viernes, 16 de abril de 2010

(sin etiqueta)

Creo que yo, en un acto total de desobediencia, le estoy robando la lluvia y el viento.






jueves, 15 de abril de 2010

La resistencia de la alegría


Reunión bandística, conversación agitada con tonitos molestosos, que si dejamos de laburar para venir, que si ensayamos, que si nos miramos torcido, que que que.

A mí se me ocurre preguntar (aunque nunca nadie logre entender de qué demonios estoy hablando y por qué me descuelgo con cosas sin sentido.. ilusos)
"A ver, muchachos... ¿por qué venimos? ¿por qué lo estamos haciendo? ¿cuál es el motivo que mueve a cada uno?"

Un par me miraron extrañados. Ninguno me contestó.

Ninguno tuvo la honestidad suficiente para poner arriba de la mesa todo abierto ahí, su corazón.

¿Es porque querés hacer recitales y discos a lo perro?
¿Porque querés tener el poder absoluto para deglutir minitas previamente seleccionadas desde un escenario?
¿Porque querés que los vecinos te quieran y toleren con tal de salir de refilón en las fotos de Paparazzi?
¿Porque querés tener una buena excusa una vez por semana para huir de una casa a donde no soportás volver?
¿Porque, aunque no soportás a ninguno, tenés miedo de que la peguen y vos haberte quedado al margen como un boludo?
¿Porque da chapa tocar cerca de alguno?

Alguien dijo en medio de la charla "parecemos una banda que toca hace treinta años y ya no se aguantan.."
Mientras dialogan, doy un paso adentro y los miro otra vez. Pienso en que no me divierte porque para ellos no es divertido. Vienen a trabajar.

Pienso en esa cualidad de los adultos de convertirlo todo en un padecer.

Pienso en que el adulto no pierde el tiempo porque sí, no hace algo por hacer, no puede permitirse dar puntada sin hilo.

Pienso en cómo me gusta ver en un espectáculo ese momento en que los actuantes se hacen cómplices y se tientan, o se miran a los ojos cantando esas líneas con una complicidad que los hace disfrutar, sacando sus sonidos en un círculo ritual del que los demás somos expectantes.

Pienso en cómo me gusta ver al otro disfrutar, porque el disfrute es lo contagioso.

"Nadie le permite a sus hijos bailar, cantar, gritar y saltar. Por razones triviales -quizás pueden romper algo, quizás se les moje la ropa con la lluvia si corren en el exterior-, por pequeñas cosas se destruye por completo una gran cualidad espiritual: la alegría. El niño obediente es elogiado por sus padres, por sus profesores, por todo el mundo, y el niño juguetón es censurado. Sus ganas de jugar podrían ser totalmente inofensivas, pero es censurado porque existe un peligro potencial de rebelión. Si el niño continua creciendo con total libertad para ser juguetón, acabará siendo un rebelde. No será fácilmente esclavizado; no le podrán reclutar fácilmente en un ejército para destruir gente, o para que le destruyan. El niño rebelde se convertirá en un joven rebelde. Entonces no podrás obligarle a que se case; no podrás obligarle a aceptar un determinado empleo; no se le podrá obligar a satisfacer los deseos incompletos, y los anhelos de sus padres. La juventud rebelde seguirá su propio camino. Vivirá su propia su vida de acuerdo a sus deseos más íntimos, no de acuerdo a los ideales de otra persona. Por todas estas razones, se sofoca su capacidad de jugar, se aplasta desde el principio." (El libro del niño, "The Rebellious Spirit, Capítulo #17", Osho)

Lo hago porque está bueno jugar todos los martes a saltar y correr por un escenario como cuando cantaba en deshabillé adelante del espejo con un micrófono de envase de talco y los gestos de Liza Minelli. Y con una clara sensación de libertad en el alma de decidir no hacerlo más el día que el juego ya no esté bueno y ya no sea un juego. Porque lo menos importante de todo es lo que va a pasar. Lo que pasa cada vez es lo fundamental.

Ey, muchachos, basta de hacer de cada cosa un padecimiento, un laburo gris de oficina. Basta de llegar puteando, hacer puteando y partir puteando para seguir puteando después.
Basta de vivir siempre para la posteridad olvidando que la posteridad y el futuro se hacen de millones de día a día.

Basta de esa rara manía de tomarnos tan en serio, de creer que somos tan importantes, y vivir ofendidos, y criticar, y denostar.

Dejame iluminarte, muchacho, chiquita, con una frase contundente y clarita:
La vida es más simple. No la compliques.

martes, 13 de abril de 2010

Mi enfermedad

37,3º de térmica corporal. La nariz lustrosa a fuerza de ordeñarle mocos. La voz.. ¿qué voz..? una mala imitación de corneta de cumpleaños. Pero las ganas de rocanrol renacidas y piqueteras.

Remis hasta Saavedra, porque el clima lluvioso no es buena compañía para este cuerpo engripado.

Peter Pan ausente por amanecer transpirado, así que dos cosas: o nos pinchamos como un flan sin consistencia o nos relajamos y sacamos nuestros trapitos al sol. Y charla terapéutica mediante, musicalizada por las protestas a diestra y siniestra de una turca efervescente y chinchuda, en cuarenta minutos parecía que habíamos aclarado en algo nuestros nortes y adentro del galpón escampaba lo que afuera diluviaba.


(Algo trae siempre la lluvia que nos ampara y nos pone de mejor humor. Algo de lluvia y algo de palabras que eran necesarias y aparecieron en justo momento de noche justa para hacer el sana sana en la lastimadura sin cicatrizar.)


Ok, hasta acá todo así. Velemos a la banda que fuimos, loemos a sus héroes caídos y mirémonos a los ojos con esta ropa prestada que hasta ahora calzamos. ¿Qué somos? Lo que somos. Pero, por lo que más quieran, pongámosle onda.


Y debo decir con el cuerpo hecho puré, el aire escaseándome en los pulmones y la fiebre persistente que seguramente nubla mi percepción de la realidad: qué buen ensayo que supimos conseguir.


domingo, 11 de abril de 2010

Neverland

Sin saberlo él me hizo una hermosísima declaración de amor:

..y estaba todo tu lugarcito armado, pero vos no estabas.. y vos no estabas ahí y se sentía una ausencia.. una ausencia..

Y no puedo dejar de mirarle los ojos acá adentro de mi cabeza mientras lo dice.


sábado, 10 de abril de 2010

Los sueños que yo sueño (II)


Yo entraba a la casa y resultaba que esa casa era la de él, aquél tan alto, el que a sus veinte despertó mis dieciseis años, pero hoy. Me alegraba el reencuentro y las sonrisas eran melancólicas y llenas de algo, lindas sonrisas.

El me decía que tenía que viajar, que yo debía cuidar el departamento, y yo que sentía claramente en la cara su recuerdo, y me costaba esa distancia rara de espacio y de años transcurridos.

Yo pensé en ese viaje como algo lejano que me daría tiempo de preparar el corazón para su partida, pero al despertar la siguiente mañana, la soledad del placard sin su ropa me hizo estremecer en el sueño.

Y ahora creo que, recién ahora y por fin, mi corazón está deshabitado.

lunes, 5 de abril de 2010

Deja vú



Hoy me miré un minuto antes de salir de la escuela, con mis medias violetas, pollera verde, saquito naranja, remera idem medias, este corte de pelo a manos de la peluquera con desorden de personalidades múltiples, las comidas que debo preparar en el futuro, los depósitos en el banco, el rimmel de cada día, las ausencias cada vez más ausentes, los años por cumplir, los mapas de América físicopolíticos, los cafés con leche que ya pasé, las zapatillas nuevas con formita de pezuña, el bolsote rojo, el teléfono que suena pero no sé quién quiero que llame, la ausencia de telepatía, la levadura de cerveza, esta soledad de ser un pato raro que no encuentra su bandada, los caramelos de propóleo y la miel, las ganas de algo pero no sé de qué, la respuesta justa, el enojo, mi personal sentido de la justicia y la cita pendiente con el homeópata, y sentí un cansancio enorme de ser yo.


Mañana se me pasa..

domingo, 4 de abril de 2010

Lo pedís, lo tenés

Okey, okey. A ésta altura ya me hago cargo de que tengo un calendario interno que marca mis propias estaciones, y el otoño me tiene maricona y sensible.
En el medio de tres o cuatro cosas que me tienen al borde del moco fácil y de reclamo en reclamo, sale una fecha jipi.


