jueves, 14 de julio de 2016

Maya (Enlazador de Mundos Espectral)

A veces entrás al día por una puerta rara.
No es que entres por la puerta de atrás, y todo salga mal, o algo así. Es más bien como si te subyaciera la sensación de que algo está desajustado de la realidad cotidiana.

Hoy, ponéle.

Siete y media, ruedas apuntando al oeste, me toca ir a la peregrinación anual de chequeo de chasis, colesterol y alrededores.
Munro es de por sí una puerta a otra dimensión (estoy segura); un barrio raro, con pinta de que puede pudrirse todo en cualquier momento, a pesar de la parsimonia que reina en sus veredas aaaamplias de locales vacíos; el lugar donde voy a hacerme los análisis es deprimente en medio de lo deprimente. La luz amarilla, la sala saturada de afiliados al PAMI, embarazadas con niños gimientes, y un televisor pasando videos latinos. Un mostrador con ventanillas de vidrio. Muchos cartelitos en muchas puertas. Enfermeras que salen como cucús, por una puerta, por la otra, gritando apellidos. Yo con mi bolsito abrazado al pecho, sosteniendo un número de dos cifras en la manito, escuchando el chillido de la empleada que canta los números, como vieja en el bingo.

La enfermera me reprende, porque parece que he hecho todo mal, las cosas no saldrán bien, pero ella hará su trabajo igual. No me deja ni apoyar la cartera, y yo no discuto con alguien que va a clavarme una aguja, así que, nada, sigo abrazada a mi bolso calladita, con la esperanza de que se le suavicen el humor y el pulso.

Tras el café con leche y azúcar obrigado, pedaleo por otra ruta para ir a la escuela, y con el sol dándome en otra posición de la cara, plenamente de frente. Siento el cuerpo distinto.

Me saluda un conocido, sorprendido de verme a esa hora por esas calles, y me alegra verlo (me sorprendo siempre de cómo, entre miles de caminos posibles, dos personas se encuentran en uno).

El día continúa entre lo tierno y lo terrible, como en una película, como en un sueño muy real, pero con un velo de extrañeza, de ficción, de imposibilidad.
Como si yo me hubiera quedado fuera de la película de este día, por haber cambiado la puerta de entrada. Como si fuera espectadora de un cine casi mudo, porque no importa lo que dicen las palabras. Lo que yo escucho hoy no tiene sonido.

Por la tarde emprendo el camino al lugar donde siempre voy cada miércoles, a trepar al auto de Waly para ir juntos al ensayo.
Como si mi timón estuviera emperrado, cambio otra vez la ruta, y voy por donde no voy nunca.

Camino por colectora, detrás del barrio cerradito de casitas paquetas, el que dura una cuadra larga que son dos cuadras. Un loco pasa junto a mí y me saluda, casi metiendo su cara bajo mi capucha. Sonrío y saludo (nunca más sentir miedo), y sigo. Sé por la espalda que me está siguiendo.

Como en un lento sueño, giro y lo encaro, y le hablo sonriendo con firmeza y violencia, y se va, y me voy, y sigo sintiendo que algo en el día se desencajó,

Voy a dormirme para ver si así despierto y me doy cuenta de que este día está, en realidad, del otro lado del sueño.

sábado, 4 de junio de 2016

Ni una menos

Yo sé que fuimos diosas. Fuimos madres, fuimos sabias, fuimos reinas del mundo sin tener que levantar jamás una espada. Alguna vez, en algún tiempo, hubo una raza de madres primigenias para que comenzara a desparramarse el hombre sobre la tierra. ¿Quiénes fueron? ¿con qué sustancia nos han alimentado el alma para que floreciera?

El origen del mundo siempre me es una bola difusa. Desde pequeña me asalta la pregunta "¿por qué la humanidad, cuál es su sentido? ¿por qué estoy aquí, despierta?"

Sigo caminando aún el hilo de las respuestas, y encontrando mil preguntas nuevas.

Si la humanidad es reflejo del universo (pienso en mis devaneos retrospectivos de sábado a la mañana, mientras repaso imágenes de lo que ha sido mi vida día a día de la semana), entonces el origen tuvo que haber sido dentro de una madre, una madre sabia y generosa. Me gusta imaginar una Lemuria fantástica donde sutiles madres cantaban, formando los oídos desde el alma, dejando que la música cincele los oídos de la nueva raza humana de adentro hacia afuera, para que pudieran escuchar a su alma y al mundo a través de ella. Me gusta saber las teorías del big bang, y la materia en movimiento y el átomo,  pero yo quiero saber también qué es lo que le dio forma a esta llama del alma humana que hace a cada uno un universo único y misterioso dentro del universo.

Pero, imagino en ese cuento mío, algo falló a la hora de tejer la mente humana. Como en las mejores películas de ciencia ficción, un bicho se coló a la hora de dar forma a la herramienta para pensar, y ahí derrapamos, caramba, y nos volvimos animales bien peligrosos. La mente, la inteligencia, al servicio del engaño, la manipulación, el daño, la destrucción del hábitat, la destrucción de la vida. Por alguna razón, el amor no logró ser la sustancia para tejer la mente.

Veo en mi cuento a los hombres de la historia arrasando los cuerpos de las mujeres, sometiéndolos, arrancándolos de los tronos donde alguna vez los adoraron como sagrados templos, a través de los cuales ellos mismos nacieron.
Cuando la humanidad intentó leer las antiguas escrituras, los relatos producto de las primeras culturas, no comprendió las imágenes ya con el alma, sino que las interpretó con su mente.

