Mostrando entradas con la etiqueta Chinatown. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Chinatown. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Dieciocho años.

Tiene el pelo rapado y una cresta larga y ladeada como crin de yegua, y un brillo en los ojos que me provoca alegría.
Pasa de andar vestida de varoncito guerrillero punk a montarse un solero negro con brillos, y me hace enmudecer deslumbrada el brillante yo que emerge en ella y le da carnét de conductora de su propia vida por el mundo.
La veo tan hermosa, y no puedo creer que alguna vez fui tan joven como hoy ella, apenas unos años antes de que ella llegara a la vida atravesándome.
Ahora ya no me inclino ante ella para poder mirarla a los ojos.
Ahora nos vemos a los ojos una frente a la otra, y se inclina mi alma en una reverencia ante la luz que en ella veo florecer.



martes, 29 de octubre de 2013

Declaración de principios

Yo soy una miedosa en rehabilitación.
Yo tenía miedo de todo.
De todo.
Hasta de mí.
Pero un día fui capaz de dar a luz, de albergar otra fuerza dentro de mí, de abrirme para dejarla atravesarme y llegar al mundo. Y con ella sobre mi falda, mirando sin perder de vista cada uno de mis pasos, el mundo se volvió más aterrador. Ahora también tenía miedo de equivocarme. De enseñarle el mundo mal.

Yo no quería que aprendiera de mí a esconderse en el canasto de los juguetes, a llorar hasta no poder hablar, a convertirse en alguien que no sea, a obedecer, a escapar. Pero para poder enseñarle otra cosa, no me quedó otra que empezar a aprenderlo.

Tengo tanto miedo que cuando tengo que tomar de la mano a alguien más por un rato, queda mi palma helada y transpirada, pero insisto.

La vida me obliga a insistir, y tomo el envión con el aliento comprimido y para arrojarme, por adentro canto. Porque en algún lugar leí que el odio retrocede cuando los hombres cantan, y cantando me olvido del terror que me causa defender lo que siento verdadero, aunque ladren, aunque acosen, aunque amenacen y esgriman sus voces en gritos o en verborragias.

A mi me educó una cultura reinante en el proceso militar en el que treintamil personas desaparecieron en el medio de un país que eligió no mirar.
Yo bebí el miedo en cada café con leche, en mi casa, en la escuela, en el juicio de los vecinos, en un tiempo en que el hombre de la bolsa era real, y se llevaba, en el mejor de los casos, solamente a tus padres, a punta de fusil y falcon verde.

Yo vi morir a mi padre escupiendo mierda, literalmente. Repleto de odio, de desamor, de soledad, de su enorme y oscuro miedo a la felicidad.

A mí no me va a pasar.
A mi hija no le va a pasar.

domingo, 27 de octubre de 2013

Reflexión electoral (en el más amplio sentido de la palabra elegir)

Desde hace un tiempo vengo desandando lo que la cultura, a través de la educación, ha hecho conmigo, para ver cómo logro, de una buena vez, averiguar quién soy, y serlo. Y en eso, me van llevando sobre todo los pasos de mi hija en su adolescencia, en el estrechamiento de su túnel para pasar al mundo adulto.

Ya quisiera borrar de su alma las marcas que han dejado mis errores, pero allí están, son sus propias batallas, sus oscuridades a sanar y resolver, para volverse más sabia, para saberse más fuerte.
Yo ya tuve y tengo mi tarea con las huellas que llevo en la mía, las alumbro ahora que veo más claro, de tanto desandar mi camino para encontrar las migas y retomar las sendas paralelas. La voluntad puesta en desactivar mis trampas, evitar la automática reacción de huir despavorida y llena de miedo, quedarme y mirar eso que se mueve en la oscuridad.

Llego con ella a sus encrucijadas, ahora que tiene que salir a probarse, a resolver las propias pruebas para ganar capacidades; traduzco lo que sucede, porque la realidad a veces se vuelve un poco esquizofrénica, detenemos el tiempo y la emoción que arrasa, para poder ver, bajo el viento, dónde es que están puestos nuestros pies.

Evitarle los dolores sería condenarla a la insensibilidad. Pero aprendemos juntas que el dolor te atraviesa como un latido, y si lo dejás atravesarte, pasa, te deja el recuerdo de la impresión, la señal de atención, y como a toda fuerza, se la puede convertir en un resultado bello.

Esta encrucijada en la que estamos paradas ahora, la de su escuela y su educación dentro del sistema social, me tiene revisando con lupa mi propia educación, el proyecto educativo nacional, la realidad de las escuelas de mi país y el sentido último de esa acción social que la cultura ejerce sobre los individuos... ¿con qué fin?

Cada vez me pregunto qué es educar, qué es intervenir en la manera en que una generación comprende el mundo que lo rodea. A esta altura del partido es una obviedad decir que educar es mucho más que impartir instrucción o dar información sobre algo. Eso en todo caso sería adoctrinar. ¿Qué es, entonces, educar?

He cursado al menos dos carreras de formación docente, y no recuerdo que, en ninguna instancia de la carrera, hayamos reflexionado sobre esta pregunta.
¿Cómo se puede llevar a cabo algo sin tener claro qué es?
¿Cómo es posible llevar a cabo una ciencia social sin detenerse a reflexionar sobre sus alcances, y por ende, sus formas? ¿quién vela por los procesos individuales que se van desarrollando? ¿por qué tenemos tanta población infantil y juvenil en terapias psicológicas?¿en dónde estaremos fallando?