El lugar: San Justo
La hora: imposiblemente de madrugada, como siempre
La misión: cantar, cantar, cantaaaaaar

Primer fallido: Voy hasta la loma del orto (léase como referencia de la localidad de Coronado con respecto a mi manía de vivir en Olivos) un martes larguísimo que arrancó a las seis y media de la mañana domesticando dieciocho enanos, luego pasó por la zona de riesgo de ensayo de banda de mostro con jipis y culminó en un ensayo de bloque en el que Peter Pan se desayunó con que ninguno de los jipis viejos podía asistir a la fecha mencionada. O sea, periplo al pedo. Fecha correcta, banda jipi equivocada. Se decide unilateralmente que la fecha la toma el bloque jueves.


Bien.


En el medio del despelote levanto la manito y pregunto si la fecha es a la noche, a lo que obtengo como respuesta una bardeada de parte de Peter que se hace el banana, y por supuesto olvido preguntar lo más importante: Cómo se supone que vuelva yo a mi hogar a las cuatro de la mañana desde San Justo o, en su defecto, desde Mr. Martín Coronado, que es a donde descarga el jipimóvil por última vez? Acaso debo volverme en el tren de las seis, cruzando los dedos para que no me afanen o me rompan el orto en Lynch o en Chacarita quizás? Y de cuatro a seis debo dormir en el umbral amigo de la heladería vecina?


Bien.


La semana avanza y se aproxima el ensayo con el bloque correspondiente a la fecha jipi a suceder. Cacareo telefónico mediante con tono lloriqueante en distintas notas, logro que la vuelta de mi persona a mi hogar esté resuelta de una u otra forma y me resigno a pasar el sábado en San Justo (where de devil lost his poncho...)
En el mismísimo ensayo me entero de que tengo una compañera de canto. Hacemos lo posible por escuchar algo de lo que cantamos mientras los jipis de los jueves aporrean sus tambores como piqueteros con hambre, todo queda más o menos en proyecto, ya veremos pero va a salir bien, no hay dudas. Tenemos siete vidas..
Va finalizando mi segunda jornada coronaderil y al preguntar horarios de la fecha, me informan: Prueba de sonido a las siete de la tarde.

Actuación... a las dos de la mañana.
Laputamadrequeloparió. (¿Sacó ya la cuenta, señora? si, siete horas de amansadora. O definitivamente me amansan el carácter o un día me estalla un Che Guevara en el camarín..)

Sábado a la noche..
Emprendemos el viaje, ellos en micro, yo en el auto de Tin. Cuarenta (???) minutos después, tras algunas vueltas desorientadas a la manzana, encontramos la puerta de Circus. Dios mío, llegamos al far west...

La prueba de sonido sale bien, tocan un rato largo, después subimos todos al escenario. Micrófono en mano vamos probando con Juls los tonos y las estrofas y parece que más o menos ya tenemos todo cocinado. El repertorio que eligieron es Lendas, el samba reggae de Daniela Mercury y uno de Timbalada que armamos hace un tiempo para ese bloque jipi y sale como trompada.


Peeero...


El lugar se empieza a llenar mientras nosotros merendamos en el camarín y yo vuelvo a pensar qué carajo estoy haciendo yo en San Justo, partido de la Matanza, un sábado a la noche en un paraje por donde sólo falta que rueden los fardos de pasto por la calle, en una fecha que nadie sabe bien de qué se trata ni quién viene.
Y entonces arrancan las bandas.
Al minuto, con la lucidez que me caracteriza, me doy cuenta de que no tenemos nada que ver con el lugar, ni con las bandas, ni la gente creo que tenga algo que ver con nuestra música. Cuando el grupo anterior, que se llama "Cuatro pesos" (vaya haciéndose un panorama mental) arranca con un rocanrol de aquellos (una mezcla de la bersuit con a veces divididos, un cantante pelirrojo, barbudo y petiso que canta en shorcito rojo, remera naranja y zapatillas sin medias) tengo la intuición de que si salimos cantando Lendas de Marisa Monte lo menos que nos van a hacer es sacrificarnos con nuestros propios palillos Telperion.
Es una fecha jipi. Todo puede pasar.

Sobre el pucho le informo de mis inquietudes al director de los jipis de los jueves y hago una mini encuesta en donde compruebo que varios de los que aún no están inconscientes después de cinco horas y media de practicar alpedismo, llevan dentro, igual que yo, el mismo temor.

Y mientras transcurre al fin nuestra actuación agradezco el presentimiento y tenemos la noche en paz, salvo por una sola exclamación de beodo descontrolado pero no mucho que se da ya al final en un, a mi gusto, innecesario último toque y que mencionó algo sobre nosotros rimando el nombre con "tilinga", pero sin mayores consecuencias.

Vuelvo a casa cabeceando en el auto del Yeti puteando ya por deporte, y la charla ronda todos los temas posibles evitando hablar sobre la fecha que acaba de acontecer. El silencio gana y me quedo pensando en lo otro, en por qué lo hago, en lo a pesar de.

Entonces viene a mi cabeza la larga espera acovachados en los sillones (que alguna vez fueron blancos) de los camarines, esa ronda de pandeiros que se armó y arriba de la que cantamos todo lo que nos vino en gana, donde Caro se lució con sus destrezas y compartimos las voces y la jarana. Y compruebo con placer cómo las almas sensibles asoman, se dejan llevar sin pensar, se suman a veces en el momento menos pensado, abren una puerta a otro estar y aparece la música. Y ahí queda siempre claro quién lo hace porque lo tiene dentro y quién es el ganso ostentador de quien hay que huir, porque la música se me va volviendo vehículo, herramienta y caldo de cultivo.

Enhorabuena. Entonces todo el viaje queda justificado en esa roda improvisada, como una mágica respuesta a mis ruegos de pasar, por fin, jornadas musicales en donde despuntar el vicio sin más por qués que el porque sí.

San Justo, esta servidora, finalmente, agradecida.


viernes, 2 de abril de 2010

Arrobadora

Me gusta lo que me ayuda a expresarme tan directamente como un disparo, sin dejar ninguna niebla, ninguna duda.

Aplaudo que exista una letra nueva que me permita reunir a hombres y mujeres en una palabra solita, sin necesidad de los antiestéticos y poco fluídos as/os finales. Que me deje meter juntos, en el cuerpo de una palabra sola, la cualidad de ser distintos pero esencialemente lo mismo, carne y hueso, sangre de la sangre, seres que guardan una luz potencial.

Y también me maravilla pictográficamente que el símbolo sea una O gigante envolviendo delicadamente, sin quitarle el aire ni cerrar completamente la puerta, a una A que me lleva directo a mis ganas de por fin acurrucarme en un pecho amigo en quien confío.




domingo, 28 de marzo de 2010

El Zar Nicolás

Tiene el pelo siempre en rebelión como la peluca de Tato Bores. Los ojos verde gris, el ceño fruncido y la trompa permanentemente en posición como para largar el primer ¡uh! de todo lo que propongo.

Es el que anda de brazos cruzados, el candidato a ligar los castigos de los maestros, el que resuelve todo con un bife, lo asume y se va solito a pararse en el rincón. La injusticia le revuelve las tripas al límite de la violencia, la paciencia jamás lo acompaña, las niñas le temen y los varones lo odian en silencioso (y nada boludo) respeto.

Está de más decir que se ganó mi corazón el mismísimo día en que lo ví, cuando pude oler la nobleza que se desprende de su corazón voluntarioso.

Combatió todas mis propuestas de juegos, desestimó mi capacidad para contar cuentos, fue el primero con quien quedé parada sujetando firme la rienda en el borde del precipicio a la falta de respeto.

Pero nunca dejé de tenerle fé.

Tuve que salir con él después del episodio a tener en el pasillo una conversación de altamar:
-Nicolás, vos sabés que en todos los barcos hay un comandante, uno que es el que manda a todos los demás, y en este barco, el comandante soy yo. Pero un comandante necesita un valiente capitán.
(Me miró por primera vez en dos semanas)
-..Y yo quiero pedirte que seas mi capitán.
(el brillito en los ojos fue un destello de un segundo, cuando me miró fijo casi con desconcierto. Entonces, volviendo rápidamente a fruncir toda su cara, dijo las palabras que yo esperaba oír, con voz de cadete obligado a ir al kiosco)
-¡Bueno, está bien!

El barco toleraba un poco mejor el oleaje y ya casi empezaríamos a navegar mares más calmos. Venía mi prueba de fuego: el primer ritual de festejo de cumpleaños.

Yo, la nueva, la de afuera, la que no se sabe de dónde cayó, la que cuenta distintos los cuentos, la que canta canciones modernas, la que dice mal el lema, la que no anda tejida naturalmente por la vida y se pinta los ojos a la mañana, la que prende mal las velas, la que no sabe los colores de los días y confunde el día de la fruta con el del cereal, yo, la peor de todas, tenía que llevar el bote a través de la prueba de fuego. Y salir ilesa.

