared más oscura la ondulación de una cortina. Una a una va dejando descubiertas las ventanas, y no necesita abrir los ojos para ver tanta luz.

Llega cantando el canto de las alondras, de los ruiseñores, del bosque, del río, de las piedras, del pasto, y se asoma cantando por la última ventana la última nota que escucha antes de que llegue el silencio absoluto de su alma.

Abre los ojos. El mundo entero entra por las ventanas.
Ni siquiera se ven las fronteras del reino, y sabe que no debe perder la medida cuando pise la tierra de nuevo, con sus zapatos de cuero más finos.
Quiere recordarlo.
Hay un vasto infinito tras los muros de su Palacio.






jueves, 16 de octubre de 2014

La Serpiente Verde y la Bella Lilia (Dame amor)

(Dos serpientes negras llevó a la cama. Una está domada. La otra le da miedo)

Vamos a dejar de lado las palabras. Que ningún esfuerzo conceptual obnubile la potencia de lo que puede decir el cuerpo.
Esto no es una cacería, ni un acecho. Es más bien una danza, una ronda, un dejar que las distancias se achiquen y se diluyan solas. Dejar que suceda lo que sea que está sucediendo.

La palabra jugar ha perdido su mágico brillo a merced de volverse sinónimo de dominio, en este mundo frío en el que alguien tiene que ganar siempre. Pero yo la conozco. La he mirado a los ojos y conozco su esencia.

Pierdo la forma, pierdo el arreglo, solamente quiero jugar a robarte para que nunca sueltes, y entonces me arrastres, me vueles mientras grito de alegría viendo pasar las plantas sobre mi cabeza. Muerdo y me enrosco, pierdo la ropa, el pudor, el miedo, quiero jugar a que no quieras soltar y me abraces y me vueles.

Hasta que todo se queda quieto.
Y el silencio de la piel es mucho silencio.

Mientras sonrío en el colectivo, volviendo a casa con esta alegría que me quedó en el cuerpo, miro mi muñeca derecha y, en vez de la hora, descubro que en tu casa me he dejado el tiempo.




viernes, 10 de octubre de 2014

Música

Que no callen los tambores.
Que nunca cese el sonido del corazón maternal que nos envuelve cuando somos apenas semilla de eso que un día seremos.
Que no se apague el eco de las raíces negras corriendo las calles
donde su sangre corre como un río
bajo los adoquines.. que no se apague lo que fue libertad
a pesar de las cadenas.
Porque la música es la voz con la que habla el pueblo
idioma que nace del encuentro
y el ritmo es su andar por el mundo
a paso que refleja la firmeza de su suelo.
Que no callen los tambores.
Que no olvide la gente
que aún estamos vivos.





jueves, 9 de octubre de 2014

Einstein, un poroto...

Mientras revuelvo la olla con espuma rosada que despide un olor dulzón y conocido, me detengo en un reflejo.

Cocinar dulce de frutillas era algo que, se me antojaba, sólo podía realizar Pía y en la cocina de San Isidro. En aquél caserón que tanto me gustaba, el comedor del primer piso todo de madera y pana verde se llenaba de perfume dulce, y era un condimento más a todo ese universo de modales y cultura que yo pululaba en mi infancia.

Con palabras en alemán, en italiano y en amanerado castellano ella me explicaba, en un platito de loza fina, cómo saber si el dulce ya estaba a punto. Toda ella me resultaba tan sonora, tan musical, que no lograba entender una palabra de lo que me decía, y el olor a café recién molido, y a eneldo, y a pan tostado para el té, me envolvían los sentidos con gracia.

Todo olia en aquella casa.

Las pipas de Artemio. Las especias de Pía. Los libros de Irupé. La tenue habitación de Arnaldo. Las plumas de ganso de los sillones. El pasto del jardín, el cloro de la pileta, el pino. Las lajas regadas al sol de enero, la caldera, el órgano antiguo.

En las noches de tertulia, mientras los grandes se tomaban el café sentados en los sillones del comedor de pana, yo escuchaba en disco de vinilo un concierto orquestal que contaba, solo con el sonido de los distintos instrumentos de la orquesta, la historia de Pedro y el Lobo.
El ventanal inmenso, reflejando la sala sobre el fondo del fantasmagórico parque oscurecido, era magnífica pantalla donde mi imaginación hacía venir al lobo por el parque, obligándome a correr escaleras arriba a buscar refugio entre los grandes hasta dormirme acunada por las voces, o la flauta traversa de Irupé que me llevaba al sueño en alas.

Mientras revuelvo la olla con espuma rosada que despide un olor dulzón y conocido, viajo en el tiempo.



viernes, 3 de octubre de 2014

(En terapia.) Cuento número nueve.

Caminó las veredas amplias de barrio de la capital con remolinos de pelusas del árbol de plátano y el sol trenzándose en su pelo, en su pecho por adentro hasta el lugar donde habitan las mariposas.
Viajar en tren tiene el color de las películas viejas con apasionados y abrazados besos. Bajar en un andén es reconocer la geografía íntima y costumbrista del punto del planeta que se pisa.