Recuerdo la pobreza y la violencia de mi formación docente. He tenido profesoras que me han faltado el respeto mil veces, que han abusado de su autoridad como en una mala película yanqui, como si tener fama de ser terrible fuera sinónimo de grandeza. Mi verdadera formación no fue producto en absoluto de mi paso por la institución, sino más bien de la inquietud, de la búsqueda de una forma nueva, mejor, que abrió un camino de observación y búsqueda de respuestas, que me llevaron a encontrar la filosofía, el marco necesario para mi ejercicio de la tarea. La mirada misma de nuestra formación  como docentes era tan técnica en el magisterio, tan centrada en lo sistemático, en lo teórico por sobre lo real, lo metodológico, que el niño y el joven parecían ser lo último a contemplar, detrás de lo que "hay que enseñarles". ¿De lo que "hay que enseñarle" con qué fin? ¿para qué? ¿por qué?

Ni hablemos de mi formación en el profesorado de lengua para ejercer en el nivel secundario (formación que abandoné porque de pedagógica no le encontré nada.)
Fue como revivir mi propio tránsito adolescente por la secundaria. Un grupo de viejos profesores que fundaban su prestigio en torturantes exámenes orales en donde ponían a prueba la capacidad de memorizar terribles ficheros de antiquísimas obras españolas sobre las que no se dignaban a dar jamás una clase recordable. Así nos formaban en la tortura, en el padecimiento, para largarnos convertidos en... ¿buenos educadores?

¿Dónde está el espacio de reflexión necesario para poder permitir y acompañar los cambios de pensamiento que deben ocurrir generacionalmente para mejorar?
¿No ha cambiado el mundo?
¿Y cuándo le tocará cambiar a la educación?

Dos pensamientos me vinieron desde muy temprano a la memoria, cuando decidí seguir la carrera docente. El primero, "el mundo se construye en la escuela". Los vínculos sociales por excelencia se dan durante esta etapa, la escolar, como en un pequeño tubo de ensayo. El modelo social que se reproduce es el que se aprende. La exclusión, la violencia, la intolerancia, la emoción desbordada o reprimida, todo queda fijado en los vínculos que se establecen al educar. Los vínculos educan.
El segundo, "no se puede enseñar lo que no se es capaz de lograr."
(Y con este me viene a la cabeza el tan mentado respeto que exigen a veces ciertos educadores y me pregunto si son capaces de respetar al ser joven que tienen delante para poder así enseñar ese respeto.)
Y el tercero que me surge a partir de mi camino como madre de Ariana, ¿qué enseño yo como madre, como primera guía? ¿es coherente mi discurso con mi accionar? ¿estoy ayudando a formar lo que quiero encontrar afuera?

Tengo tres roles, como para no perder la pisada de la coherencia y ganar una oportunidad de enseñarle lo que esta realidad en que vivimos tiene de oscuro, y cómo sobrevivir en el intento. Y en esos tres roles me reconozco como agente educador: madre, maestra, madre de alumna en una escuela.

Su pelito azul destapó en su colegio el pensamiento facho nuestro de cada día, el prejuicio, la intolerancia, la soberbia adulta del poder y su mal ejercicio. Bien, no nos gusta.

¿Y... a dónde vamos...?

En treinta cuadras a la redonda, los establecimientos estatales de esta región me dieron estas respuestas:

"Le digo la verdad, señora, acá los profesores no cobran el sueldo desde febrero... faltan mucho.. yo no le puedo pedir a alguien que no cobra que venga a trabajar igual..."
".. y si un chico viene con muchos aritos, se los hacemos sacar. Un poco está bien, pero hay que tener un límite.."
"..claro, pero para pasarse de modalidad, tiene que rendir cinco equivalencias, o sea que ya empieza el último año con cinco previas." (es decir, teoría pura, sin haber cursado jamás la materia con un profesor...)

A las escuelas que proponen uniforme, ni fui. El pelito azul de la china no combina con la gama de grises, verde inglés ni bordó, ni con la ideología de la excelencia académica.

O sea, o estamos excluidas del sistema, totalmente afuera (ni siquiera podemos hacer un cambio de turno, porque rige el mismo sistema de especialidades y equivalencias dentro de la misma escuela) o quedamos presas de que se nos diga cómo tenemos que vivenciar la estética de nuestro cabello, so pena de ser sancionadas por no querer ser rubias con mechas pelirrojas. Podemos operarnos y ponernos siliconas, hacernos una rinoplastia o inyectarnos colágeno, pero no teñirnos el pelo de verde, fucsia o azul.
Entonces, salvo que dispongamos de tres mil pesos para pagarnos algo que elijamos más acorde con nuestro sentir (cosa que no cuestiono, adhiero a financiar proyectos alternativos para que cobren notoriedad y consigan esponsoreo, pero por qué poder hacer esa elección tiene que depender de poder darse el lujo económicamente hablando...), podemos decir que estamos fritas.

Caramba, toda esta situación es terriblemente educativa se la mire por dónde se la mire. No sólo para ella. También para mí.

¿Cómo es que en esto ha devenido nuestro sistema educativo? ¿en dónde estoy ubicada en la cadena de responsabilidades?

Siento que es hora de tomar cartas en el asunto de la educación, pero no desde el batallar en trincheras opuestas, ya no creo en los que me quieren convencer de nada a fuerza de agredirme por pensar distinto. La verdad no es un patrimonio personal, es una construcción conjunta, con lo mejor de cada aspecto. Creo que es tiempo de empezar a cuestionarme ciertos criterios de decisión. No puedo seguir repitiendo la cantinela de que "la secundaria es un trámite, es así, hay que padecerla y pasarla", porque, a las claras, como sociedad, no nos está beneficiando en nada.