Preparé la imagen con cuidado, repasé los tiempos de la merienda, las canciones, los pasos, preparé las velas de cera que me trajo Andrea. Evoqué para escribir la historia de la cumpleañera la cálida sensación que me provoca cantar. Y en ese mismo estado, siguiendo la alegría de jugar que llevan mis manos, armé la corona de cumpleaños más hermosa que supe armar.

Como lo suponía, él boicoteó todo el ritual las veces que pudo, sin lograr que mi enojo saliera por los ojos como dardos ni una sola vez. Pero cuando calcé sobre la cabeza de Uma esa corona de gemas falsas y plumas de papel, escuché salir bajito de su boca:
-..qué linda corona..
Y supe que por fin soy su maestra.

sábado, 27 de marzo de 2010

Con la música a otra parte



Vivo entre músicos y maestros la mayor parte del tiempo. La música y el arte de educar son dos de las pasiones que sigo a todas partes, las dos cosas que haría todo el tiempo, que me salen como agua, que me hacen sentir cómoda en éste cuerpo y en éste mundo. Por eso, hete aquí, me hice maestra y también me volví musical.


El primer vicio lo despunto todos los días, dentro y fuera de mi pecera, donde puedo, desparramando lo que voy sabiendo, compartiendo a rajatabla las formas de tejer un mundo mejor.


Para despuntar el segundo, me metí hace años ya en el nido de los jipis, tambor al hombro, maza en cartera, micrófono en mano. Peeeeero... (odio los peeeeros, pero que los hay, los hay)


Cuando nos juntamos más de dos músicos de los míos, de los que padezco cada día, lo menos que quieren hacer esos malditos jipis rotosos es música, y pasan el tiempo bebiendo y urdiendo planes para recalar en algún colchón.


Lo que más me gusta hacer en esta vida es cantar, tocar, bailar. Cuando me reúno con mis músicos solo se dedican a comer, escabiar o fumar, y ya que están, a desguazar por orden alfabético a todos los no presentes, con la boca llena. Y no conformes con esto, si alguno se atreviera a musicar, le hablan encima, le ponen cumbia en el grabador de fondo y, en el peor de los casos, le piden que se calle para poder seguir discutiendo sobre la consistencia de la manteca sin interferencias.


Carajo...


Claro, pienso. La música es un buen disfraz para ostentar una vida interesante. Cuánto nabo debe su vida sexual al simple hecho de poder sacar dos notas juntas de una guitarra (que se enchufe en lo posible. Lo eléctrico tiene más llegada que lo artesanal, y las minitas aman los payasos y la pasta de campeón..). Cuanta boluda con una vida de paramesio ha logrado embocar y retener un par de meses a algún chongo gracias a la conga que adorna (literalmente) su living comedor, a la que solo le saca cuatro sonidos cuando hay gente que le resulta un buen ejemplar para seducir.


Hace tiempo me pasaba lo mismo con los actores. Yo amaba el arte de jugar a transformarme sobre un escenario y hacer reír. Pero el precio a pagar era fumarme unas peroratas larguísimas de gente que se sentía muy interesante y miraba a los demás por sobre su hombro de actor/actriz mientras encendía un pucho tras otro hablando de Chéjov (al que, sospecho, jamás habrán entendido)


Ahora me fumo gente que no para de hacer cursos, clínicas, técnicas, cátedras, hécates, pero que, señora siseñores, a la hora de hacer sonar y dejarme escuchar la música que llevan en su alma, hacen agua por todos lados.

El artista conmueve porque es conmovido por el arte que lo atraviesa, se vuelve instrumento de su arte para permitirle llegar a los otros y así conmover, que es el fin último (creo yo) de una manifestación artística.

El boludo se pavonea ostentando la dificultad como marca que lo distingue del resto de los mortales y hace en público un culto a su propio ombligo sin registrar que la gente se quedó dormida en el minuto catorce de su actuación, o convencido de que se duermen porque son todos unos boludos menos él, que es un groso incomprendido.

Y vos, pavote.. de qué lado estás?

(Me voy al supermercado chino a ver si el de la caja tiene ganas de tocar el pandeiro un rato y por fin me paso un sábado musical.)

jueves, 25 de marzo de 2010

Desperezando

Después de un verano demasiado laaaaargo (el tiempo siempre depende de qué lado de la puerta del baño está uno), chú uiks agou arrancaron los ensayos jipis nuevamente. Un fiasco el primero, una porquería el segundo, para no perder la costumbre. Si el mostro Neiman no estuviera pelado, le saldrían canas verdes. Los jipis están más rotosos que antes, tocan fuerte, se cansan, se pelean, discuten, se ladran, al rato el bajista prende fuego también y mientras yo pido que alguno se apiade de mí y me pase una copia del disco para ver qué demonios fue lo que finalmente quedó grabado (y poder así cantar la misma versión) Pol no sabe si llorar o abrir el gas.


Y en el medio de este despertar de una siesta demasiado larga, nos cae una fecha para tocar un acústico en FM La Tribu.

Por supuesto, todos los jipis tenían otra cosa que hacer, y cuando el mostro ya estaba empezando a putear en japonés mientras hacía pucheros y guardaba su viola, su caja, su carpetita roja de letras, un puñadito de jipis (que son jipis pero no boludos y saben que cuando al mostro se le fríe el cerebro hay peligro de muerte) pandeiro, tamborcito y shaker en mano le armamos la bandita para evitarle el infarto. (nota del autor: algo malo debe haber hecho este pibe en otra vida para quedar adherido musicalmente a esta gentuza)


Llegamos por separado pero casi puntuales. Nos sentamos en el bar y desprolijamente contrabandeamos una coca de litro y medio y unos chizitos, que el presupuesto no da para lujos ni para salir de copas. Para matar la ansiedad (y entrar con paracaídas) propuse repasar los dos temas que debíamos hacer sonar en el programa, y ni bien los dos violeros soltaron los acordes, la producción entera del programa se nos vino al humo. Amables, dicharacheros, nos pusieron al tanto de la rutina, nos hicieron preguntas que no sabíamos responder y nos saludaron con besos en orden alfabético. Quedó establecido que el único con cultura y vocabulario (y que no se comía las eses) era el mostro, así que nosotros nos relajaríamos mientras él cargaba con la responsabilidad de dejar la mejor impresión.

Por supuesto, ni bien pisamos el estudio, nos engolosinamos.

El gordo se metía en largos bretes intentando explicar la relación de la banda con La Chilinga propiamente dicha, Noelia movía la cabeza respondiendo sin audio, Germán quedó mudo abrazando la guitarra, Pol se tomaba su tiempo para pensar las respuestas y a mí todo me provocaba una risa cacareante y ganas de patear todos los centros con un millón de acotaciones pelotudas que rayaban todos los precipicios.

Y como pan del sandwich sonaron las canciones, lindo y grave el surdo, juntas las violas, con brillo el pandeiro y las semillas, con placer y en armonía nuestras voces.

Y si. Agarráte, mundo. The jipis are back.






martes, 23 de marzo de 2010

Ensalada waldorf


En casi un mes entero de clases, un verano de mates bajo la morera y cien abrazos de maestro, aprendí:

* Que un colibrí es una señal de que vas por tu camino.

* Que treparse a un árbol es el sano juego que deben practicar los niños.

* Que los recreos no los marca el reloj; los pide el cuerpo.

* Que una tarde planificando juntos y dibujando en el pizarrón me parece la manera más romántica en la que se puede pasar una tarde.

* Que un salón de clases debe tener el calor de la cocina de una casa en donde se toma mate.

* Que reír es algo que no sé si ellos aprenden de mí o he aprendido yo de ellos.

* Que hay que ser definitivamente un loco para tener tanta fe en que se puede cambiar el mundo enseñándolo mejor. Y que yo lo soy.

* Que empezar la mañana con dieciocho pares de ojitos esperando que los maraville es el mejor trabajo del mundo.

domingo, 21 de marzo de 2010

La flor que me gusta la corto y me voy..


Al parecer tengo las manos proclives a sus poros, y se me van para rozarlo al descuido con cualquier excusa.