Después de mil quinientos años de ir cada vez más y más jodidamente la humanidad por el mundo, el siglo XX estalló y aún estamos en plena hecatombe. El hombre sigue arrasando con el cuerpo de la mujer, porque también ha recibido la educación cultural que le dice que él es el fin último que da sentido a aquél otro cuerpo complementario. El hombre cotidiano, a veces a pesar de su discurso, objetiviza a la mujer en ese cuerpo; lo usa para satisfacerse, lo somete, lo hiere, lo ignora, le paga el aborto, lo descarta, lo consume como imagen, aprende el juego de cazarlo, le niega el sentimiento y va por algún otro que satisfaga ese agujerito oscuro que pide violencia silenciosamente en algún lugar dentro suyo.
En el peor de los casos, en el polo del desalmado, lo viola, lo mata y lo descarta en una bolsa de basura, o en una zanja, casi sin condena social.

¿Por qué? ¿por qué un niño redondito y tierno se convierte en un chacal de las hembras de su especie?

Tantos siglos de violencia sobre el cuerpo y la entidad femenina han calado tan hondo, que solemos ser las primeras en atacar y arrasar nuestro propio cuerpo. Lo torturamos, lo amputamos, lo rellenamos, lo ocultamos, lo padecemos, lo ofrendamos, lo utilizamos para manipular, lo sufrimos, lo ignoramos. Siglos de maltrato nos han educado para poner el cuerpo al servicio del goce del otro.

Yo creo, en esas cosas que suelo imaginar como cuentos,  que ya, cuando nos vamos enterando de que nos tocará habitar una vida de mujer, antes de nacer, el alma se nos aterroriza, y nacemos aterrorizadas y en guardia. Y toda la vida andamos odiando a las otras, compitiendo contra las demás para lograr una protección, un guardián, alguien que nos salve de un mundo en donde se hizo carne eso de que sólo sobreviven los más fuertes. Es decir, los que han logrado silenciar sus almas, los desalmados.

¿Cómo se cambia un paradigma cultural?

¿Cómo hago para que mi alma encuentre una verdad nueva sobre lo que significa ser mujer en el mundo?

En el cuento que imagino cuando leo la historia del mundo, yo sueño con una nueva raza de madres. Madres con otras verdades en el alma, que alimenten con imágenes nuevas. Madres cuya mirada y cuyo silencio logren acallar los gritos. Madres llenas de amor y de fe, que nos hagan sentir en el alma que nos ayudarán a hacer verdad eso de que el mundo es bueno, bello y verdadero.

Que mi cuerpo sea mi Templo.

sábado, 14 de mayo de 2016

Desayuno de sábado (gente que viene y que va)



Mi cabeza es un baúl repleto de palabras, imágenes, ideas, que flotan, van y vienen a mi mente, como resonando, y un día, un sábado a la mañana, ponéle, varias se juntan y ¡clic! pienso algo armado, algo como una sentencia de juez, o un aforismo de Narosky, en el peor de los casos, pero clic algo se une. Y ahí digo "aaahh... ahora entiendo"

Todo lo que veo cuando ando por el mundo, lo escucho, lo leo, lo veo, lo guardo. Colecciono mis días mientras me van atravesando. Algo escuchado al pasar, la respuesta de un niño, la mirada de un maestro, la palabra de un amigo, lo que leí sobre algo, todo entra, mientras intento conducir mi bote por entre las aguas y tempestades de lo cotidiano.

Trato de comprender este asunto de la vida.. no me resigno a que sea comprar muchas cosas, tener pánico a envejecer y luego, inevitablemente, un día morir. Y chau. Desde que tengo uso de razón, es la pregunta que empuja todas las demás.

Este último tiempo de jóvenes muriendo a manos de pastillas para pegarse un viaje al ruido me tienen mirando y atando los hilos. Antes, cuando no había pastillas, eran los tiempos de algún borracho en el barrio, que sin tanto rocanrrol ni adrenalina, se dejaba morir suicidando su hígado vaso a vaso.

¿Qué sucede con esas almas atormentadas que no toleran pisar el mundo, verlo, oírlo, palparlo?

Para las almas cada vez más sensibles, cada vez más únicas, bajar en el mundo hoy debe ser como atravesar un colador de alambre de púas..

Hay algo en el trato cada vez menos amoroso, cada vez menos amable. Ser niño es una molestia, un problema, un peligro.
Encarnar en un cuerpo es estar siempre en guerra porque no da la talla, la altura, la forma que socialmente se espera. Tomar conciencia y habitar ese cuerpo, se vuelve doloroso, se vuelve sufrimiento. Aprieta.

Las almas sensibles se atontan, se anestesian, para salir a toda costa del dolor que provoca poner los pies sobre la Tierra. Presas y chacales. Sobreviven los sin alma, los endurecidos y animalizados, a fuerza de enardecer lo físico ahogan todo rastro de sentimiento.

Sanar las propias heridas del alma. Identificar los desgarros, aliviar los golpes, desinfectar lo infectado de rencor y de miedo. Cicatriza cuando al fin queda aprendido lo aprendido.

Nuestros niños se empastillan porque está tan duro y reseco este mundo que les queda insoportablemente apretado.

Es tiempo de encontrar en nosotros nuevos manantiales para que el amor vuelva a humedecer los campos de nuestra siembra.

Que la realidad nunca deje de llenarte de preguntas, como a Colón, como a Hypatia, como a Mafalda.

Que tengas un buen día.  


miércoles, 20 de abril de 2016

Imágenes.

Cuando era pequeña, siete, ocho años quizás, tenía cada tanto un sueño recurrente. En él, todo el mundo se convertía en zombi. La epidemia avanzaba hasta que mi propia familia terminaba convertida en zombi también. Yo me escondía en el antiguo mueble bargueño de mi abuela, y por el agujero de la cerradura espiaba a los zombis entrar y salir. Y me asaltaba una soledad dolorosa, unas ganas de volverme zombi también, para perderles el miedo y poder salir a andar con ellos.