Siento que es tiempo de tomar la educación de nuestros hijos como algo serio, no desde la paranoia contra los maestros (ni viceversa), sino desde la búsqueda de los espacios de diálogo y crecimiento, desde el asumir la propia madurez y el rol fundamental como padres, primeros educadores desde la acción, modelos en la vida de nuestros hijos.
Tiempo de realizar una observación profunda sobre las propias contradicciones, y por ende, las del sistema del que somos parte, lo que, por acatar, estamos avalando. Lo que no estamos intentando modificar.

Darle forma a la educación es una tarea conjunta, y una responsabilidad ciudadana. Es ahí donde se construye esto que supimos, malamente, conseguir. ¿Dónde están las puertas? ¿cómo congeniamos? ¿cómo cruzamos los puentes para comprender?

Pienso todo esto hoy, en que voy a ejercer mi derecho cívico a elegir a quienes van a gobernarme, a quienes van a tomar decisiones por mí.

Y acá, domingo a la mañana, esperando mi momento de ir a votar, más triste que feliz, pero sin ganas de abandonarle a la construcción del país que quiero habitar, me pregunto, en medio de nuestras campañas cada vez más vergonzosamente parecidas a "Intrusos" que a la política, ¿cuándo vamos a pasar de los discursos a la acción? ¿cómo hacemos?






viernes, 27 de septiembre de 2013

Cuando aprender sobre libertad y derechos es algo más que aprobar con un ocho la materia.

Chinatow, belleza parida por mí, asiste a una escuela secundaria municipal, la Escuela Paula Albarracín de Sarmiento, en el distrito de Olivos, partido de Vicente López.

Aquélla escuela fue la que me tuvo a mí en sus patios cuando yo misma transité mi adolescencia.
Comencé la secundaria en el año 1986, tres años apenas terminada la feroz dictadura militar que aquejó a mi país como un cáncer (del cual, aún, quedan células que tienden a querer reproducirse), y aquél tiempo era todo primavera. Los vientos de cambio que trajeron los ochenta nos hicieron volver a pronunciar, a voz en cuello, las palabras derechos humanos con la dignidad de poder defenderlos.
Durante un invierno muy largo nos habían obligado a masificarnos, a escondernos entre nosotros, a no osarnos a sobresalir expresando demasiada identidad, cosa que automáticamente levantaba sospechas y podía ser causa de desaparición, tortura y muerte.

Mi escuela, en aquél entonces, iba a la vanguardia. Un contundente centro de estudiantes se conformó con solidez, y el derecho a opinar era recibido con gusto por la directora, María del Carmen Añón de Titiro, que comenzó a tender los puentes a ver si de una vez el adulto podía reencontrarse a sí mismo reflejado en el adolescente. Cabe destacar que su coraje fue premiado con su traslado. Legalmente, la "hicieron desaparecer" de nuestra escuela rumbo a otra, pero un fueguito nos quedó encendido. Algunos buenos maestros profesores lo tomaron, y lo mantuvieron a salvo de los ventarrones autoritarios con que mi generación fue educada.

Veintitrés años después de haber intentado a rajatabla que no me apagaran la llamita del coraje a manguerazos varios, reciencito convertida en hoguera, intentando encontrarme en Chinatown y sus diecisiete encendidísimos años, doy las gracias de saber que ese fuego debe haberle alumbrado el coraje desde mis entrañas (mientras yo andaba en tinieblas esperando conocerla y que me los recordara).

Ella anda en la tarea de averiguar quién es, eso que yo también ando intentando después de que durante años me dejé decir quién tenía que ser, y su búsqueda es mucho más atrevida y profunda. El camino que me vió transitar, y sobre el que tantas veces conversamos tiradas en la cama en tardes de puentes en el tiempo, lo capitalizó con inteligencia, y tomando la posta, ella va por más, como corresponde a la generación que sucede sabiamente a otra. Y así como yo alguna vez me enrojecí la cabellera con la más roja henna que la modernidad antigua ostentaba, ella fue y se metió una hermosísima cresta de color azul.

Y ahí empezó la polka.

Después de haberle enchufado (como a mí) sietemil trabajos prácticos, exámenes y manuales de formación ciudadana, y palabras como "tolerancia" y leyendas de respeto hacia la diversidad, la china llega a casa con una observación por contravenir el código de convivencia.

Ahá..

Parece que tener el pelo de color azul incomoda a alguien en la "convivencia".

Parece que varias veces pidieron al rector que los atendiera para poder reescribir, a partir del diálogo, un código nuevo que respetara las diferencias, y finalmente, en ese dilate del tiempo para el encuentro, el código quedó sin escribirse y este año la ley queda difusa, no respetando el acuerdo de negociar año a año el nuevo código de convivencia.
Mal.
Ya le estás enseñando al pibe una maniobra política sucia y poco verdadera.

Parece que finalmente los recibió, y después de escucharla enunciar sus argumentos claramente y sin perder la paciencia,  al quedarse sin respuestas (la china sabe lo que quiere y te lo pone como un flechazo entre los ojos) el señor rector terminó diciéndole que si, que ella tenía razón, pero que los padres exigen esa cláusula porque no quieren que sus hijos se pintarrajeen el pelo de color.

La china vuelve caliente como pava para mate.