La eternidad dura menos de lo que parece.
Yo disfruto de los pequeños contactos con su piel sin retenerlos.
Apenas como parte que son del entramado fugaz de los días que hacen una vida.

lunes, 15 de marzo de 2010

Pausa para respirar en el tiempo




Algunas veces tengo la sensación de que el mundo habla una lengua y yo otra. Esos días quisiera que todo enmudeciera para entenderme con los demás tan sólo con mi tambor. Encontrar en esas ondas que mueven el aire ese mundo en donde no se traiciona, ni se finge, ni se destroza, ni se hiere, ni se ataca. En donde lo normal no es lo espantoso, en donde la palabra dada es promesa, en donde el corazón está puesto en el hacer. En donde la mierda sigue siendo claramente mierda y no por ser habitual pasa a ser parte de la aceptación cotidiana.

Yo decidí muchas veces. Decidí lo que sí y lo que de ninguna manera, no, nunca.

Yo podría ser hoy una rubia en camioneta con hijos en colegios pagos.

Yo podría ser hoy una empleada municipal que recibe sobornos.

Yo podría ser hoy un ama de casa gris y repleta de bilis esperando a que él vuelva con olor a otra.

Yo podría ser hoy una novia paciente para enseñar las cosas que nunca florecerán en él.

Yo podría ser hoy la mejor abogada de la farándula.

Todas esas que no fui, todos esos rumbos que torcí con cada decisión, todas ellas podrían juntarse conmigo a tomar el té en algún cruce de dimensiones inexistente. Y yo, mientras las miro comerse las uñas, mientras escucho el ronronear incesante de sus mentes, mientras las veo mirar de reojo lo que la otra tiene, mientras las escucho hablar de sus hombres como sus más grandes logros, mientras las intuyo durmiendo con el corazón totalmente solo, podría decirles que no me arrepiento de haber elegido el camino más largo, o más solitario, pero que me lleva definitivamente a andar por la vida sintiendo en la desnudez de disfraces de mi piel el viento de apostar a lo mejor para mí misma.



viernes, 5 de marzo de 2010

De cómo siempre se puede encontrar un amor de tu vida cuando menos lo esperás

La china está renovando su habitación. El color azul que teñía la pared principal se le volvió demasiado aniñado a sus ojos y empezó a dar vueltas fastidiosa buscando un cambio (así como hago yo para terminar rapándome temerariamente a manos de mi peluquera dark con desorden de personalidades múltiples). Por suerte, a ella le da por las paredes.


Embarcadas ambas en la reforma total (lo nuestro siempre es a todo o nada) orientadas por su pasión sanguínea por los tigres, le dimos a la pieza un tinte oriental y la decoración fue mutando de kindergarden acuático a restaurant de sushi. Así, las paredes tomaron color borravino y los muebles de colores fueron esmaltados en negro (todo made in mamá mezclando pintura y cruzando los dedos para embocarle al mismo color, of course). Hicimos un viaje en bondi hasta Devoto para volver nuevamente en el mismo transporte con sendos puffs (muertas de risa con mi idea de usarlos para viajar sentadas en el 21), quedamos decoradas como cebras gracias a nuestra torpeza natural que nos hizo apoyar el culo en absolutamente todos los muebles recién pintados (decoración que duró una semana, porque el esmalte es imposhiiiible de sacar del cuerpo a fuerza de esponja y jabón), y el viernes, el casi toque final estaba programado. Mercadolibre mediante, compramos unos moduletes de fresno negro que se convertirían en biblioteca cúbica para colgar en la pared.

En un ataque de extremismo ahorrista, decidí hacer el pago en persona y retirar los módulos del local que, según versaba el anuncio, era en "capital". Yo siempre olvido que la capital es grande y encierra barrios misteriosos. El local era en Caballito...

Luego de pasar la cena estudiando la filcar (mi dificultad para entender un mapa merece un post aparte) entendí que la mejor manera de viajar era llegar hasta la terminal del subte D y tomar el subte A hasta casi su terminal. O sea, tenía que salir de mi casa a las cuatro para llegar a destino a las seis.

Luego de la reunión de maestros, con toda la tarde del viernes por delante, metí el tejido en mi bolso rojo (estoy haciéndome unas pantuflas amarillas divinas), cargué el mp3 y me dispuse a pasar una tarde de mi vida montada en transportes públicos.

Al primer subte, poca bola. El estilo impersonal y rejuntado de la línea que viaja debajo de avenida Santa Fe no me despierta mayor asombro. Me la pasé tejiendo mientras escuchaba la conversación de dos maricas divinos que no sé si contaban su vida amorosa o la mía, lo que me dejó con la sensación de que encima de todo, ni siquiera soy original para las complicaciones.

Tomar el subte A en cambio, es como sacar un boleto a 1920. El detalle de las columnitas ornamentadas, los azulejos amarillos de las estaciones, las letras esmaltadas sobre chapas azules, la madera de los asientos, la penumbra del vagón.. iba comiendo gotitas de amor billiken (implorando no partirme una corona en mi afán de masticar cada caramelito con furor) y sintiendo que el tiempo metido en el tren iba marcha atrás, paseando con todo el cuerpo por las venas de la ciudad.

Después de una eternidad entretenida, llegué por fin al culo del mundo a buscar la biblioteca para chinatown.

Inmediatamente supe que, efectivamente, el subte A viaja para atrás en el tiempo. Una galería sesentosa, laaaarga como esperanza de pobre, llena de locales diminutos, uno al lado de otro, casi todos cerrados y tapizados con papel de diario, era el destino indicado. Allí debía buscar el local 35 (como decía mi papelito en donde había tomado nota de todo lo que la voz con la que acordé la transacción me había indicado). "Te va a estar esperando Maxi" me dijo la voz en el teléfono. "El tiene la nota de pedido y ya se está ocupando de llamar al taxiflet. A las seis te espera en el local". Caminé por el pasillo con dibujos psicodélicos en el piso, círculos rojos con bordes dorados, ya tentada de la risa pensando en todas las posibles situaciones que podrían esperarme en un lugar tan desocupado como aquella galería. Los negocios vacíos, empapelados con diarios amarillentos, una librería repleta de libros viejos, cerrada y oscura, ni un sonido de radio con cumbia. Allá a lo lejos, casi al final, la luz fluorescente que salía por una puerta abierta me dio la esperanza de encontrar algo con vida. "¿Local 35?" pregunté con la sensación de estar dando algún tipo de contraseña secreta. Del local liliputiense de vidriera modernosa forrada de negro emergió tímidamente un muchacho más asustado que yo. Después de un silencio inllenable que sobrevino detrás de la presentación de rutina, pregunté si el flete que me llevaba de vuelta estaba ya en camino. Él contestó algo, amablemente llamó por teléfono, me entretuvo mostrándome distintas fotos de cómo quedaría el modular y entonces, mi mirada se perdió tarareando mentalmente "Azul" de Cristian Castro y fue a parar debajo de la escalera.


Y lo ví.


Se me fueron los ojos abiertos como monedas detrás de la mano ya estirada y al grito de "¿¿y ésto??" me arrodillé a sus piés. Miré al muchacho con la manito estiradamente quieta como pidiendo permiso para tocar.

Era él. Yo sabía que era él. Tapa de guatambú y cuerpo de fresno, de color oscuro y detalles arabescos, con el agujero en forma de diamante y dos cuerdas graves como bordona, él era el cajon flamenco de mi vida. "Los hago yo.." dijo el chico alto y rubio (y anoté que ya tengo un motivo más para darle unos besos en cuanto la vida me lo permita, además de esos ojazos azules de artesano sensible que tiene)

Corrí a buscar un cajero para sumar al contingente bibliotecoreril al nuevo amor de mi vida (lo mío no es dudar) y nos vinimos en flete todos juntos, con un señor de lo más fastidioso que movía la patita mientras se fumaba un Marlboro atrás del otro mientras yo miraba pasar la vida por la ventanilla, chocha de la vida sabiendo que el Roberto que me faltaba venía viajando a mis espaldas, codo a codo con las bibliotecolas de la china.

Por supuesto, me pasé las horas siguientes sacándole todos los sonidos que trajo dentro, casi me vuelo tres falanges, tengo las manos como racimos de salchichas y los vecinos ya no me mirarán con el mismo cariño que hasta hoy.
Pero qué placer da encontrar por ahí las cosas que pertenecen a mi alma.
Y olé! (con todo respeto)





lunes, 1 de marzo de 2010

Miratlón

Una está acostumbrada a mirar furtivamente. A pispear y ser pispeada. A relojear y dejarse espiar al partir. A las bajadas de pestañas como persianas declarando la siesta.
Pero no es costumbre descubrirse mirada con ojos abiertos y curiosos. Ojos que te miran la envoltura y miden despreocupadamente por dónde empezarán a pelar el caramelo. Ojos redondos y ávidos como los de los niños. Ojos que miran con despreocupada atención sostenida. Ojos que declaran en su redondez que lo que miran les gusta.
Entonces la sorpresa anula la reacción.
Y qué glorioso es mirarse con ése otro completa y francamente de frente hasta que se suelta la risa.












lunes, 22 de febrero de 2010

Niú Eva Test

- ..y vivo con mi china.