Cada tanto, de pronto un día me pasa que ese sueño se me hace tan real que me espanta.
Quedo pasmada ante la gente que me responde interrumpiéndome y sin haberme escuchado; quedo muda ante el que mata violentamente una idea, tapándola con la suya, sin intercambiar, sin considerar, sin tomar en cuenta; quedo temblando ante el insulto soltado con enojo, violencia, ánimo de herir; y necesito, al menos un día, encerrarme en aquel mueble bargueño, a pensar "es un sueño, es nada más que un sueño", para poder volver a salir.

martes, 26 de enero de 2016

Una vuelta completa a la infancia (me saqué la sortija..)

Confío en algo que no logro ver, pero intuyo. Algo mejor, algo posible, algo que no está tan lejos de ser desde que encontré cómo dar los pasos para andar los caminos, tras las migas que me llevan al sentido. Por eso soy maestra.

Quise ser maestra como una certeza, no como una ilusión rosada. Supe que el camino que me habían hecho transitar a los golpes, como dentro de los límites del pasillo que me llevaría al corral, como una vaca a entrenar, ese camino de la escuela, podía ser concebido de otra manera.

Me perdí, me marearon, y cuando por fin encontré de nuevo el camino hacia mi profesión, con la misma certeza con la que lo abracé, empecé a cuestionarlo.

Así llegué  a esta escuela de pedagogía waldorf, sin saber bien a qué venía, qué era lo que había que hacer de distinto, pero con fe en mi esperanza. Dieciocho pares de ojos me esperaban para empezar a dar un largo paseo juntos.

Intenté seguir las instrucciones como una condenada, pero no había... lo que había era una larga, ardua, loca gimnasia para dar un giro completo de 360º en el alma y lograr una nueva amplitud de mirada. Todo eso mientras los dieciocho pares de ojos esperaban comandancia... igualito que mi hija cuando me miraba esperando que le diera aquellas respuestas que no tenía.

Confiando en las pequeñas certezas que florecían regadas por la fe, anduvimos.
Nos sucedió la vida. Cada una de sus pequeñas preguntas la hice mía, y los pasos que dimos fueron las respuestas. No aprendimos el mundo, lo fuimos conquistando con trabajo, sabiendo que cada intento nos llevaría un paso más cerca de lograrlo, venciendo lo que creíamos nuestro horizonte para descubrir que había mucho más camino, mucho más mundo todavía. Y nos lanzamos a comprenderlo maravillados.

Mi hija es hoy una joven, hermosa mujer. Aquellos niños son hoy brotes adolescentes.
Y lo que veo, aún perfectible, es tan luminoso en su potencia, tan posible, que me maravilla.
Tan mal no lo hice, y ellos me enseñaron cómo hacerlo todavía mejor.

Así que, las tizas listas, la vida transformada en sustancia, allá voy de nuevo, a descubrir una vez más el mundo, a maravillarme y dejarme sorprender, otra vez, de la mano de un ramillete de redondas manos pequeñas.




miércoles, 13 de enero de 2016

...

Parecieran ser tiempos tan automáticos para el humano como para el lavarropas.

Pero yo no quiero perderme de vista ni uno de los adoquines que decido pisar para avanzar o retroceder, o bifurcarme, o dar la vuelta y volver.


sábado, 10 de octubre de 2015

Paisaje sin nombre.

 María Natividad Llaneza. 
Yo te nombraba abuela.

Cuando era habitante de los territorios de la infancia, algunas de mis jornadas las pasaba ayudando a mi abuela con las tareas de la casa. Era lindo andarle detrás como un pato, llevando pañuelos planchados al ropero, o sobre los patines de paño en el suelo de madera lustrado.

Ella tenía toda una rutina, todo el día organizado en una serie de actividades que arrancaban después de los mates de las ocho de la mañana: Aseo de la casa, aseo de la ropa, cocina y al final, a la tarde temprana, merienda y labores. Siempre andaba tejiendo o bordando algo, mi abuela. Nunca las manos ociosas.

Había algo ritual en toda esa rutina diaria. Ella hacía cada cosa sin apuro, no era su meta terminar. Y naturalmente, todo el ajetreo estaba listo a las dos de la tarde, que era cuando empezaba el ciclo de películas viejas en la tele, y mientras yo le cebaba mate, ella tejía con Lolita Torres cantando como un canario a la hora de la siesta.

Cada tanto, en el ciclo, había un día distinto, en donde era tiempo de hacer algo cuyo ritmo era más lento que el diario, como el día de limpiar los vidrios, o el de limpiar la heladera, o el de guardar la ropa de invierno y sacar la de verano (este era como un día de fiesta, porque casi que no se podía hacer nada más, e incluso se invitaba a las tías a participar de la jornada...)

Me recuerdo ayudándola a tender las sábanas sobre la enorme cama de madera oscura, de respaldo alto y liso, y música de resortes. El colchón pesaba como una ballena.
Sus sábanas eran enormes, sin elásticos, y todo era una clase de plegado y torzadas para que cada esquina del colchonote quedara prolijamente cubierta. Ella me iba dirigiendo desde su punta, y yo repetía cada maniobra con atención de aprendiz y dándole la necesaria seriedad a la tarea.

Rallar pan viejo y moler café eran mis especialidades en la cocina, y podía llegar a trompearme con mi hermano si osaba pisar mi territorio y birlarme los molinillos. Uno se enchufaba y tenía un poderoso botón rojo que había que pulsar con mucho talento para que no se quemara el motorcito. El otro era pura fuerza de manivela.

