Yo también pertenezco al selecto grupo cuyo karma es trasladarse incesantemente surcando las distancias más absurdas. Pero con menos glamur.
Vengo pasando el cincuenta por ciento de mis semanas de vida arriba de los bondis.
Olivos - Palomar - Olivos.
Olivos - Villa Crespo - Olivos
Olivos - La Boca - Olivos.
La provincia de Buenos Aires ostenta una superficie mayor a la de Italia, o Uruguay. Para concretar, por ejemplo, el primer recorrido enunciado, un martes a las cuatro de la tarde (que es nuestro horario infernal porque todo el puto mundo sale de laburar a la misma hora en este bendito país) no me lleva menos de hora y media de castigar mis glúteos sobre la incómoda y poco mullida cuerina del asiento piojoso del colectivo 21 y de agarrotarme los dedos con el caño del techo del 53 durante media hora más para no quedar estrolada en la ventanilla en la primera curva cerrada que el señor colectivero gusta de tomar a velocidad porque su deporte favorito (como se sabe) es que la gente vivencie lo que le pasa a una vaca camino al matadero.
El segundo recorrido me lo fumo los viernes, misma hora pico, perdiendo la dignidad en el 71 mientras esquivo la cartera de la dama colgada del caño que amenaza con estamparme la marca en el cachete en cada frenada, la presión de la vieja que quiere abalanzarse sobre los asientos que amagan desocuparse y las apoyadas involuntarias de la masa de carne compacta que va parada en el pasillo haciendo equilibrio para no morir en el intento.
El tercer recorrido... dejémoslo ahí.
Hasta ahí ya el asunto viene lo suficientemente fulero como para comprender que algo malo he hecho en otra vida y estoy saldando karma a rolete, qué le vas a hacer, no me queda otra que resignarme a ser una oveja más del proletariado que cursa la condena de viajar por esta ciudad, y, as ólueis, trato de ponerle onda.
Dejar las uñas en el caño, recibir setenta y cuatro tocadas de orto involuntarias, delirar por la fata de oxígeno, dislocarte la cadera con cada frenada del hijo de un vagón repleto de putas del chofer que se entretiene viéndonos hacer la ola de carne unos contra otros, ok, te lo banco. Pero, escuchame bien: fumarme encima tu conversación pelotuda por celular, disculpame, está totalmente fuera del contrato.
El mundo se ha llenado de boludos que gustan hablar a voz en cuello de lo que comieron ayer, de lo que van a comer hoy, de los miserables y ch(o)atos dimes y diretes de oficina, de lo equivocada que está fulana que no se da cuenta de que soy su amiga y por eso se lo digo, y la madre que los parió.
Habría que prohibir que la gente cuyo coeficiente intelectual no supera al de la babosa hable por teléfono en la vía pública. O si no, eximir de prisión a quién cometa homicidio por forzar a un idiota a digerir el aparatito con batería y todo sin masticar.
Hasta aquí, otro aporte para mi campaña "Yo quiero tener un millón de amigos".
(Después no digas que no te avisé)
Sigan nomás. Yo seguiré trabajando en mi máquina para matar boludos.
Gracias.
