
Otra vez una vuelta completa en espiral.
Otra vez, como tantas veces otras, es otoño, y todo se apresta para la gran transformación que se opera para volver a florecer.
Y con suerte, una vez más, ya no somos aquellos que fuimos.
Un niño asustado, late su corazón con fuerza contra el pecho.
Me acerco para envolverlo y que sepa que nada, nada, nada debe provocarle miedo.
Soy de aquella tribu de niños perdidos que congeló su infancia durante la dictadura. Merendé cada día el silencio y el miedo, el terror de vivir desconfiando de los vecinos, el pánico de hablar de más, el dolor de nacer en cautiverio, de ser criado por los dogos asesinos de tus madres, las amenazas y los falcon verdes que traían al hombre de la bolsa. Y sin embargo a veces olvido recordarlo.
Una generación entera criada en el país del no me acuerdo.
¿Qué daño colateral habrá dejado en nosotros la exposición diaria a los acordes de la marchita que anunciaba el coooomunicaaado número unooooo en algún momento de la cena? ¿o haber cantado la Marcha de Malvinas con infantil frenesí?
A veces no sé cuánto he caminado y cómo fué que lo que no me mató, me hizo más fuerte.
Nosotros somos sobrevivientes de nuestra infancia.
Corre un niño asustado hacia mí, el corazón late fuerte contra su pecho. Ahí estoy y en el recuerdo vuelvo a ser esa niña y me doy un abrazo que me hizo tanta falta. Su corazón se calma. Ha ganado una pequeña batalla.
En breve, otra vez estos, mis pequeños, y sus pruebas de valor hasta vencer, una vez más, al dragón de sus sombras.
Nos preparo para el viaje.