Su argumento, impecable:  si me dijeran que no avalan el teñirse porque el amoníaco de la tintura daña la salud, bueno. Pero no me dicen eso. Me dicen que puedo teñirme de colores naturales. ¿Qué quiere decir? ¿teñirse de rubia o pelirroja y llevar el pelo largo hasta la cintura está bien, pero tener cresta y de color azul, está mal? Eso es un juicio. Están avanzando sobre mi derecho a expresarme. Están juzgando desde su criterio estético que ser rubia artificial está bien, pero azul no.
Sería lo mismo que decirle a alguien que agujerearse las orejas está bien, pero ponerse un aro en el labio está mal.
¿Qué es lo que marca esa diferencia? Pueden decirme que no vaya con la ropa rota, ok, pero la ropa, cuando salgo del colegio, me la pongo como yo quiero.
Si me prohíben un color de pelo, me prohíben algo que va más allá del colegio.

Tiene razón.

Acallo todas las voces miedosas de mi conciencia que balbucean para qué te vas a meter en quilombos,china, después te van a perseguir con otras cosas, mejor sacate el azul, mejor NO TE METÁS.
Agarro el cuadernito de comunicados y pido una entrevista con el rector. Voy a darle la oportunidad de aprender lo que yo misma intento aprender a diario: a defender sus derechos.

Me contesta la vicedirectora, antigua profesora mía de geografía, totalmente olvidable.

Me recibe una tarde, yo con mis polleras de reina jipi, los pelos alborotados de la clase de natación, la chalinita en el cuello, me mira sutilmente de arriba abajo y ya me doy cuenta de que va a ser una tarea titánica no querer asesinarla a los diez minutos.
Aquélla cabeza que yo conocí morocha ostentaba hoy un rubio furioso, mechado de tonos cobrizos, nada que haya visto en un cabello natural, pero este sí parecía estar permitido.

La conversación fue como hablar yo chino y ella alemán.
Yo hablaba de los cambios que el mundo tiene de una generación a otra y de la necesidad de comprender lo diferente, lo nuevo, lo distinto, de no temerle. Sus escasos argumentos tenían que ver con la "imagen" de la escuela, pública por cierto, cosa que le recordé varias veces. Le pregunté en qué afectaba "a la imagen" tener el pelo azul. Le mostré mis rastas y le hablé de mi militancia por el derecho de la mujer de encontrar su propio parámetro de belleza, uno no dictado por la mirada del varón.  Me contestó que "una vez tuvimos un chiquito con rastas y se llenó de piojitos" (sic). Le hablé del vínculo con el cuerpo, le pregunté otra vez cuál era el fundamento de esa cláusula en el "acuerdo de convivencia". Le pregunté por el manual de formación ciudadana en donde habla de la inclusión, del respeto por las diferencias.

Por supuesto, no hubo forma de comprendernos.

Entonces le dije claramente que no me da lo mismo que mi hija rompa o no un acuerdo. Que soy la primera en comprender y enseñarle que la ley está para respetarla, pero tiene que ser una ley justa, nacida del consenso. Nadie puede privarla de su derecho a embellecerse de la manera en que ella ve lo bello, de su derecho a expresar quién es, fuera de los modelos impuestos. Nadie tiene derecho avanzar sobre sus derechos, de reprimirlos ni avasallarlos. Que le habíamos enseñado a ser respetuosa de los derechos de los demás, y que en este momento sentíamos que ella tenía razón defendiendo su derecho.

Me encontré con Chinatown a la salida. Los ojos le brillaban. Sonreía.
"¿Y, cómo te fue?"
"No entendió un carajo" le dije riéndome y se rió, "pero le dejé claro que padre y yo creemos que tenés razón y te apoyamos en esto."

Puso su cara de gato enternecido, nos dimos un abrazo. Le imité a la señora cuando me trató de piojosa con carpa, se mató de risa. Nos fuimos caminando y tomando un helado, charlando de los militares, sobre los tiempos en que un hombre con el pelo largo era una falta de respeto a la moral, de cuando las mujeres no eran consideradas aptas para ejercer su derecho a elegir a quien las gobernara, de la libertad, de la identidad, de la belleza, y de cómo el mundo se cambia haciendo.

Yo sintiendo este placer de verla crecer floreciendo.



Ella es azul
como azul es el cielo
que inauguró en mí
abriéndose camino
a su propio destino
de ser
quien ella es
quien ella sea.
Ella es mi estrella.



jueves, 18 de julio de 2013

Diecisiete






Hoy me desperté, y es tu día. Es en el calendario la fecha en que celebramos que hayas bajado, que hayas nacido, que hayas llegado.

Me imaginé de pronto nuestra vida juntas como una combucha, ese hongo de los noventa que curaba hasta el cáncer y que iba pasando de casa en casa como una bendición. Criado en té, formaba debajo de su cuerpo un cuerpo nuevo que maduraba y se desprendía para irse a otro frasco, a otro té, a seguir diseminándose por el mundo.

Mirándote, veo que este cumpleaños es una frontera, una de las tantas puertas que la vida tiene para marcar los recuerdos con vivencias. Tiempo en que las amistades dejan de ser puramente territoriales para ser elegidas, y florecen los amigos entrañables, esos seres que nos acompañan con profundidad por los caminos de la vida, las decisiones empiezan a marcar una ruta de encuentros.
Los festejos de tu vuelta número diecisiete, de tus seismil docientos diez días transcurridos, te miro y puedo ver una combucha casi enteramente nueva, un pequeño universo nuevo, formado de la misma sustancia que la mía, forjando su personalísimo destino.