Nunca había apuro, nunca empujones, nunca reprimendas cuando las manos pequeñas y aún torpes derramaban, o soltaban, o no lograban hacer coincidir las puntas de un pañuelo bajo la plancha. Siempre la mano tibia y amorosa de mi abuela cubriendo las mías, enseñándome mientras hacía, a reparar, a limpiar, a lograr las simétricas coincidencias necesarias para la belleza. El amor y la paciencia en cada uno de sus gestos, hasta que mis manos se sentían seguras de conquistar la tarea.
Después, en el tiempo del mate y las labores de la tarde, ella me contaría alguna historia de cómo ella misma había tenido que probar y practicar hasta por fin conquistar alguno de sus tantísimos talentos. Otras veces, me regalaría una historia de su propia infancia, allá en los prados y valles de Asturias, del tiempo en que hacía travesuras con aquella amiga que nunca olvidó. O de cuando mi mamá era pequeña y el barrio era un gran patio de puertas abiertas, clubes y bailes en las veredas.


Cuando me gana este presente y su endiosamiento de la velocidad, y sin darme cuenta empiezo a dejar que se acelere mi paso por el día, la esquina de una cama logra milagrosamente traerme de vuelta, tendiendo un puente desde la luz de esta mañana hasta aquellos territorios de mi infancia. Hasta aquella sabiduría cotidiana de mi abuela.







miércoles, 9 de septiembre de 2015

"Que seas bien inscripto y rubricado" Jatimá tová! (Diario de Yentl)

A los diecinueve años, con una certeza absoluta, hice mi conversión al judaísmo.
Unas se anotan en un equipo de vóley, otras en danzas, en patín artístico o en pintura. A mí me invadía la devoción, y no sabía a qué cosa entregarla. Mi padre había sido un hombre religioso, con abundantes citas bíblicas en su hablar cotidiano, y una admiración por el Cristo que lo hacía llegar siempre a la emoción. Era un místico. Uno bastante intenso.
Me enojé tanto con él que un día me fui a dar la vuelta a los dioses para, en principio, discutirle uno por uno los puntos de su fe en mi corazón.

Lo primero que hice fue desechar su dogma y lanzarme al desierto.

Caminando el judaísmo (digo el judaísmo porque es más que la religión judía, es también la cotidianidad de un pueblo, y se puede ser judía sin practicar su religión, pero yo le entré con todo, como corresponde. Nunca a medias..) comprendí algo fundamental. Si la vida no se vive de acuerdo a lo que dicta la fe, las ideas que se defienden (sea religión, ideología política, ideología filosófica, etc), es teoría. Es mentira.
En sus rituales encontré la voluntad puesta al servicio del sentido del símbolo. Cada día sagrado, sus comidas, sus oraciones, sus relatos, todo un manual de instrucciones precisas de cómo recordar: a traves del sentir, del vivenciar, de volver a pasar por el corazón a través de los sentidos y la memoria.

Todas las fiestas del calendario eran una oportunidad de detener el tiempo y volver a la contemplación de la propia humanidad, a través de instrucciones precisas. En los símbolos de cada fiesta, en su ritual específico, el alma hacía un recorrido guiada por las acciones, por el hacer y la palabra. Eran como una maravillosa meditación dirigida.
Entre todas, había una que me parecía la más indispensable de todas, y solo le encontré un paralelo en la cultura Maya y su día fuera del Tiempo.
1 del mes de Tishrei es la fecha que marca Rosh Ashaná, o Cabeza de Año. Y al día siguiente, luego de los festejos, de la familia y los banquetes, comienzan los Iamim Noraim, los Días Terribles.
Durante ese tiempo, tu libro de la vida (registro akáshiko) está abierto, y se sellarán los acontecimientos de tu vida para el próximo año. Y acá, nada de arreglarlo rezando doscientos padrenuestros. Tenías que hacer una retrospectiva de tu año, ver en qué la habías pifiado, y arreglarlo. Al final de los diez días, la última oportunidad de cambiar tu destino llegaba con Iom Kipur, Día del perdón. Ayunar, perdonar, perdonarse y pedir perdón. Y que se escribiera para ese año una página luminosa para el libro de tu vida.

Hoy, veintitantos años lejos de aquellos días míos de ser Yentl, conservo intacto el espíritu de detenerme a contemplar, en la rueda del propio año, cómo han sido los pasos del camino que transité y hasta donde me llevaron, a dónde me trajeron, porque es la única manera de dejar de cometer una y otra vez los mismos errores, el hábito de la inercia, de la falta de conciencia de uno mismo, que lleva al fracaso a tantas buenas y nobles empresas.

Pegar una frenada, aflojar con la maldita velocidad que te hace llevarte todo puesto por el camino, darte vuelta y mirar el tendal. Y cometer el supremo acto de libertad y voluntad que implica cambiar, transformarse, dejar de hacer y hacerse daño, ver cómo es esto de crecer.

Shaná Tová Umetuká. Y que el pedir perdón suene dulce en tu boca como una manzana con miel.







sábado, 15 de agosto de 2015

Romper el arquetipo de la violencia

Me recuerdo en mañanas de sol, con mi guardapolvo blanco, sentada sola leyendo el diccionario en el patio de la escuela.

No tenía muchos amigos. No tenía ninguno, creo, aunque algunas niñas insistían en serlo. A mi, los otros me daban miedo.