- ¿Las dos solas?


- No, con la gata también.


- ¿y novio? ¿tenés novio?


- (se me contractura el cuello, se me tuerce la boca como en una embolia, se me van los ojos para arriba, uffff, ahí viene de nuevo..) No.


- (...) ¿y por qué no tenés novio?


A ver, acá es donde intento explicar sin éxito que eso que todos llaman pareja me parece una porquería, que yo misma lo intenté como cuatro o cinco veces, que de golpe me encontraba tan cambiada, tan distinta de mí que no podía reconocerme, que terminaba siempre sentada en el cordón de la vereda preguntándome qué era lo que hacíamos mal para que, indefectiblemente, en un plazo de alrededor de cuatro años, todo se fuera al mismísimo carajo.


Que me niego a creer que el amor tiene que ver con ese sentido de la propiedad que hace que uno llame como un boludo todas las putas noches al otro para tener un parte aproximado de lo que se ha hecho en el día, que se de por sentada la compañía aún cuando vamos al cumpleaños del primo Rodolfo al que le importamos un comino y quien a su vez nos importa un comino a nosotros, pero vamos juntos, porque somos dos de ahora en adelante y para todo. Pero que nada tiene que ver mi idea de libertad con la práctica del garche permanente e indiscriminado con cuanta persona se encuentre en la periferia, porque para mi el amor SI es compromiso. Y eso poco tiene que ver con un anillito de plata, pero mucho, muchísimo, con vivir escuchando y dejando galopar al corazón.


Que estoy podrida de la gente que escatima sus sentimientos y vive protegiéndose del otro, creando distancias insalvables con el tiempo que van apagando el deseo en todas sus formas.


Que no concibo que quien esté a mi lado no sea mi mejor amigo.


Que pienso que la tradición, la forma aprendida de estar en pareja, deja de lado el ser compañeros, porque por lo general se elige desde un sentimiento romántico y no desde el conocimiento fresco del otro, se da el acercamiento desde una pose y no desde el simple hecho de "esto soy yo, acá, puteando en cuatro idiomas porque tal cosa no me gusta y escuchando a Cristian Castro porque Están lloviendo estrellas me hace dar ganas de bailar dando vueltas y me chupa un huevo que al resto le parezca una grasada, es lo que hay, el paquete viene así, tómalo o véte al cuerno". Que lo que yo quiero tiene más que ver con eso, con ser compañeros, y por sobre todas las cosas, que sea la persona con la que más me puedo morir de risa en este mundo o gozar del silencio compartido. Porque si es por una cuestión de no estar sola, tranquilamente me compro un perro y la resuelvo.


Pero por lo general, harta de gastar saliva y pólvora en chimangos, y de ir viendo mientras hablo cómo la gente ladea la cabeza con pena mientras me mira y deja de escucharme en la quinta oración, contesto directamente:


-..es que soy una mina jodida.


Y todos los gansos contentos.




viernes, 19 de febrero de 2010

No soy de aquí..

Venía leyendo los mails de mi casilla y me encuentro en uno con un link a youtube. Lo toco y salgo disparada derechito hasta Facundo Cabral.

Cuando era chica, en la casa de mi viejo se lo veía y escuchaba muy seguido. Pululaba siempre por el programa maratónico que tenía Badía los sábados. Mi viejo lo amaba y lo escuchaba con atención, y a mí se me hacía sorpresa verlos tan parecidos físicamente. Como mi viejo era (y es)casi siempre una ausencia, yo escuchaba hablar a Cabral mirándolo como si fuera mi papá metido dentro del televisor.

Como suelo hacer siempre, a partir de un inocente link desato una locura y me voy saltando de título en título a encontrar todo lo que puedo relacionado con lo que ví, siguiendo un caminito hasta que me topo con lo que no sabía que buscaba pero por fin encuentro.

Escucho hablar a Cabral en programas venezolanos, miamienses con acento cubano, españoles; lo oigo contar de su vocación de trotamundos, del mágico encuentro en un bar con la que fue su única esposa y madre de su hija, muertas ambas en un accidente aéreo cinco años después de aquél encuentro; lo escucho contar cómo la madre Teresa lo salva de la tristeza invitándolo a trabajar con ella en un leprosario; lo escucho hablar de la libertad, del desapego. Escucho y espero que su destino de padre virtual le haga entregarme una palabra sabia, plantarme una pregunta, soltar una pista.

Y de pronto, en una entrevista, lo escucho:
" En Guatemala hay una comunidad indígena, descendientes del maya, que al irse a dormir por las noches, en vez de decir hasta mañana, me voy a descansar, dicen: me voy a ensayar la muerte. Entonces pienso..¿y si la vida fuera tan sólo lo que va de la mañana a la noche? ¿y si esto que llamo dormir es una muerte pequeña? porque al fin y al cabo, tampoco sé si la otra dura un segundo o es eterna.. entonces, eso significaría que tenemos 365 vidas por año.. ¿quién me dice entonces que no puedo empezar de nuevo? Todos los días hay una posibilidad extraordinaria de irse o de quedarse."

Y con esas palabras que me dan vueltas como lunas, me quedo mirando la lluvia por la ventana.


miércoles, 10 de febrero de 2010

Seño con casita nueva

Encontré un nuevo colegio (o un colegio me encontró a mí. O nos encontramos mutuamente).

Detrás del acto de arrojo de renunciar sin paracaídas me esperaba una escuela con nombre de luna creciente y los brazos como una cuna para empezar a escribir un capítulo más (insisto en que si cualquier persona escribiera amenamente su vida, el mundo estaría lleno de novelones..).

Anduve sus rincones silenciosos durante el mes de enero, de la mano compañera de quien informalmente oficia de directora, por antigüedad y olfato. Recorrí las páginas de su pedagogía que ya me sabía en parte por andar siempre metiendo la nariz en cosas nuevas.

Encontré un maestro que se volvió compañero en el matecito con canela de todos los días que trajo febrero, debajo del árbol de moras que preside el patio prometiéndome la alegría de enchastrarme con mis enanos probando su fruta. Y ahí debajo, en largos encuentros con color de siesta, fueron apareciendo (y siguen) todos los otros que le dan forma a sus rituales y sonidos.

En esta luna, los maestros pasamos de grado junto con los enanos, para verlos crecer de nuestra mano. Por eso el ritual indica que primer grado empieza un día después, para que toda la escuela se prepare para darles la bienvenida. Ese día vendrán con su familia y se sentarán con los suyos para vernos recibirlos con canciones y dibujos. Entonces los iré llamando uno a uno por su nombre. Nos saludaremos conociéndonos y uno a uno les daré el regalo que estoy tejiendo para ellos: un colgante con los siete colores del arcoiris, porque mi tarea será que reconozcan y hagan brillar sus colores verdaderos, los que todos tenemos, los que nos hacen ser azules a veces, apasionadamente rojos, generosamente verdes, enamoradamente naranjas (Yo sé que seré amarilla cuando los reciba..).

Hoy, en un sonriente silencio bajo la morera, alguien dijo "por qué será que éste grupo y vos van a encontrarse" y me quedé pensando en esas vueltas de la vida que, disfrazadas de coincidencias, nos llevan a definir quiénes somos.

En todo el camino que recorrí con éstos pies para tener el corazón listo para cruzar, otra vez, el Estrecho de Magallanes.




lunes, 8 de febrero de 2010

Yo quiero ser una chica Almodóvar

Lo más difícil de hacer es abrir el corazón y reconocer en él que yo amo.
Sentirme expuesta a descubrir en el otro quizás la ignorante estrategia para nunca entregarse con tal de evitar el dolor (que es tan parte de la vida como la misma muerte).

Lo más difícil es hacer que la cabeza deje de dar alarmas y dejarse ir tras el sonido del mar, tras el canto de sirenas que se oye y se niega.

Qué es lo que amo en él es lo que no descubro. Cuál es el aroma que mi esencia percibe, dónde está la magia que se le suelta a veces y luego me escatima hasta dejarme agotada.

Qué códigos indescifrables para los sentidos están siendo transmitidos desde él para que yo sienta que me derramo si la distancia se acorta y no logre superar con la conversación de la voz la conversación que estos cuerpos sostienen.

