



Pero la banda siguió tocando.
Yo fui mutando lentamente a veces, otras de un bife bien puesto, viajé por la gente y por ahí, otra capa de la cebolla me fui pelando, y el jueves pasado, por fin, otra vez estaba cantándole coros a Pol sobre sus letras, con guitarra criolla y Ami de gentil público invitado.
La banda mutó también, encajó sus engranajes y siempre en contacto a la distancia, por distintos caminos llegamos al mismo lugar, la banda y yo.
Y ahora, parece, el viernes vamos a pintarnos con purpurina para mostrarle al resto del mundo cómo nos divertimos cuando jugamos a ser una banda de rocanroll.
No me rompan las pelotas. La vida es más fácil.
Yo recuerdo la primera vez que en la radio escuché a Milagros López. Me invadió la sensación de empatía con esa vieja cubana que hablaba con picardía y afecto de tía.
Peña me parecía a veces un estúpido y de pronto era brillante. Su manera de mirar la vida con el filo de un cuchillo, sus incomprendidísimas increíbles preguntas.
Peña me provocaba cosas. Por eso lo admiraba. Me provocaba a ir a veces más allá del límite de lo aceptable en el pensamiento.
Delia de Fernández se parecía a alguna de mis maestras. Revoira Lynch era increíble. La Mega me mataba cuando hablaba de su novio Diego Ramos. Roberto Flores, Sabino, Palito, tenían conversaciones entre ellos en un mundo de ficción soberana que yo me creía. Discutían argumentando razones opuestas, todo lanzado al espacio sideral desde una única cabeza. Todos lo habitaban en el cuerpo de "un puto sufrido", como le gustaba definirse. Se reía de sí mismo y de los demás con un humor rayano en la crueldad que a veces me hacía sentir incómoda escuchando.
Muerte hija de puta, muerte conchuda. ¿Qué pasó en mi mundo que antes la muerte era cosa de viejos? Se mueren los de cerca, los de al lado, los de enfrente. Cada día me recuerda que soy sobreviviente. Vamos entonces, querida, no seas estúpida, no pierdas tu tiempo. Llorá lo llorable y por favor, decidite de una vez a finalmente amar lo que es amable. Y hacé un poco más lo que se te canta el orto.
Me doy cuenta de que ando un poco abandónica y desorganizada cuando:
- Mamá viene a casa de visita y saca el Cif de la cartera ni bien pisa la cocina.
- La tela de araña del rincón del techo del living es una mediasombra.
- Ando buscando para vestirme la remera menos sucia de la pila.
- Preparo el almuerzo a base de pan lactal.
- Todas las cucharitas para revolver té están en mi mesita de luz.
- No logro encontrar una media que no esté corrida. Y me las pongo igual.
- Combino pollera violeta con remera roja, bufanda verde y ponchito naranja.
- Empiezo a entrarle con cariño al chocolate.
- La pila de la pileta de la cocina impide mover la canilla hacia ninguna dirección.
- Todo lo que busco está apilado en la mesa de la computadora.
Todo gira, y algunas cosas parecen volver a empezar. Ciclos que llevan una y otra vez al mismo lugar hasta que uno empieza a notarlo y para las antenas buscando algo. En mi caso es siempre una señal.
Yo viajaba a Ciudad Jardín veinte años atrás, en un ritual de tren los sábados por la mañana que me llevaron a una encantadora primavera.
Cuando tuve que atravesar mi invierno propio, el mismo tren me llevaba pasando de largo Coronado hasta Rubén Dario. Cada vez, al pasar por la estación, mi corazón buscaba algo en ése andén, algo que yo había dejado perdido.
Otra vez un firulete del destino y ahora, cada jueves a la noche, vuelvo a montar los mismos rieles y ahí me bajo, para ir a la sala a tocar con los malditos jipis.
Y cada vez, cuando de par en par veo los juegos de la plaza en la puerta del tren recién abierta, no puedo dejar de preguntarme si es que, de verdad, va a volver mi primavera..
Treinta y seis años, así como suena de increíble cuando me miro en el espejo y sigo viendo como esa chica que fui de diecisiete, enamorada de vos perdidamente por primera vez y como, todavía, nunca.
Y con ésa luz brillo.