En mi casa, los días casi siempre se convertían en algo parecido al infierno, sospecho, porque yo vivía en estado permanente de miedo. Mis papás estaban muy, muy, muy enojados la una con el otro y viceversa, y cualquier cosa desataba las batallas más violentas, las palabras de puteadas de ida y de vuelta por encima de nuestras cabezas, los ademanes mutuos de amenazas y de revoleos. Recuerdo el gesto de dejar el cuerpo quieto, quedar como congelada, con la esperanza de que recordaran el lugar en donde nos habían visto la última vez antes de quedar ciegos de ira, y salvarnos de que nos golpearan por accidente, o nos llevaran por delante en su furia. Sé ahora por qué la sensación de miedo me paraliza. Es una defensa, mínima defensa mal aprendida.

En los recreos de quinto grado, yo leía el diccionario, todas las palabras del diccionario, porque necesitaba entender si era o no mi culpa que en mi casa la violencia estallara como en un campo minado. Porque la violencia, que pasaba a lo físico en ademanes, estallaba y corría más que nada en la palabra.

Hoy, a la luz de la violencia cotidiana de estos tiempos que me tocan siendo ya adulta, me pregunto qué habrá pasado con los otros niños pertenecientes a mi generación, cuando veo cómo nos vinculamos nosotros, estos adultos maduros nacidos en la década del setenta y alrededores, cómo es nuestro trato en lo cotidiano, nosotros la actual generación de padres criando, dando forma a las generaciones venideras. Delante de ellos, a los gritos, entre nosotros, desde nosotros hacia ellos.. La amenaza, el castigo, el grito más fuerte, la cara más terrible, el ceño más fruncido, el puño más en alto definen la discusión.

Mejor que los otros me tengan miedo y ni se me acerquen, pareciera ser nuestro lema generacional.

Entre nosotros los adultos está legitimada la amenaza verbal y hasta física en cualquier ámbito, en el ámbito escolar y el de la salud es donde más emerge esta forma de relacionaros.

Pienso que, en la crianza que recibimos, la violencia fue mucho más común de lo que nos gusta admitir, de lo que podemos admitir sin que nos duela.

La educación es para mí una pregunta, un desafío, la necesidad de comprender de qué manera se opera sobre las construcciones sociales violentas como individuo. Dónde es que se invisibilizan los mecanismos que nos enseñan a ser chacales de los otros. Cómo se hace para ser un adulto sano, fraternal, humano.

Hay quienes piensan que lo más importante que un niño tiene que aprender en la escuela es a operar matemáticamente de manera fría y mecánica y a saberse los nombres de todas las cosas y sus correspondientes clasificaciones, como si educar a un niño fuera algún tipo de adiestramiento para meterlos en alguna picadora de carne de algún sistema que necesita que ellos respondan como piezas. Y eso también implica no diferenciar entre lo que pueden y lo que no, sino obligarlos a la forma que desde el pasado les imponemos, la forma adecuada, la forma necesaria, amputándoles así cualquier posibilidad de modificar el futuro. No podemos tomar de ellos ningún mensaje, ningún aprendizaje. Nos espantamos y nos desesperamos por violentarlos y hacerlos encajar en un molde insano, vertiginoso, competitivo, despiadado y violento que ni siquiera nos gusta.

Estamos locos.

Cada vez siento más la convicción de que criar, educar, tienen que ver con la inmensa tarea de volverse un ser humano, parte de un sistema social humano que no devore a sus crías ni arroje a los imperfectos al Taigeto; una humanidad que no se reproduzca tan solo por placer o por egoísta necesidad de trascendencia, o por miedo a la soledad de la vejez; una humanidad que abra en su vida espacios para cultivar otras vidas, nuevas vidas. Y eso no solo involucra a los que deciden físicamente ser padres, sino a una sociedad humana que comprenda la niñez, la adolescencia y la juventud con la misma veneración que debe ser mirada la vejez y procure los cuidados sociales necesarios.

Lo digo habiendo sido en algún momento una madre horrible con mi pequeña hija, reproduciendo los modelos de vínculos violentos que se dieron en mi crianza.
Lo digo habiéndome permitido cuestionarme mis propias formas, comprendiendo que no son naturales en mí, sino adquiridas, porque creo, habiendo visto durante años y años crecer a los niños, que la esencia humana es realmente luminosa y plena de amor si no se la perturba con crueldades materialistas, y que es posible sanar una mirada cultural, transformándola al ritmo que marca la realidad de los que van naciendo detrás.
Lo digo caminando de la mano de mi hija y de los niños de mi escuela la dura tarea de traer lo nuevo y lograr que nosotros, endurecidos y aterrados, logremos comprenderla.





domingo, 3 de mayo de 2015

Lunes

Tu silencio es un abrigo
una capa de reina cotidiana
una manta
es un abrazo de absoluta confianza
un lugar habitado.

Tu silencio es un cuenco de brazos
donde reposa sin alerta mi cuerpo de guerrera
y baja mi alma la guardia.

Tu silencio es liviano
porque las palabras no pesan
la condena de ser acalladas.
Tu silencio está lleno de tu voz
en tu silencio se escuchan tus palabras.

Estás en tu silencio.
De tu silencio me llevo las preguntas necesarias.

martes, 31 de marzo de 2015

Declaración de otoño.

Yo creo que algo he comprendido, pero aún no sé bien qué.
Me duermo cada noche con una pregunta.

¿Cómo es construir algo que no existe?
¿Cómo es inventar una nueva manera, una forma nueva?
¿Cómo es dar vida a algo que aún no está sobre el planeta?

Y se me llenan los pasos de respuestas.

Todo lo que he pedido, va llegando. Lo importante es dejar de hablar y darme cuenta.
Y entregarme a lo que sucede como quien entra suavemente al agua transparente de la pileta, dejando que lo líquido me envuelva y casi me vuelva un pedazo de agua.
Sin temer.
Porque si lo he pedido, es lo que he pedido.
Y esa confianza no es ciega. Es fe.
Fe en mí, fe de saber que sabré merecer y recibir a manos llenas aquello que mi boca tanto dijo, aquello que tanto caminé dentro de mí para encontrar.