Por qué siempre el error de pensar al amor como lo que encadena cuando es la declaración de libertad más grande que encuentro.
Porque yo amo a quien quiero, cuando quiero y como quiero, y sobre eso no tiene poder ni siquiera el mismísimo dolor.

Por qué voy a andar a medias tintas "queriendo" si puedo amar y dejarme atravesar por el placer que este sentimiento me provoca.

Mala prensa tiene el amor que anda en bocas de absurdas caricaturas, agarrados sonsamente de las manos dejando claro para afuera que son suyos, uno del otro pero ninguno de sí mismo. Mala publicidad en tarjetas con osos sonriendo estúpidamente mientras enmarcan una caligrafía llena de rulos y vueltas sobre sí misma. El amor se nos escribe adentro líquidamente, y nos marca los rasgos y las risas.

"El hombre corriente se preocupa demasiado por querer a otros o por ser querido por los demas. Un guerrero ama; eso es todo. Ama lo que se le antoja o a quien se le antoja, sin mas, porque si. "
Don Juan; ( Una Realidad Aparte)


No lo quiero besar. Quiero aspirarle el alma entera por la boca y soplársela de nuevo en los ojos, pero para siempre distinta.



miércoles, 3 de febrero de 2010

Aprendiendo a percutir sobre el corpacho.

Tengo el culo inquieto. No puedo parar de hacer, pero sobre todo, de aprender.
El lunes, con cuarenta y ocho de marca térmica personal, abandoné mi residencia Olivense para bondi, subte, pateamiento de ocho cuadras, tocada de timbre seguida de chiflido que anunciaba que, por motivos ajenos a la voluntad general, el paspado dueño de la sala se había olvidado de nosotros y la clase daría comienzo en la mismísima plaza de enfrente (con una marca térmica personal que ya rondaba los cincuenta) (chst, la térmica la siento yo y marca lo que a mí me parece)
Cuarenta minutos después llegó el paspado dueño salístico y la clase siguió dentro del saloncito, pero el daño ya estaba hecho. Transpirados como tapires y enchastrados de tierra por la polvareda que levantáramos zapateando en la plaza, oliendo a búfalo asado, completamos la hora y media que faltaba intentando disociar ambos lados del cerebro para manejar coordinadamente (no digo grácilmente porque.. no.) piernas y brazos para lograr la musicalidad a la que Santiago apuntaba.
Y aunque tengo los muslitos color violeta (porque cuando cacheteo, cacheteo con pasión, SÉPANLO), sigo insistiendo en el patio de casa mientras espero al plomero que me arregle el desbarajuste que me está haciendo llover adentro de casa:

TOMA UNO: "Es imposhiiiible"


TOMA DOS: "Oh my god.."


TOMA TRES: "Boluda contenta"

domingo, 31 de enero de 2010

Si la vida te da limones...

Internet nos ha cambiado la vida.

Chst, momentito, no terminé. No me refiero solamente al hecho de poder mandar un e-mail a España con solamente un click (que ya es bastante) en vez de tener que sentarse a esperar cuatro meses a que los barcos llevaran y trajeran aquellas cartas de carne y hueso con estampilla violeta del Rey Juan Carlos que mi abuela esperaba como única manera de saber qué había sido de los suyos en la aldea. Me refiero a algo mucho más sutil.

Ayer me encontré sentada en el banco del jardín de una casona de Florida viendo tocar y cantar a mi compañerito más delincuente de la escuela primaria, convertido en todo un pelado hecho y derecho.
Feisbuc mediante, todo este último tiempo está reapareciendo en mi vida gente que (por una cuestión de decantación natural) debería haberse perdido en el mismo tiempo así como desaparecen bajo la vegetación los antiguos senderos que nuestros pasos dejan en el verano dentro de un bosque (mierrrda que estoy inspirada..)

Yo, en la primaria, la pasé como el orto, para qué negarlo. En aquélla época el mundo me agredía con la separación de mis viejos, por ende (noto ahora), lisa y llanamente el mundo me agredía. Cuando uno es chico y luego adolescente, suele ser un boludo desconsiderado, ya que no es posible mirar más allá del propio ombligo. Y hace cosas boludas. Así, a través de la vida, víctimas y victimarios van por ahí sin volver a verse ni explicarse, llevando a cuestas todo lo que nos convierte en nosotros mismos.

Eran pocos los recuerdos que subsistían en mi memoria, felices en los dos primeros años, terribles en los cinco restantes. Tengo la sensación de haberme apagado durante mucho, mucho tiempo. Volver a ver a aquél que tantas veces (en mi sentir) me había maltratado era algo parecido a salir a la arena del ruedo para enfrentar al toro con un pañuelito de papel tisú.

Ahí recordé que ahora sé que la mente siempre me hizo trampa.

A la tarde, como para darme un baño de inmersión en mi infancia y llegar a la cita con aquél sátrapa en un estado de ánimo algo más lúdico, puse la palabra "Parchís" en Youchufff. Aparte de provocar que la china terminara demostrando sus genes cayendo rendida ante los movimientos de estrellita de rocanrol de la ficha roja, como yo misma hace veinticinco años atrás, encontré varios videos que mostraban a los parchis hoy. O sea, gordos, grandes, alguno con un brazo menos, fumones y con ganas de más. Con semejante máquina del tiempo a la mano, se me desató una locura (y van...) y me puse a revisar cosa por cosa lo que yo miraba, lo que veía, lo que me dio forma a mí y a ésta generación mía que me resulta tan jodidamente difícil de descifrar. Me puse a mirar con mis ojos de ahora. Y vi las hilachas. Cómo todo eso que parece tan enorme, tan brillante, tan impresionante cuando uno es chico, cambia de impresión ahora que respiro.

Llegada la noche, después de la autopsia indolora a los años ochenta (que en algunas secuencias me hizo ver de dónde sacó Capussoto tanta bizarrez), me acomodé el pelo corto, me encremé los tatuajes, me trepé en mis zapatos y me fui a ver el principio de mi camino con ojos nuevos.

Entonces, ese caníbal que me había torturado, cerveza mediante, puso en palabras imágenes que yo completé con las mías. Los cuatro que éramos nos reímos de nosotros entonces y de nosotros ahora, completamos las historias con las fichas del rompecabezas que cada uno tenía guardadas y la mirada cambió. Y cuando al final de la noche nos dimos un abrazo de despedida, fue por fin un abrazo cicatrizante de veinticinco años (casi tan bueno como el aloe vera).

Y la niña que sigo siendo (la que nunca dejaré de ser) volvió a casa reconciliada.

Y profundamente agradecida.





(Yo vestida de Bo Derek, sátrapa en el frente con bufanda y bigotes)

jueves, 28 de enero de 2010

nada.. (videoclip mental)

(Ponga Play)
(imagine una ruta de esas rutas llenas de campo y árboles a los costados, a veces girasoles, a veces soja, a veces sólo pasto, con alambrados que pasan finitos y las vacas y los caballos y los espejos de agua y allá, por todos lados, un cielo celeste con algunas nubes cada tanto)




(andar con la cabeza apoyada sobre el brazo que descansa en el marco de una ventanilla con la cara a contraviento sonriendo sin más motivo que el pellizco que siente a la altura del diafragma mientras se suceden en la cabeza del lado de adentro todas las imágenes de lo bien que la ha pasado usted en esta vida cada vez que sintió ese pellizco y un beso precedió su partida a algún lugar al que usted llegaría viajando con la cabeza apoyada sobre el brazo que descansaba en el marco de una ventanilla con la cara sonriendo a contraviento.)

lunes, 25 de enero de 2010

Chinatown

La China trae amiga a dormir a casa.
Yo, confinada a la soledad de la estancia (que vendría a ser el living, pero odio la palabra living) amorsatada en el sillón con mi tabaco y mis libros, amenazada con el exilio si oso entrar y hacerme la simpática.
Ellas orbitando alrededor de la computadora.

Amiguita:-Ay, pará, pará, tengo que escuchar una canción. Buscála en Youtube.
China:- ¿Cuál?
Amiguita:- Una que me dijo Él. Si, me dijo que estaba buenísima, que la escuchara.
China:- (...)
Amiguita:- Ay, porfi, quiero escuchar la letra. Seguro que dice algo, me lo dijo por algo. ¡Quiero escuchar la letra a ver qué dice!
China:- (Mirándola fijo a los ojos y con una mano apoyada en el respaldo de la silla) A ver si entendés: si te dijo que la escuches porque está buenísima es nada más que eso, le parece que la canción está buenísima. No hay mensajes ocultos, no te quiso decir nada sobre la letra ni está pensando que descifres ningún mensaje. Cuando un varón te dice algo, es LITERAL, ¿entendés? ellos siempre quieren decir lo que dicen. Y si querés que te entienda, más vale que también seas directa. Para los varones NO EXISTEN LOS MENSAJES SUBLIMINALES.
Amiguita:- ¿Qué quiere decir subliminal?