Mientras te veo poner rumbo para conquistar el territorio de la juventud, desde el reino de mi madurez, cruzando los dedos para que recuerdes lo importante y sepas sanar lo anecdótico, te bordo una capa de bendiciones para que te abrigue en el mundo:

Que el amor te habite, te inunde, te atraviese, le de calor a tus pensamientos y te haga querer despertar cada día; el amor a tu camino, el amor a tu tierra, el amor a tu obra, el amor.
Que siempre que hagas, sea por amor.
Que siempre que no hagas, sea por amor.
Que florezcas en cada primavera, y que, además de cumplir años, crezcas.
Que la luz de tu pensamiento sea tan brillante que diluya cualquier sombra fría de miedo que te quite libertad. Que no se llene tu alma de rencores ni de cuentas pendientes.
Que nunca esperes nada a cambio, que le baste a tu corazón para llenarse el privilegio de tener lo suficiente como para poder dar.
Que nadie te convenza, y que tus decisiones sean tus propias decisiones, de nadie más.
Que la vida te devuelva lo que entregues, y que muchas manos se tiendan para recibirte y abrazarte.

Felices diecisiete años, Chinatown.

El mundo es nuestro.
El mundo es tuyo

miércoles, 25 de enero de 2012

Mujer bonita


Es decidida, directa, desapegada. Ni bien se supo cisne hizo el camino derecho como una flecha en el aire. Emana una luz, una fuerza, no más niña grande, ahora es una hermosa mujer pequeña que crecerá como esas musas de Ciruelo, armada hasta los dientes para combatir dragones.

Su franqueza y su confianza en mí a veces me dejan pasmada de sorpresa y me alegra saber que el camino que me marcó el corazón fue bueno, la llenó de recursos, que se sabe comprendida y aceptada sin condiciones, que jamás podría decepcionarme porque no espero más que verla ser ella misma cada vez más, y eso sólo sucede con el paso del tiempo, después de mil aciertos y un millón de errores.

La veo empezar a caminar Buenos Aires con esa soltura que recuerdo en mí, con sus propias decisiones ya tomadas en su alma, con un mundo que será solamente de ella.
Ay, qué vértigo mamá.. yo conozco ahora gente que vos no conocés.. y me quedo pensando que de eso la va la vida, venir a través de alguien que nos dará lo necesario para escribir en el mundo nuestra personal, única, irrepetible historia.


Enlace

domingo, 13 de febrero de 2011

Let it be

Era muy joven cuando sentí que me rondaba por el aire una belleza de rulos y ojos pardos y le abrí las puertas de mi cuerpo para que viniera a compartir el mundo conmigo.
Hice larguísimos viajes en tren a ninguna parte, con ella inflando el universo de mi panza, hablándole con mi voz de alma a alma.
Ella sabe de mí más que yo misma. Es la única que me conoce por adentro..
(Y la partera me miraba con la cabeza ladeada pensando que alguna hormona me torcía la actividad neuronal)

Apenas unas semanas antes de que llegara, en un libro de nombres de los tantísimos libros de nombres que alfombraban por esos días mi casa, encontré por fin las letras que la nombraban. "La que muestra el camino"
Esa era ella.

Chinatown
lleva en la sangre todas mis noches acompañadas de amigos, el fuego, el vino, el viento en la cara, el compromiso de la palabra dada, la risa que solo es risa si se comparte, el amor desinteresado de la amistad profunda, sin condiciones.
Lleva en el alma las noches de pizza juntas mirando al gordo Casero en mi cama, las mañanas de invierno acurrucada con sus rulos en mi nariz y la manta floreada, los bailes murgueros en el living de Pocha, su carrera entre los tambores jugando a la mancha, los pasillos del San Martín para la escondida, el mundo visto en bicicleta desde la mochilita en mi espalda, las reuniones multitudinarias de jipis hambrientos amasando ñoquis en mi casa, la música mal cantada por tantos tíos que no comparten su sangre pero si mi esperanza.

La mujer que viene floreciendo en ella brilla con la risa como aliada.

Y cuando me llama y me cuenta entre carcajadas como termina cayendo dentro de un pozo en una romántica caminata nocturna bajo la luna, con ese mismo desparpajo mío de terminar dando por tierra con los violines y los cupidos, enarbolando nuestra mítica torpeza romántica para destrozar los climas desternillándose de risa de las posturas, sabiendo su destino de cisne como sabe mi amor, yendo detrás de la increíble y feliz tarea de ser quien es, me doy cuenta de que en este camino de lo verdadero, el mapa que estaba dentro mío lo trajo ella.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Septenios



Yo que estaba acostumbrada a reinar sin competencia y a decidir si natación o patinaje artístico, que la despedía cada mañana en la puerta de la escuela, que pasaba el peine fino por su largo pelo castaño mientras contábamos piojos como un juego, que rascaba su espalda hasta que por fin la abrazaba el sueño, que le armaba en su pieza mi carpa iglú para que durmieran dentro sus amiguitas y ella, que hacía de los viernes una fiesta de pizza y chachachá en mi cama gigante, que le daba cada tanto el bendito permiso de dormir acurrucada conmigo y la veía mover las manos hablando divertida, que daba permisos o largas explicaciones, yo, a mí, ahora en chinatown me creció una frontera.