Así se vuelve sagrado el sentido de mi vida, de las millones de vidas que me rodean, que se tejen con la mía.

Así se vuelve bendición esta tarea de enseñar mientras aprendo con los niños de mi vida.

Así se vuelven tus manos en mis palmas, en mis brazos, sutiles en mi espalda en el abrazo con el que me gusta envolverme, una verdad inmensa, presente en un instante, y mi cabeza está sobre mis piés, y en el medio, toda yo, en cada uno de mis poros.







lunes, 23 de febrero de 2015

Panambí porá.


Había tantas palabras revoloteando en mi cabeza, saliendo de mi boca a borbotones, saliendo de las bocas de los otros, enunciando propuestas y caminos, opiniones y teorías, y verdades y mentiras.
Las palabras no bajaban a la Tierra.
Invadían el aire como moscas, como alguaciles, como pájaros torpes.
Palabras sobre palabras, tapando a las palabras, pisando a las palabras, se volvieron pesadas y se me vinieron todas encima, una noche, como una avalancha, cargadas de la misma fuerza que no ponían en marcha, me taparon, me agobiaron, arrasaron conmigo como un alud, y se me fue toda la fuerza en la fuerza que hacía para salvarme torciendo a los demás con mi palabra.

En un otoño, una noche, se me cayeron como hojas secas todas, todas, todas las palabras.

Me quedé muda.
Me quedé muda, en cuarentena, porque cada vez que abría la boca, salía un gemido, un llanto, y no podía articular palabra.

Dormí un silencio largo mientras llegaba en el tiempo la noche más larga, el día más oscuro. El invierno me encontró con el silencio justo como para sembrar las semillas necesarias.

Las palabras habían perdido la capacidad de servirme.
Tenía que volver a hablar sin las palabras.

Como el que aprende a caminar con su pierna ortopédica después del accidente, o a ver con las manos, o a escuchar con los ojos, tenía que encontrar por dónde mi voz podría ser manifestada.
Llegó la respuesta en los vivos colores de unos ovillos de lana.

Hice hablar a mis manos, palabras silenciosas fueron las hebras de las mantas que tejía sin pensar en palabras. Pensaba en colores, en la luz que darían sus colores tejidos en simétrica trama. Pensaba en la palabra abrigo y tejía con el cuerpo tibio mientras afuera el viento y la lluvia silbaban, agitando mis ventanas.

De a poco fui aprendiendo a hacer hablar al cuerpo.
Dejando que la palabra me pasara a través, atravesándome en el parto, se convirtió la palabra en Verbo.

Y en ese tránsito, se me llenó el cuerpo de Fe.

Cuando fue primavera, vino el mundo a golpearme la puerta. Y de atrevida, le dije que sí.

Me saqué los zapatos, dejé que el sol le diera despacio una caricia a la piel nueva, mientras todavía caían los restos del gusano valiente que fuí cuando decidí dejar de ser gusano.

Y llegaron los increíbles, dulces, abundantes frutos del verano.
Y fue tiempo de volar, de empezar a aprender cómo es esto de ser mariposa.

Sólo recuperé las palabras justas.
Demasiadas palabras ponen lastre a las alas.





lunes, 16 de febrero de 2015

Pensamiento que florece después de una sobredosis de candombe.

Hay algunos que tienen una vida de mierda.
Andan todo el tiempo vomitando protestas y puteadas, un día, y otro día, y cada día, y esperan el sábado como un oasis, pero nada, nada les llena ese agujero negro en el centro, que todo lo consume y con nada se siente satisfecho.
Vos mismo tuviste alguna vez una vida de mierda hasta que una mañana, o una tarde, o después de la última borrachera, dijiste "basta, basta, esto es una vida de mierda."
Y algo pasó.
Y algo se rompió.
Y empezaste el lento y doloroso parto de encontrarle un sentido a tu vida, a todas las pequeñas y miserables vidas que se apiñan en un bondi, en un ministerio, o en una oficina.
Dolió.
Dolió como operarse una muela sin anestesia. Hasta que te arrancaste la última costra de gusano, y cambiaste de ojos, y cambió tu corazón de domicilio.
Y mientras andás volando, los otros, los que no se atreven aún a arrancarse la piel para liberar sus alas, te tiran con piedras, con flechas, con botellas, para que no te conviertas en la prueba de su oscura cobardía.

sábado, 24 de enero de 2015

Se trata de nosotras... (navegaciones en el medio de la ola que se formó bajo mis pies)

Mucho tiempo anduve por la vida muy, muy enojada.

De las muchas frustraciones bien ganadas a fuerza de mentales expectativas malogradas, se sumaba un enojo ancestral heredado: yo había nacido mujer, y eso era una continua desgracia.

De andar jugando feliz en la calle al sol, en cueros como mis primos y hermano, mi cuerpo pasó a ser el motivo de que tuviera que vestirme, taparme, y  dejar de andar abrazando así a los varones.

Mi cuerpo, de un verano al otro, aparentemente se había transformado en un peligro. Tenía que empezar a aprender a usarlo como un arma, o se convertiría en un yunque.

Lo primero que aprendí fue a controlar desesperadamente su peso, su volumen y el rellenamiento armónico de sus redondeces. ¿Los varones hacían el servicio militar a los 18? yo venía disciplinando como un samurai mis comidas, no en función de mi sana alimentación sino de que me calzaran los pantalones talle 38, que era la frontera con el yunque...

Vivía oscilando entre tapar mis formas cuando sentía la amenaza de la avidez en alguna mirada, a exponerlas cuando buscaba obtener alguna ganancia.

