Chst, momentito, no terminé. No me refiero solamente al hecho de poder mandar un e-mail a España con solamente un click (que ya es bastante) en vez de tener que sentarse a esperar cuatro meses a que los barcos llevaran y trajeran aquellas cartas de carne y hueso con estampilla violeta del Rey Juan Carlos que mi abuela esperaba como única manera de saber qué había sido de los suyos en la aldea. Me refiero a algo mucho más sutil.
Ayer me encontré sentada en el banco del jardín de una casona de Florida viendo tocar y cantar a mi compañerito más delincuente de la escuela primaria, convertido en todo un pelado hecho y derecho.
Feisbuc mediante, todo este último tiempo está reapareciendo en mi vida gente que (por una cuestión de decantación natural) debería haberse perdido en el mismo tiempo así como desaparecen bajo la vegetación los antiguos senderos que nuestros pasos dejan en el verano dentro de un bosque (mierrrda que estoy inspirada..)
Yo, en la primaria, la pasé como el orto, para qué negarlo. En aquélla época el mundo me agredía con la separación de mis viejos, por ende (noto ahora), lisa y llanamente el mundo me agredía. Cuando uno es chico y luego adolescente, suele ser un boludo desconsiderado, ya que no es posible mirar más allá del propio ombligo. Y hace cosas boludas. Así, a través de la vida, víctimas y victimarios van por ahí sin volver a verse ni explicarse, llevando a cuestas todo lo que nos convierte en nosotros mismos.
Eran pocos los recuerdos que subsistían en mi memoria, felices en los dos primeros años, terribles en los cinco restantes. Tengo la sensación de haberme apagado durante mucho, mucho tiempo. Volver a ver a aquél que tantas veces (en mi sentir) me había maltratado era algo parecido a salir a la arena del ruedo para enfrentar al toro con un pañuelito de papel tisú.
Ahí recordé que ahora sé que la mente siempre me hizo trampa.
A la tarde, como para darme un baño de inmersión en mi infancia y llegar a la cita con aquél sátrapa en un estado de ánimo algo más lúdico, puse la palabra "Parchís" en Youchufff. Aparte de provocar que la china terminara demostrando sus genes cayendo rendida ante los movimientos de estrellita de rocanrol de la ficha roja, como yo misma hace veinticinco años atrás, encontré varios videos que mostraban a los parchis hoy. O sea, gordos, grandes, alguno con un brazo menos, fumones y con ganas de más. Con semejante máquina del tiempo a la mano, se me desató una locura (y van...) y me puse a revisar cosa por cosa lo que yo miraba, lo que veía, lo que me dio forma a mí y a ésta generación mía que me resulta tan jodidamente difícil de descifrar. Me puse a mirar con mis ojos de ahora. Y vi las hilachas. Cómo todo eso que parece tan enorme, tan brillante, tan impresionante cuando uno es chico, cambia de impresión ahora que respiro.
Llegada la noche, después de la autopsia indolora a los años ochenta (que en algunas secuencias me hizo ver de dónde sacó Capussoto tanta bizarrez), me acomodé el pelo corto, me encremé los tatuajes, me trepé en mis zapatos y me fui a ver el principio de mi camino con ojos nuevos.
Entonces, ese caníbal que me había torturado, cerveza mediante, puso en palabras imágenes que yo completé con las mías. Los cuatro que éramos nos reímos de nosotros entonces y de nosotros ahora, completamos las historias con las fichas del rompecabezas que cada uno tenía guardadas y la mirada cambió. Y cuando al final de la noche nos dimos un abrazo de despedida, fue por fin un abrazo cicatrizante de veinticinco años (casi tan bueno como el aloe vera).
Y la niña que sigo siendo (la que nunca dejaré de ser) volvió a casa reconciliada.
Y profundamente agradecida.

(Yo vestida de Bo Derek, sátrapa en el frente con bufanda y bigotes)