De ser un satélite del que dependía la organización de mis días pasó a tener sus propios movimientos, y ahora ya no necesita que la lleve hasta la casa de las amiguitas ni en bicicleta a la escuela.
La china ahora toma sus propios bondis y viaja sola.

Se vuelve a abrir en mi el recuerdo de esas primeras libertades mías, la extrañeza de, por ejemplo, preparar yo sola mi propio mate una tarde.

Ella cada vez va siendo más ella, un proyecto de mujer que cada vez tendrá menos de mí y más de una que todavía no conozco. Va cortando de a una las amarras. Se quedará solamente si quiere quedarse. En breve, el mundo también será suyo (o al menos eso sentirán sus piés). Tendremos que andar de nuevo este nuevo camino de conocernos, ella con ventaja y yo con todos los oídos y los ojos abiertos para aprender a esta que florece de aquélla que yo sembré.

Le doy armas para que un día pueda combatirme decía yo cada vez que alguien cuestionaba mis decisiones de crianza.
Y no me arrepiento de ninguna.

Está tan hermosa, tan larga que ya no puedo abarcarla en un solo abrazo ni decidir su destino. Y mientras la veo hacer y la oigo decir, me sale pedir


Que yo pueda sanarle siempre las raspaduras.
Que yo no sea nunca para ella una raspadura.
Que nunca aprenda de mi el abandono ni la soledad.
Que me sepa humana e imperfecta.
Que sepa que la amo como sabe su nombre.
Que me alcance la fuerza para permitirle ser ella misma.
Que nunca sienta que espero algo.
Que siempre nos encontremos en el humor.
Que siempre nos encontremos en el amor.



sábado, 23 de octubre de 2010

Lección paseo


La puericultura es un arte de guerrero. Una danza que se ejecuta para que el aprendiz comprenda el mundo en movimiento.

La China anda entrando en su adolescencia, ese borde tan determinante en la vida de una sobre este planeta.

Mi adolescencia fue un buen corolario de una infancia compleja repleta de semillas doloridas. El afán de control de la personalidad de mi madre puso un ingrediente que hizo mi adolescencia difícil además de lo intensa.

Pero en este camino que vengo transitando, en estas manos que tienden amigas Magahs que nunca veré, en los abrazos que dan Munditos anaranjados, voy entendiendo un poco mejor este juego.

Veo en la China esa necesidad de probar sus armas, de combatir para lograr ser quién es y no quien los demás quieran que sea. Sé que no puedo explicárselo, que ella tiene que hacer su propia experiencia.

Un guerrero se vuelve guerrero cuando abandona totalmente las estrategias para dejar que a sus piés y sus brazos los guíe su corazón, cuando logra confiar de tal manera en su fuerza que no quede un mínimo resquicio de duda. Cuando empieza a confiar en su destino.

Así que ahí andamos, dándonos cada tanto unos rounds de espadazos, haciendo volar juntas los platos por toda la casa, a los alaridos y dándonos portazos.

Escribiendo nuestro propio folcklore de madre e hija.

Y qué bella es la mujer que al final de su camino veo...

domingo, 12 de septiembre de 2010

Alma compañera

Este primer día del maestro jipi lo estoy disfrutando como uno de esos cumpleaños de mucha joda espontánea durante cuatro días con los que a veces la vida te compensa.
Hoy vengo de mates e imágenes mentales escolares y de pronto caigo en una imagen que tengo de la China colgada de la reja del jardín de infantes al que ella iba, que daba al patio de la primaria en la que yo trabajaba, gritando endemoniada "mamaaaaaaá, soltá ese neneeeeeee", mientras pasaba yo caminando de la mano de uno rumbo al comedor.
Siempre odió de palabra a todos mis enanos, repartió entre ellos todas las caras de ojete que pudo cada vez que la rodeaban para idolatrarla cual Lourdes León del subdesarrollo. Ahora que Chinatown se puso adolescente rebeldeway y se pinta las uñas con paisajes de atardeceres y palmeras y las pestañas con rimmel, les dedica rosarios irrepetibles cuando yo cuento alguna anécdota sobre ellos y les frunce la cara cuando yo se las presento. Ni que hablar de los que le muestran simpatía.

Mi primer día de clase en Cuarto Creciente fue un día después que el resto de la escuela, porque la entrada a primer grado tiene carácter casi de pequeño rito iniciático y merece todo ese espacio. Agradezco a la vida tener la cara tan dura, porque me imagino que semejante protagonismo debe ser la agonía del tímido. Todas las miradas y las orejas están puestas en lo que sucede cada vez que la maestra llama uno por uno a todos los pequeños para que se acerquen a la ronda y todos los movimientos del evento parten de su hacer.
Contar el cuento que dará la primera imagen para entregarles luego un obsequio, llevarlos dentro del salón de clase (se entiende que no a la rastra, así que hay que desparramar la suficiente energía como para seducirlos y que se dignen a caminar contigo, oh desconocida, hacia el salón un piso más abajo..) y casi te diría que tu año escolar entero dependerá del éxito de esa empresa.
La China empezaba sus clases dos días después. Sabiendo de su contorsiones de espanto cada vez que la invito a alguna actividad con mis peques, le ofrezco acompañarme en mi primer día de clases.

Y para mi sincera sorpresa, me tira un sí relajado y certero y se las pica a dormir.