Yo, pasmada en el sillón, pensando cuánta guita despilfarré en terapia hasta que llegué, en veinte años, a la misma conclusión.


sábado, 23 de enero de 2010

Colores verdaderos

Enero.
Enero de 36º promedio de temperatura.
Enero escaso de viajes que tiene a todo el mundo apiñado comprando Rolito en Buenos Aires.

Yo ya sé que lo mío no es planificar, pero insisto. Y así vi cambiar de hoja todos mis planes de sierras cordobesas y mares uruguayos a manos de mi limítrofe decisión de renunciar con una claridad de corazón que no me conocía.

Esta insistencia en buscar por adentro de mi esa voz ahogada, esa voz mía, revolver sacando la basura, hurgar entre tanto mueble inútil y por fin agarrarme la mano y empezar el rescate, fue floreciendo sin que yo me diera demasiada cuenta. Muté hasta que me volví más parecida a mí y ya no se me hace posible no caminar de acuerdo a como siento. Y confío en que lo que sucede no es bueno ni malo. Es parte de mi camino.

Después de tanto parto, de tanta verdad para conmigo, de tanta entrega sincera, una escuela nueva me llegó hasta los pies y en quince días estaba reorganizando mi verano entre pintura en el patio y libros y más libros en la mesa del living (busquemos ya una palabra para ese cuarto que no sea "sala").

Las dos primeras semanas me convertí en una trituradora de conceptos que se metieron en los surcos de mi cerebro mientras, de pausa en pausa, aprendí a sacarle a la lira las canciones que yo me sé cantar. Se me metió la antroposofía por un ojo y me quedé pasmada con la claridad de alguien diciendo cosas tan modernas setenta años atrás. Me reconocí en muchas páginas mientras intentaba jugar con las pastas formando colores como harán los enanos que voy a conocer este año y a los que acompañaré hasta el final de su tránsito escolar, pasando de grado todos juntos de la mano.

Siempre viví mi trabajo con emoción (díganme cómo se puede ser formadora de niños y dejar el corazón en el ropero..) intentando amoldar mis ideas de respeto profundo a la infancia con la locura exitista de lograr que los niños sean cada vez más temprano convertidos en pequeños adultos, descifrando la escritura sin tener aún real conciencia del significado de una palabra, operando con varias cifras como promesa de futuros genios adolescentes, perdiendo por el camino los únicos doce o trece años de su vida en los que podrán ser niños en pos de ganar una ficticia carrera contra el tiempo. De pronto me encuentro con una escuela que propone las locuras que yo pienso. Y, aunque convengamos que las escuelas no son en sí mismas maravillosas o no (eso siempre será obra del ser maestro), es mucho más cómodo ir por la vida con un zapato que a uno le calza justo.

Entonces voy navegando entre palabras nuevas, entre nuevos conceptos que no me son tan nuevos, en donde la palabra que tanto me da vueltas aparece una vez y otra vez frente a mi nariz: fluir, fluir, fluir.

Y allá fui y allá voy, colgada de una liana al grito de ¡banzaaaaaaiiiiiii! a tirarme en aguas profundas, a entregarme de una vez a todo lo que digo, a ver cómo es, y casi que me sale bastante bien esto de ir sin oponer resistencia, sin agarrarme (y mierda que aprender a soltarme fue más difícil que dejarme sacar una muela de juicio)

Pero cada paso que doy me lleva un poco más lejos del mundo en el que solía vivir antes, cuando no me preguntaba nada, cuando todo era cuestión de repetir las mismas reglas para obtener los mismos resultados que, no te hacían feliz, pero no demandaban demasiado esfuerzo. Y a cada paso tengo que volver a inventar el mundo, a inventarme en esa que voy siendo.

Mientras mi espalda protesta con contracturas tamaño baño por las responsabilidades que siento sobre mis hombros, yo voy dibujando la maestra que puedo ser, la que quiero ser; calculo mentalmente el camino que mi hija recorrerá sola hasta su nueva escuela, pienso con felicidad que nos hemos ganado la media jornada y que las tardes (al menos varias tardes) serán por fin nuestras y voy dibujando la madre que quiero ser, la que voy siendo; encuentro unos espacios de charlas maravillosas con mamá, unos lugares en donde hablamos de una manera nueva, muy cercana, de dos mujeres que se van reconociendo y se eligen en cada charla, y voy dibujando la hija que quiero ser.

Pero todavía, por más pastas de colores y pinceles que me traiga, el papel en blanco me mira desde el piso esperando que me decida, esperando que mueva los dedos y le dé el color nuevo, la forma brillante, y yo no consigo, no logro todavía, no encuentro cómo, con qué trazos firmes, dibujar a la mujer.


domingo, 10 de enero de 2010

La otra negra



Anoche, noche de sábado, montadas en bicicleta, nos fuimos con Andre a ver a la otra negra, a la negra Liliana Herrero.


La primera vez que me conmovió su voz fue escuchando en el living de Pocha la Oración del remanso, de Fandermole. Su manera de decir es lo que me fue mostrando qué es lo que un buen artista logra en su ejecución. Liliana sangra, llora, ama o ríe con una intensidad que se puede casi tocar en el aire.


La voz de liliana tiene color de río, tiene el vaivén caprichoso del agua dorada del Paraná. Verla cantar, tan sencilla, tan de pan y de vino, puede ser un remanso o una correntada que te hace sentir el mismo dolor que supongo habrá dolido a la mano que escribió las letras.


Cuando la Quinta Trabucco se despejó de gente (hay que ver qué huevos se deben portar para dar esos recitales gratuitos que convocan unos públicos mezcla de respetuosos seguidores con gente al pedo que no tiene la más puta idea de qué es lo que va a ver) quise esperarla. Pero nada tenía que ver la espera con firmas de ridículos autógrafos o histerias cholulísticas. Yo quería decirle gracias. Tantas veces la escuché cantar en mi equipito el sentimiento preciso que me navegaba, tantas veces me supo acompañar en la emoción sin saber siquiera que yo existo, tantas veces tocó ella mi corazón cantando que sentí que quería devolverle algo.


Mientras la esperábamos sin prisa acodadas en la valla, apareció Liliana fumándose un pucho después de la faena. Cuando nos miró, no pude hacer otra cosa que sonreírle como una nena y decirle mis gracias a la distancia. Entonces, lejos de los divismos y las poses pelotudas, me sonrió, se acercó hasta donde Andrea y yo la mirábamos estupefactas, y mientras decía "no puede ser que una valla nos separe" trepó al mismo tiempo que nosotras y, por encima de tanto fierro, nos dimos las tres un abrazo.


No me animé a llevármela, sentarla en mi living y convidarle un vino para escucharla hablar hasta el amanecer (intuí que hay que estar muy loco para irse con dos desconocidas montada en el caño de una bici) pero le dejé una parte encendida de mi corazón. Corazón que, por cierto, su manera de cantar ha contribuído a encender.


Aquí les dejo su versión maravillosa del tema de Jorge Fandermole.

Enamórense.




jueves, 7 de enero de 2010

The answer, my friend, is blowing in the wind..

La cosa más difícil de hacer es andar por este mundo escuchando al corazón.
Toda la vida nos preparan, con heredadas recetas arcaicas, para ser razonables, para evaluar cada decisión con interminables noches de traqueteo mental que nos tienen dando vueltas en la cama, para medir y calcular y sopesar y casi siempre, dar mínimos pasos, pero siempre sobre alguna ruta previamente trazada hacia el éxito. El éxito se mide de acuerdo a lo lejos que uno haya llegado en la vida, y por lo general, esa lejanía tiene que ver con cosas que podamos ver con los ojos y tocar con las manos, o básicamente, comprar con dinero.

Así, bien agarrados, nos convertimos en gente digna del elogio.

Soñar es signo de inmadurez.
Abandonar una oficina porque no se es feliz copiando números en un papel o viajando intermitentemente por el continente de congreso en congreso, o porque uno no está dispuesto a traicionar sus principios y realizar una tarea sin poner el corazón, es un signo de inmadurez.

Romper una pareja con una buena persona que además se ocupaba de pagar las cuentas y tenernos sin trabajar, o que nos miraba con ojos embobados esperando que le mostráramos el sentido de la vida, es un signo de inmadurez (pero sí es bueno que al hablar del tema uno diga cosas como "negociar, ceder y tolerar")

Creer en la palabra de la gente sin pedirle que firme papeles varios para asegurarnos de que cumplirá, ya más que de inmadurez, es un signo de locura.