Nunca logré acostumbrarme al acoso del piropo callejero. Mucho menos a la violencia verbal, a que alguien se sintiera con derecho a gritarme gorda, largá los postres desde un auto, a provocarme una herida narcisista por no cuadrar con su concepto de belleza y tener la osadía de salir a la calle a pavonearla.

Nunca logré acostrumbrarme a ser una puta o una histérica, o una pesada si me quedaba afectivamente enganchada. Nunca logré que fuera natural que me mintieran, que fuera aceptable, porque es común que los hombres engañen a las mujeres, ellos tienen otras necesidades.

Yo jamás me sentí con derecho a poner mi mano sobre un pantalón masculino sin permiso. Sin embargo, muchos de ellos han puesto la suya sobre mi cuerpo en transportes públicos, calles solitarias o lugares públicos para robarme el pudor y correr. 

No me resigno a dar por sentado que el Hombre es un animal que no puede dominar sus instintos sexuales, que lo gobiernan por completo y nublan su entendimiento si una minifalda o un escote o un pantalón corto le muestran un poco más de piel.

No me resigno a que la pornografía sea cool. A tener la obligación de coger tres veces por semana para que mi vida sea normal. A estimular el deseo físico con artificialidades. A olvidarme del amor, de la entrega y de la unión con el otro y limitar la calidad del encuentro a la cantidad de orgasmos logrados.

De todas las formas de violencia contra la mujer, la más jodida es la que nos han enseñado tan bien, que nosotras mismas la ejercemos voluntariamente contra nosotras todos los días.

La cultura lleva en su sopa reglas no explicitadas que se dan por sentado en el diario vivir y se plasman en la idiosincracia. Acciones reflejas que se basan en los juicios que, aunque no se verbalizan, mueven la voluntad.

Así como está implícitamente establecido, por ejemplo, que el color de la piel es como un termómetro de "primitividad y peligrosidad del otro" (esos negros de mierda, ese negro tiene cara de chorro, etc) también está establecido y bien claro que el cuerpo femenino es propiedad pública.

Es objeto de placer.
Es incubadora reproductiva.
Es accesible por la fuerza.
Y, como no tiene alma, se lo puede utilizar y luego desechar sin vida en una bolsa de consorcio, y la sociedad no se indignará por eso.
Nosotras no nos indignaremos por eso.

Y entregamos sexo a cambio de amor, y no son la misma moneda.
Y nos arrancamos los pelos con cera caliente, y ayunamos, y nos planchamos, nos pintamos, nos disfrazamos de osadas o de princesas de Disney, desesperadas porque ya no entendemos qué somos, qué debemos ser, qué es lo que queremos y qué lo que nos hicieron creer que queremos.

Porque desde una mala interpretación de los libros sagrados en adelante, la mujer y la serpiente, la culpa y la manzana, todo en la misma bolsa, y el hombre, picado por el frío del miedo, saltó a la vereda opuesta, al lado de los dioses, a pedir que la mataran por tentarlo.

¿Cuándo fue que el Hombre decidió que la Mujer no tiene Alma?
Fue el día en que la miró con miedo y no pudo ya ver en los ojos de ella el reflejo del alma suya. 
La vio vacía porque la miró con los ojos, ya no con el alma, ya no con amor. La miró con miedo.
Y se sabe que si alguien no es mirado con amor, no puede aprender a mirarse con amor.

El cuerpo femenino es una amenaza en sí mismo, es una puerta al poder.











miércoles, 21 de enero de 2015

Comprender

Juana preguntaba:
¿Por qué llueve?

Y la mamá y la maestra le explicaban que el agua se evaporaba y subía y formaba las nubes, y las nubes se cargaban, y chocaban y el agua caía.

Pero Juana preguntaba:
¿Por qué llueve?

Y entonces los psicólogos decían que tenía un retraso madurativo, o dificultades de aprendizaje, o TGD o DDA, y que por eso no entendía.

Pero Juana preguntaba:
¿Por qué llueve?

Y yo sabía que esa pregunta era el rastro del camino para encontrar a Dios y preguntarle, ¿por qué Yo? y brillar con la respuesta.

domingo, 18 de enero de 2015

Panambí (mariposa, alma del mundo)





Ando entre tambores desde hace muchos años,desde que apenas se entreabrían las puertas para dejarnos entrar a tocar a un mundo masculino, tomado por asalto y sin consulta, como hasta ahora en la Historia del mundo y la invisibilidad de las mujeres.

Todavía sonaba fuerte en la cultura lo que era "cosa de hombres" y lo que era "cosa de mujeres", y cruzar esas fronteras nos obligaba a un sacrificio. Ser mujeres masculinas, masculinizadas.

Para que me dejaran pasar sin desconfianza, primero, allá lejos, tuve que aprender a ponerme combativa, a ladrar y aporrear los parches para demostrar que, a pesar de tener tetas y carecer de poronga, sí tenía "huevos" para tocar.

Así, en un interminable exámen de ingreso, anduve muchos tambores con tanto miedo de fallar, que no lograba encontrar el sonido de mi corazón. No lograba sonar, pero tocar, tocaba.

Un día el sonido, de tanto que lo pedi, me encontró a mí.

Era mi cumpleaños número 33. Acababa de terminar la relación más turbulenta de mi vida. Finalmente, había decidido abandonar un mandato y descubrir el camino de entregarme al mundo para descubrirme a mí. Y caminando por Avenida de Mayo, oí sonar las cuerdas de candombe.
Me subio un rio por las venas, y dejando que se movieran solas mis caderas, me fui llevada por una música que me sonaba como el río.

Encontré el candombe. O el candombe me encontró a mí.