Día de marzo, día D. Todo sale bastante parecido a como se sentía, vamos bien, tengo todos los poros como antenas, son muchos, están enloquecidos, los parientes por todos lados, sostengo. Voy cantando rumbo a la escalera, cruzando los dedos para que ninguna abuela emocionada me descalabre la voluntad de los pequeños que miran desorbitados con tanto ruido y emocinamiento familiero. Entonces la veo venir al final de la fila, acompañando suavemente con los brazos a los descarriados para que no se dispersen, conteniendo la entrada al salón nuevo, sentándolos en la ronda mientras descanso sabiendo que no hace falta que le pida, ella me está acompañando. Y me mira y me sonríe guiñándome un ojo para enseguida decirle bajito a Gerónimo que ahora hay que sentarse despacito para poder escuchar... (Y por supuesto, sé que nunca podremos hablar tiernamente de la anécdota mientras se lima las uñas frente a feisbuc y me echa fuera de mi propia habitación devenida en su escritorio)

viernes, 5 de marzo de 2010

De cómo siempre se puede encontrar un amor de tu vida cuando menos lo esperás

La china está renovando su habitación. El color azul que teñía la pared principal se le volvió demasiado aniñado a sus ojos y empezó a dar vueltas fastidiosa buscando un cambio (así como hago yo para terminar rapándome temerariamente a manos de mi peluquera dark con desorden de personalidades múltiples). Por suerte, a ella le da por las paredes.


Embarcadas ambas en la reforma total (lo nuestro siempre es a todo o nada) orientadas por su pasión sanguínea por los tigres, le dimos a la pieza un tinte oriental y la decoración fue mutando de kindergarden acuático a restaurant de sushi. Así, las paredes tomaron color borravino y los muebles de colores fueron esmaltados en negro (todo made in mamá mezclando pintura y cruzando los dedos para embocarle al mismo color, of course). Hicimos un viaje en bondi hasta Devoto para volver nuevamente en el mismo transporte con sendos puffs (muertas de risa con mi idea de usarlos para viajar sentadas en el 21), quedamos decoradas como cebras gracias a nuestra torpeza natural que nos hizo apoyar el culo en absolutamente todos los muebles recién pintados (decoración que duró una semana, porque el esmalte es imposhiiiible de sacar del cuerpo a fuerza de esponja y jabón), y el viernes, el casi toque final estaba programado. Mercadolibre mediante, compramos unos moduletes de fresno negro que se convertirían en biblioteca cúbica para colgar en la pared.

En un ataque de extremismo ahorrista, decidí hacer el pago en persona y retirar los módulos del local que, según versaba el anuncio, era en "capital". Yo siempre olvido que la capital es grande y encierra barrios misteriosos. El local era en Caballito...

Luego de pasar la cena estudiando la filcar (mi dificultad para entender un mapa merece un post aparte) entendí que la mejor manera de viajar era llegar hasta la terminal del subte D y tomar el subte A hasta casi su terminal. O sea, tenía que salir de mi casa a las cuatro para llegar a destino a las seis.

Luego de la reunión de maestros, con toda la tarde del viernes por delante, metí el tejido en mi bolso rojo (estoy haciéndome unas pantuflas amarillas divinas), cargué el mp3 y me dispuse a pasar una tarde de mi vida montada en transportes públicos.

Al primer subte, poca bola. El estilo impersonal y rejuntado de la línea que viaja debajo de avenida Santa Fe no me despierta mayor asombro. Me la pasé tejiendo mientras escuchaba la conversación de dos maricas divinos que no sé si contaban su vida amorosa o la mía, lo que me dejó con la sensación de que encima de todo, ni siquiera soy original para las complicaciones.

Tomar el subte A en cambio, es como sacar un boleto a 1920. El detalle de las columnitas ornamentadas, los azulejos amarillos de las estaciones, las letras esmaltadas sobre chapas azules, la madera de los asientos, la penumbra del vagón.. iba comiendo gotitas de amor billiken (implorando no partirme una corona en mi afán de masticar cada caramelito con furor) y sintiendo que el tiempo metido en el tren iba marcha atrás, paseando con todo el cuerpo por las venas de la ciudad.

Después de una eternidad entretenida, llegué por fin al culo del mundo a buscar la biblioteca para chinatown.

Inmediatamente supe que, efectivamente, el subte A viaja para atrás en el tiempo. Una galería sesentosa, laaaarga como esperanza de pobre, llena de locales diminutos, uno al lado de otro, casi todos cerrados y tapizados con papel de diario, era el destino indicado. Allí debía buscar el local 35 (como decía mi papelito en donde había tomado nota de todo lo que la voz con la que acordé la transacción me había indicado). "Te va a estar esperando Maxi" me dijo la voz en el teléfono. "El tiene la nota de pedido y ya se está ocupando de llamar al taxiflet. A las seis te espera en el local". Caminé por el pasillo con dibujos psicodélicos en el piso, círculos rojos con bordes dorados, ya tentada de la risa pensando en todas las posibles situaciones que podrían esperarme en un lugar tan desocupado como aquella galería. Los negocios vacíos, empapelados con diarios amarillentos, una librería repleta de libros viejos, cerrada y oscura, ni un sonido de radio con cumbia. Allá a lo lejos, casi al final, la luz fluorescente que salía por una puerta abierta me dio la esperanza de encontrar algo con vida. "¿Local 35?" pregunté con la sensación de estar dando algún tipo de contraseña secreta. Del local liliputiense de vidriera modernosa forrada de negro emergió tímidamente un muchacho más asustado que yo. Después de un silencio inllenable que sobrevino detrás de la presentación de rutina, pregunté si el flete que me llevaba de vuelta estaba ya en camino. Él contestó algo, amablemente llamó por teléfono, me entretuvo mostrándome distintas fotos de cómo quedaría el modular y entonces, mi mirada se perdió tarareando mentalmente "Azul" de Cristian Castro y fue a parar debajo de la escalera.


