
A quichicientos mil kilómetros, viajando las letras por el aire impactaron en mi teléfono: "Ayer interrumpí mi embarazo. Me siento muy mal y muy sola. Te quiero"
Putée en todos los idiomas por no tener máquina teletransportadora y un mes libre para correr a darle un abrazo y hacerle unos mates o una sopa (infusiones ambas que tienen la cualidad de entibiar las conversaciones largas)
Pienso en ella y pienso.
Amo haber nacido mujer. Amo mi complejidad y mi cara oscura, amo saberme cuenco para la vida, caverna musical, amo poder ser delicada y atendible. Pero cuando eso de ser sucede en un mundo tan agresivamente fálico como éste, a veces de pronto una mujer pasa de ser maría a ser magdalena. Hay secuencias (como la maternidad cuando no se da dentro del "marcodeunmatrimoniobienconsolidadoentredosprofesionalesquelometeránenlaguarderíaalos45días", y ocurre en una mujer que ha decidido vivir su vida con independencia) en que la soledad que una mujer puede llegar a sentir es dolorosa como un silencio total, como una noche oscura y con viento, como gente que ante nuestra vista, da la espalda y camina. Porque hasta las otras mismas mujeres parecen estar dispuestas a juzgar tu decisión, sea cual sea.
La maternidad es una cosa de la que no se habla más que con volados, moños y caras de póker. Toda nuestra educación consiguió llenarnos de culpa lo suficiente como para que no dejemos de reproducirnos como especie.
Una mujer de 35 años, a poco tiempo de dejar de ser lo necesariamente fértil y paciente como para convertirse en madre, empieza a entrar en el momento de cumplir o no cumplir con los mandatos. Y ahí es donde las otras, con un tufillo a revancha y el espíritu de que nos jodamos todas juntas, empiezan a poner piedritas de relojes biológicos e incompletudes.
Y digo yo...¿Por qué no empezar a ser solidarias y aceptar dentro nuestras verdades para poder comprender y acompañar el tránsito de unas y otras por esos lugares solamente reservados a la mujer? ¿por qué no abrazar en vez de levantar del piso la primera piedra?¿por qué no comunicarnos entre nosotras todos esos miedos, todas esas dudas, esos ejemplos de haber decidido por la biología y la especie que dejan para siempre en el fondo del corazón un sorbito de amargura con gusto a sacrificio?¿por qué no buscar la complicidad tribal de pasar el conocimiento completo, pintado con el humor que brindan la pertenencia y la complicidad?
Recuerdo mis 23 años, recuerdo dentro de mi una soledad insostenible, un sentirme perdidita en este mundo y haber deseado parir una amiga, alguien que me conociera perfectamente por adentro, alguien a quien enseñarle a mirar la vida con mis ojos para que encontrara los suyos y me encontrara. Soñé a mi hija con una cabeza llena de rulos y una sonrisa con dos dientes. Y ese llamado tan fuerte la hizo venir.
Recuerdo el dolor de sentirme incomprendida, sutilmente cuestionada, obligada a "pagar" caro mi desfachatez. Recuerdo los pronósticos de pobreza, de infelicidad, de trabajo duro, de tiempo perdido para siempre.
Y fui un barquito a vela entre los rompehielos. Mi corazón se comprendió mujer, de madera y tierra, de ríos. Cuando decidí, decidí también que no iba a ser mi hija, la generación futura, la que cambiaría el mundo para mí. Decidí que era yo la que tenía que empezar a cambiar el mundo para ella.
Lo primero que hice fue eliminar cualquier concepto de culpa que pudiera pesarle alguna vez sobre las alas (y para eso, saqué primero yo todas las culpas que tenía en la cartera..). Le hablé de la libertad de decidir que también encierra a veces pagar ciertos precios, de que el futuro de cada uno es el puro presente, y por eso cada día tiene que tener algo que te haga feliz, le hablé de amarse, de su belleza, de su singularidad que es la de todos, le mostré que uno es esencialmente siempre el mismo y nunca se debe perder la capacidad de jugar, que es la herramienta fundamental para aprender. Le mostré riéndome cada una de mis fallas para que pueda reírse de ella misma siempre y no tomarse tan en serio. Le enseño cada día que el mejor ahorro es compartir y dar lo que se quiere recibir, porque lo bueno es tan contagioso como lo malo, pero está mejor.
Entendí que, si somos nosotras las que criamos, las que educamos mirando a los ojos mientras alimentamos, las que damos las palabras y sus usos alfabetizando, preparando al humano para entrar en el mundo, debemos cambiar nuestro vocabulario y, por ende, la traducción que estamos haciendo del mundo.
Vuelvo a leer el mensaje.
Amiga, amada amiga, nadie más que una misma sabe bien cuándo se está lista para jugar esa carta y plantarse frente a frente con una misma, haciendo oídos sordos a toda la fábula que te rodea, y saber si estás lista para ser de una vez por todas vos misma. Acallar todas esas putas voces llenas de dioses inmisericordes y decidir.
De ahí en más, el mundo se empieza a convertir en hembra.

