La vida no está bien llevada si no nos demanda control, medida, cálculo, sufrimiento (sobre todo sufrimiento), trabajo que nos resulte duro, durísimo, y metas concretas. El mañana tiene que estar ahí, siempre presente en la cabeza, el mañana, el mañana, el mañana. Todo lo que hacemos en la vida no debe perder de vista sus efectos en el grandilocuente futuro.

Bueno, preparen las estacas, la hoguera, la cruz y los cascotes. Ya no les creo nada.

Pero eso si, antes métanse en el culo todos los postercitos que rezan que vivamos cada día como si fuera el último y dejen de consolarse pensando que la frase sólo habla de tener una buena partuza una noche cualquiera, en donde arrojan al aire una chancleta que buscarán en cuatro patas la mañana siguiente antes de volver a la oficina.

Siempre es más fácil matar al loco que te enrostra la verdad en la cara que mirarse en el espejo y aceptar que uno es un cobarde. Siempre es más fácil repetir una y otra vez las mismas ideas heredadas que sentarse a revisar qué mierda está haciendo uno con su vida. Atosigarse leyendo a Louise Hay, a Silvia Freire, al que se llevó el queso o al de la armadura oxidada, para poder justificar "no soy gorda, lo que pasa es que en el alimento busco recibir el amor que me faltó de chica. Ahora que sé eso de la programación neurosublingualcatamórfica estoy abierta a merecerme un príncipe que me ame como soy". Y seguir igual, pero con vocabulario nuevo.

Y así mirar a Colón zarpando detrás de su corazón que grita una redondez que ningún otro se atreve siquiera a imaginar, verlo ir detrás de lo que siente verdadero, deseando que fracase, que nunca demuestre esa verdad que, ah carajo, nos va a cagar la vida obligándonos a aceptar que somos una manga de miedosos. Que la responsabilidad de vivir una vida de mierda no es de dios, ni del destino, ni de la crianza, ni de la alimentación a base de carne, ni de las pocas oportunidades, ni de la mala suerte, ni de los consejos equivocados.

Siempre será mejor y más cómodo sentarnos a esperar que ése que va en busca de la verdad, fracase, mientras envejecemos agarrados a la silla.

A ver quién me tira la primera piedra.



martes, 5 de enero de 2010

Noche de reyes


Ya junté el pastito, puse agua para los camellos, preparé tres sendos sánguches de bondiola y dejo un tinto abierto para que los tres tipos la pasen bomba y se pongan generosos.
Ahora, la lista de los regalos que quiero para este año:
* Una máquina para matar boludos.
* Un hígado renovado (el que tengo anda medio torturado de tanto digerir boludos)
* Que la paciencia que me sobra con los niños siga sin alcanzarme nunca para los grandes.
* Un sueldo que refleje la manera en que me rompo el orto trabajando y no se extinga inevitablemente el día veinte de cada mes.
* Pocas pulgas y palabras precisas para dejarlo claro.
* 365 noches buenas.
* Más música para mis oídos.
* La desaparición definitiva de los colectivos (lo siento. Es una cuestión de supervivencia)
* Un varón que vea la vida (y su periferia) más o menos igual que como yo la veo, o en su defecto, a Diego Torres (desconozco cómo ve la vida, pero sabré hacer buen uso de su presencia).
* Las tardes libres.
* Más compañeros de ruta que sepan jugar.
* Telepatía (es mi lista, pido lo que quiero).
* ¿Ya pedí la máquina para matar boludos?
* Un mundo mejor.

Con eso, para arrancar, vamos bien. Del resto, yo me ocupo.
Gracias.

(Alberto Montt )

domingo, 3 de enero de 2010

Mariposa technicolor

(A raíz del post anterior en el que solté al aire un bello poema de Miguel Hernández)

Quizás sea por haber nacido en este país con tan mala memoria, o a lo mejor por alguna razón que alguien explicará mejor que yo, cierto es que pertenezco a la generación tatuada.

Mi piel no solamente ostenta los besos de pecas que el sol ha sabido dejar con el pasar del tiempo. Tres marcas de tinta atestiguan tres de las tantas marcas que tiene mi alma.

Hay gente que lava sus penas en alcohol, otra que se vuelve adicta al trabajo, hay quien se esconde detrás de un matrimonio, gente que con sus heridas hace, como bien dijo Man en su respuesta al post, bellísimos poemas o canciones y tantas posibilidades como gente hay en este mundo. Muchas culturas antiguas marcaban la piel de sus integrantes en rituales de pasaje de edad, otras afeitan cabezas o atan el pelo de sus mujeres y lo esconden bajo pañuelos cuando estas se casan, como hacen por acá las pocas familias de gitanos que quedan o, curiosamente, muchas familias de judíos ortodoxos. Algunos eligen llevar el nombre de sus hijos pintados en tinta sobre la piel y hay quienes, acá en mi país, se cuelgan al cuello (disculpen la opinión) unos horribles muñequitos de oro con la formita correspondiente que representan a cada uno de sus hijos.

Uno de los hombres de mi familia, un italiano que había estado peleando en la guerra (por acá las familias ostentamos mezclas étnicas maravillosas) cada tanto acariciaba con orgullo una herida de guerra que no lo mató. Esa marca en su cuerpo le recordaba que un milagro le había dado una nueva oportunidad de vivir de una manera totalmente distinta, consciente de que cada bocanada de aire que tomaba era un regalo, un tiempo de más que el cielo le había otorgado.

Mi primer tatuaje fue un tribal en la pierna, con una punta hacia la tierra y algo que me pareció como fuego subiendo hacia el cielo. Mi hija, mi chinita, ella, toda parte de mí, ya había nacido, y sentí que mi tribu empezaba a tomar forma. Solamente yo sé qué soledades, qué miedos oscuros atravesé mientras ella era parte de mi cuerpo. Cuántos presagios de pobreza, infelicidad y trabajo duro salieron de cuántas bocas. Solamente yo sé cuánta fuerza hizo mi corazón para no escuchar nada más que su corazón latiendo a la noche dentro de mí. Cuando por fin nos miramos a los ojos el día que nació (y juro que nunca sentí un amor igual al que sentí ese día, en ese momento en que por fin todo era silencio y las dos nos descubrimos después de presentirnos durante nueve lunas) yo ya no era ni volvería a ser la misma. Y tocar el dibujo en mi pierna cuando alguna vez, otra vez, la vida parece un tsunami que quiere arrasar con todo, me recuerda que si yo fui capaz, ahora también soy capaz.



El segundo fue un dragón en mi brazo izquierdo, diez años después. En esos diez años viví la experiencia de volverme una sombra, de perder mi brillo, de casi desaparecer por ir siempre detrás de una felicidad que creí que estaba fuera de mí. Buscaba desesperadamente lo que creía que me completaría y me volvería por fin la persona feliz que yo sabía que podía ser, sin darme cuenta de que nadie puede darnos lo que no tenemos. En el camino encontré dos buenos guías y de su mano hice un trabajo doloroso e impecable para encontrarme de una vez por todas. Con tres décadas sobre la Tierra tenía dos caminos: tomar la pastillita roja o la azul. O dejaba de preguntarme cosas y me quedaba en la superficie o me metía a bucear en mis sombras. Así que opté por la roja y, palita metafórica en mano, fui a por más. Si tenía tantas preguntas burbujeando sobre el sentido de la vida y quién era yo, tenía que encontrar las respuestas. Y entonces fue que apareció rondándome la imágen de un dragón. Porque el camino que vendría necesitaba de mí toda la fuerza para ser sorteado.




Ahora que encontré mi voz, ahora que mis pies son sinceros en su caminar, ahora que aprendí qué cosas no y voy de a poco creando las que sí, ahora que digo lo que siento y que vivo de acuerdo a eso sin pedir permisos, sin esperar gustar o agradar, ahora que sé que ésta es la que soy, ahora que aprendí a soltarme y partir cuando ya un lugar no es más mi lugar, ahora que percibo el amor de una manera tan pura, ahora que aprendo todos los días de todo el mundo y comparto lo que aprendí, ahora que canto con el alma sin preocuparme por las notas o la pose pero sintiendo que me desparramo en el aire con cada canción, ahora que me encuentro con gente hermosa, gente que encontró su propia luz como yo encontré la mía, este último, la mariposa azul en mi espalda, debajo de mi hombro, es el recuerdo que mi piel guarda ahora que, por fin, encontré mi alma.




sábado, 2 de enero de 2010

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

Miguel Hernández.