Y lo ví.


Se me fueron los ojos abiertos como monedas detrás de la mano ya estirada y al grito de "¿¿y ésto??" me arrodillé a sus piés. Miré al muchacho con la manito estiradamente quieta como pidiendo permiso para tocar.

Era él. Yo sabía que era él. Tapa de guatambú y cuerpo de fresno, de color oscuro y detalles arabescos, con el agujero en forma de diamante y dos cuerdas graves como bordona, él era el cajon flamenco de mi vida. "Los hago yo.." dijo el chico alto y rubio (y anoté que ya tengo un motivo más para darle unos besos en cuanto la vida me lo permita, además de esos ojazos azules de artesano sensible que tiene)

Corrí a buscar un cajero para sumar al contingente bibliotecoreril al nuevo amor de mi vida (lo mío no es dudar) y nos vinimos en flete todos juntos, con un señor de lo más fastidioso que movía la patita mientras se fumaba un Marlboro atrás del otro mientras yo miraba pasar la vida por la ventanilla, chocha de la vida sabiendo que el Roberto que me faltaba venía viajando a mis espaldas, codo a codo con las bibliotecolas de la china.

Por supuesto, me pasé las horas siguientes sacándole todos los sonidos que trajo dentro, casi me vuelo tres falanges, tengo las manos como racimos de salchichas y los vecinos ya no me mirarán con el mismo cariño que hasta hoy.
Pero qué placer da encontrar por ahí las cosas que pertenecen a mi alma.
Y olé! (con todo respeto)





lunes, 25 de enero de 2010

Chinatown

La China trae amiga a dormir a casa.
Yo, confinada a la soledad de la estancia (que vendría a ser el living, pero odio la palabra living) amorsatada en el sillón con mi tabaco y mis libros, amenazada con el exilio si oso entrar y hacerme la simpática.
Ellas orbitando alrededor de la computadora.

Amiguita:-Ay, pará, pará, tengo que escuchar una canción. Buscála en Youtube.
China:- ¿Cuál?
Amiguita:- Una que me dijo Él. Si, me dijo que estaba buenísima, que la escuchara.
China:- (...)
Amiguita:- Ay, porfi, quiero escuchar la letra. Seguro que dice algo, me lo dijo por algo. ¡Quiero escuchar la letra a ver qué dice!
China:- (Mirándola fijo a los ojos y con una mano apoyada en el respaldo de la silla) A ver si entendés: si te dijo que la escuches porque está buenísima es nada más que eso, le parece que la canción está buenísima. No hay mensajes ocultos, no te quiso decir nada sobre la letra ni está pensando que descifres ningún mensaje. Cuando un varón te dice algo, es LITERAL, ¿entendés? ellos siempre quieren decir lo que dicen. Y si querés que te entienda, más vale que también seas directa. Para los varones NO EXISTEN LOS MENSAJES SUBLIMINALES.
Amiguita:- ¿Qué quiere decir subliminal?

Yo, pasmada en el sillón, pensando cuánta guita despilfarré en terapia hasta que llegué, en veinte años, a la misma conclusión.


domingo, 22 de marzo de 2009

Destino de cisne

La china volvió triste de su viaje de una semana con la escuela. En la fiesta de despedida, peinada y arreglada con esmero, nadie la sacó a bailar.

Salió llorando del baño después de su ducha y de su mal fingida alegría al contarme lo bien que la había pasado. Salió llorando y a mí el corazón se me hizo puré.

La miré mientras le secaba tanta lágrima y le alcanzaba un vaso de agua para curar el hipo angustioso, rezando que también le curara la herida nueva que mostraban sus ojos, y me acordé de mí. De mi propia soledad a los trece, catorce, quince eternísimos años que parecían nunca terminar por fin. De mi propia soledad ahora que tengo veinte años más en éste mundo, del que todavía no logro entender a veces cuáles son las reglas.

Mirándola miré todo mi caminito recorrido. Tomé aire y nos sentamos en mi cama a conversar.

"Tenés destino de cisne" le dije.

Abrió grandes esos ojos profundos que tiene, sus ojos de almendras inundaditos de pena, y empezó a escuchar.

"La gente no es toda igual. En la vida están los patos, todos iguales, repetidos, previsibles. Patos que van en fila, unos detrás de los otros, día tras día, a nadar en los mismos charcos sin preguntar.

Cada tantos patos aparece uno que es distinto. Aparece un pato con esencia de cisne.

Los cisnes florecen desde adentro para afuera, se templan en soledad, por alguna razón las cosas no les son fáciles, y cada pequeño dolor da un cincelazo más a su destino mientras dura su vida de patos distintos.

Y un día, a fuerza de preguntarse cosas, de mirar la vida desde otro cristal, de no encajar, encuentran que nada los completará desde afuera, se buscan esenciales y se encuentran, y entonces una luz les aparece por los ojos y florecen. Florecen cisnes. Y se dan el lujo de mirar a todos desde un lugar nuevo. Y mandarlos a cagar."

Nos reímos a carcajadas las dos entre las lágrimas que ya nos salían hasta de las orejas mientras nos abrazábamos. Y en esa risa y ese abrazo supo que en su camino de pato raro ella no está tan sola. Vive con un pato raro que un día se hizo cisne y que es su mamá.