viernes, 4 de diciembre de 2009

Magistra

Entre todas las baratijas que el colegio "progre" en el que trabajo por ahora metió para sentirse diferente, todas las semanas los enanos gozan de una clase de filosofía.

Por lo general, la hora transcurre con ellos moviéndose por todas partes, contagiándose la distracción y abusando (descaradamente) de la bondad del pobre profesor que no gusta de levantar la voz ni de retarlos, consecuente con su postura ante la vida.

Durante los primeros dos meses, atenta a su pedido de que las maestras no interviniéramos, lo observé con pena en sus vanos intentos por llamar la atención de mis pequeñas bestias que, poco a poco, fueron tomando dicha hora de clase como una extensión del recreo que venía a continuación. Un día, apenada por la frustración de Javier que no lograba mantenerlos sentados más de dos minutos, me colé en su clase. Él intentaba en vano leerles "El principito", entonces protesté en voz alta.
"Hey, a ver. Yo quiero escuchar el cuento y no me dejan. ¡Quiero saber quién es ése que pide que le dibujen corderos!"
Javier agradeció el gesto y pronto estuvimos hablando de la vida, de los enanos y de cuál era el horizonte al que él apuntaba con el dictado de la materia.

De a poco mis energúmenos fueron sucumbiendo a la belleza de la historia, y así un día me tocó a mí, junto con él, actuarles el papel de la rosa de aquél planeta solitario y lejano. La hora de filosofía se fue convirtiendo en una hora de cuentos maravillosos que plantaban en sus cabezas semillas de preguntas y miradas distintas.

En la anteúltima clase del año, después de un cuento de espejos y reflejos, Javier les propuso dibujarse haciendo una pregunta que tuvieran en su cabeza.

Y entonces florecieron:

Juanita (desde su síndrome de down): "¿Por qué vuelan los pájaros? ¿por qué llueve?"
Bianca: "¿Por qué los números son infinitos?"
Alison: "¿Por qué hay gente tonta y gente inteligente?"
Azul: "¿Yani, nos querés?" (y ahí, otra vez plasmada con mis pelos rojos todos parados contestando que sí con una boca abierta en una sonrisa, feliz de que sepan que los amo)

Uno tras otro fueron escribiendo con su nuevo dominio de letras y palabras preguntas increíbles que salían de sus bocas dibujadas.

Y entonces, Ale, el que se había perdido y yo sé que está casi de vuelta, en un globo que salía de una boca gigante, escribió la pregunta que nos dejó a medio camino entre el suspiro y la sonrisa:


"¿Quién soy?"


Yo sé que vaya a donde sea que la vida me tiene deparado ir, algo sembré en sus corazones.
Ahora le toca a la vida hacerlos florecer.


4 comentarios:

  1. con respecto a las atracciones que ofrecen los colegios, siempre figura natacion.
    nunca entendi porque.

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  2. Porque entre todos los miedos locos que tenemos las madres, el de que se ahoguen en la pileta de una casaquinta figura alto en el ranking. Por nuestra tranquilidad, necesitamos que sepan nadar desde que salen de adentro nuestro.
    Las mujeres somos imposibles, sensei. Y las que somos madres, peor...

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  3. Qué bueno que alguien aún mantenga el romanticismo... Bravo!

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