Pero en dos horas vas a estar cruzando el mar rumbo a otro cielo, y saberte todavía parado en mi hemisferio a punto de partir me tiene con algo que me tira desde el esternón con nostalgia, como te pasa cuando yo lloro y no sé decirte por qué.
Ahí, en ese lugar entre el corazón y el ombligo, tenemos un teléfono que va derecho de mi alegría a tu abrazo, de tu ternura hasta mí. Un puente para sabernos transitando cada uno su camino pero enlazados en algo que nos empuja arriba y arriba.
Te regalé una brújula y una nota: para que nunca pierdas el camino y encuentres todas tus puertas. Anduve antes con ella todos los lugares importantes para mí. La llevé en mi palma como un amuleto, le mostré las calles mías, mis rumbos, mis pasos.
Cuando despegues, cuando por fin vayas por el aire, aceptaré serena que las esquinas no esconden por un tiempo la esperanza de encontrarte. Pero que ando pisando las calles lejanas en tus zapatos abrigados tanto como seguís pedaleando en mis sandalias por Florida.
...y hasta tanto nos volvamos a encontrar, que dios nos lleve en la palma de su mano.