En el departamento todo es luminoso y claro, pero ahí llegará después. Después de caminar con este deseo de encontrarse con otra piel, pero esta vez, empujando al mismo deseo, las ganas de ser amada con amor.

Hay un abrazo que siempre la espera, y es ella la que le insufla una forma y un calor.

A veces hay distancia, porque después de andar por el otro y de saberse recorrida, se sale un empujón como trompada, no sea cosa que tanta intimidad lastime.

Todavía no encuentra el olor en ese abrazo. Todavía no fue tiempo de poner la nariz sobre tu cuello para grabar en el olfato migas de tu esencia para encontrar el rastro.

Ya no es una presa.
No hay un lobo acechándola en las sombras para robarle el sexo confundiendo, con besos, mordiscones.
Ya no es una hembra malherida, viuda negra traicionera que devora la carne del que muere entre sus cuatro pares de piernas.

Toca el timbre después de haber paseado por el tiempo de una tarde tempranita, y no quiere verse linda. Quiere serlo.

No hay desmayo, no hay sofoco, no hay sutiles roces traicioneros de fósforos ni lijas, para que no arda un incendio que malogre la huerta, y el estanque, y el vergel que van sembrando en cada encuentro.

Hablan de la verdad, y pasa la vida y pasa la tarde y pasa el mate entre el humo del incienso, y las palabras son claras y pocas, y enhebran un collar entre las bocas. Dicen con la palabra, dicen con el cuerpo.

Nada importa más que lo que importa, no hacen falta preguntas sobre lo que es y lo que no es. Lo que es, es en el breve instante en el que está sucediendo. No hay nada más. No hay nada menos que el Universo.

La sostiene, la acaricia, la envuelve, la recuesta, la ordena, la perfuma, la abriga. Lo que pasa a través es de los dos alimento.

Y luego cierran la puerta, cuando ya es tiempo de irse apenas con el vislumbre de eso que brilla tanto que por un rato nos deja ciegos.

Hoy ella tiene ganas de más abrazo, de estrecharse un rato más sobre su cuerpo. Un perfume de octubre la secuestra, y se va detrás del globo de su infancia que la brisa agita, como a su cabello.

Y no sabe si él se ha ido o si la observa volverse un punto en el espacio. Prefiere no saberlo, y marcharse con el poncho de un abrazo entibiándole el recuerdo.




jueves, 2 de octubre de 2014

jueves, 18 de septiembre de 2014

Carta que envié. Carta que me gustaría recibir. (Al mundo se lo cambia cambiando)

Hace un tiempo que vengo trabajando sobre mi, sobre el sentido de vivir una vida.
Cada vez siento más la certeza de que uno viene para algo, para aprender algo a través de los otros, algo sobre uno mismo.

En este mundo loco y violento voy viendo en lo pequeño cómo nos vamos contagiando unos a otros con el dolor, con la frustración, con el enojo, con la violencia como una epidemia invisible, y sin vernos, nos volvemos parte de eso mismo que nos espanta cuando estalla en una guerra, en un crimen, en una injusticia.

Con cada pequeño puñal que le clavamos al otro sin vernos, con cada dolor que infringimos, nos vamos volviendo parte de una máquina que se pone cada vez más violenta y más oscura.
Golpeamos al otro con dolor para que sienta el dolor que nos atravesó primero.
Y aunque nos espantamos, moralmente civilizados, cuando vemos la violencia por televisión, ninguno de nosotros se ve sembrando esa semilla en cada grito, en cada cachetada, en cada falta de respeto, en cada respuesta agresiva.

El mundo no puede cambiar porque el mundo somos nosotros.

Entiendo entonces que todo cambio, para desplegarse, para volverse playa, tiene que formarse de millones de granos de arena.

Por eso, revisando mi propio camino de causar dolor, ando necesitando pedirte perdón.

Te traté mal.
Te causé dolor.
Te arrojé mi enojo y mi frustración.
Te provoqué una herida.
No pude evitarlo. Tenía bien aprendido eso de sacarse el dolor doliéndole a otro.

Lo siento.
Ando necesitando pedirte perdón.

lunes, 5 de mayo de 2014

Melancólico navegar por las ideas de un lunes bravo.

Fuimos educados en la exigencia, en la demanda de cumplir la idea que previamente se tenía sobre nosotros.
Aprendimos invisiblemente, indetectablemente, a exigir, a demandar, a preconcebir.

Tengo una idea de lo que el otro debería hacer en su rol de pareja. Si no se ajusta su comportamiento a mi idea, me frustro y lo demando.

Tenemos una idea de lo que nuestros hijos deberían ser y hacer. Y cuando no se ajustan a la idea, demandamos, exigimos, que en eso se conviertan de alguna manera.

Esperamos del otro que resuelva, y resolver significa que nuestra expectativa quede satisfecha.

Pero el otro no podrá nunca ser lo que pensamos que debería ser. El otro es lo que es.
Entonces lo atacamos, lo empujamos, lo excluimos, lo castigamos.

Qué mundo difícil para ser ni más ni menos que lo que uno es...

Qué mundo tan difícil para ser niño...