Cuando ya éramos varias las que andábamos disfrazadas de muchachos rudos, apaleando parches por acá y por allá, de tanto vernos, de tanto cruzarnos por todas partes, un espacio (o varios) se gestó en el aire.

Entonces vio la luz la primera comparsa solamente de mujeres, y ahí andaba yo en sus aguas. Primer milagro, primer intento.

Pero como pasa siempre, hay algo que tenemos aprendido en el formato en que lo hemos padecido, y para verlo y cambiar, hay que sufrirlo.

Todo lo que aprendimos de ellos (el poder, la competencia, la exclusion, la búsqueda de ganancia, el elitismo) brotó desde el pantano de rencor sobre el que nos habíamos parado para nacer. La víctmia aprende a ser victimaria, el esclavo a tiranizar, el excluido a excluir, y no, no era así, no era eso. Se nos salia del cuerpo tanto veneno respirado tantos siglos, que yo sentía que nos estábamos volviendo ellos.

En el tiempo de partir y de empezar a andar a solas los caminos, cuando por fin tuve claro todo lo que no, fue tiempo de empezar a ver las imágenes de lo que sí.

Y en las imágenes yo veía una hoguera, y mujeres, una ronda de muchas mujeres, y la alegría, y la música bajando por los cuerpos, y cada una buscando su lugar, su lugar para ser lazo en la trama de algo, de una red, de una manta. Volver a ser amiga mía, volver a ser amiga de las mujeres, desearme lo más cálido, lo mejor, y desearlo para mis hermanas. Sin caciques, sin poderes, haciendo realidad en la horizontalidad de la trama, eso que siempre supimos las mujeres: el poder debe ser una manta, porque si se concentra en un punto, crece un tumor, y el tejido hace metástasis y la esencia se muere.

Soñé con un lugar en donde fuera verdad el arte de dejar que la música nos haga a nosotras, nos ilumine, nos encuentre.
Un lugar para aprender a confiar.
Un lugar para decir con amor, un lugar para abrazar y matar al miedo, a la soledad y a la muerte.








lunes, 22 de diciembre de 2014

El sanador (Relatos de Elphaba)

Laverna vivía dentro del tronco de un inmenso árbol en el bosque donde se guardaban los lugares sagrados. Tenía tantos años como para entender bien el mundo y sus velos, y sus palabras eran el oráculo de los que buscan.

Caminaba lentamente, con la sencilla elegancia de la grandeza vistiendo sus movimientos suaves y maternales. Hablaba sin mirar a Elphaba, que, sentada en un banco pequeño de madera, cerca del fuego que ardía en el hoyo de la cocina, seguía sus movimientos como quien escucha narrar el cuento de su propia vida.

- Cuando lo sagrado se profana, las cosas del mundo pierden su sentido. Esta guerra interminable no se ganará derramando más sangre.
Los lugares sagrados del bosque ya no existen. Todos, uno por uno, han sido saqueados.-

El resplandor anaranjado de la llama sobre el rostro de la anciana pintaba destellos en sus ojos serenos. La raza de las Madres estaba casi aniquilada por la sangrienta guerra de siglos que las había corrido de los Templos y las tenía divididas y diezmadas.


- Cada cual debe dejar hablar a su destino, y para eso debe silenciar la voz de la serpiente que habla en su alma, desde que la confianza fue profanada. Si has llegado hasta mi puerta, es porque la has vencido, Elphaba.-

La anciana miró con ternura a la mujer madura llena de cicatrices sentada en el pequeño banco de madera.

- El camino es hacia el Oeste, en las tierras donde se pone el Sol. Es cuesta arriba en su mayor parte, ya lo sabrás. No te ocultes del Sol, no te guarezcas, porque el Sol es amor, y a tí no te matará. Sólo envenena su luz la neblina del cielo del Reino. Fuera de aquí, en la Nada, el Sol no es patrimonio de nadie. Bébelo, deja que te ilumine. Será tu único alimento.-

Las manos de Laverna no parecían las de una anciana tan anciana como era. Se movían precisas por el espacio, acercando un cuenco humeante hasta las manos de Elphaba. Laverna se sentó en otro banco. Se miraron un rato largo a la luz del fuego de la cocina, Elphaba con el cuenco humeando en su regazo. La raza de las Madres era cálida.

La anciana tomó aire y habló en su boca la voz del Angel.

- Deberás volverte sagrada. Todo lo que guardaba el bosque tendrá sentido si vuelve a la vida dentro de tí.

Se hizo un silencio, hasta que de nuevo el Angel habló.

- No pienses cómo lo harás, no dejes que vuelva a sisear la serpiente. Solamente decídete a ir. Y la mañana en que despiertes y en tu corazón arda la urgencia de empezar a caminar, solo arrójate al camino. No hay a dónde llegar. -

Laverna encendió su pipa y estuvo un tiempo mirando arder el fuego de la cocina, el fuego que jamás se apagaba. Mirando el fuego, volvió a hablar.

- Cuando por fin tu alma se entregue a esa verdad, llegará el Sanador a tu camino. La serpiente hablará con fuerza cuando lo cruces, confundirá otra vez tu alma, gritará tu cuerpo. Pero no es ese el fin de tu camino. Detrás del umbral del Sanador, te espera lo Sagrado.

- ¿Cómo reconoceré lo Sagrado?- preguntó Elphaba.

Laverna giró su cabeza para mirarla a los ojos, y la luz del fuego parecía salir de su rostro. Y sus palabras fueron como un abrigo:

- Lo Sagrado te reconocerá a tí.




miércoles, 10 de diciembre de 2014

Ojos que no ven...

Perdí la forma.
Ya no sé cómo andar con este cuerpo por el mundo. No lo conozco.
Ahora que me cansé de castigarlo para hacerlo encajar, no sé cómo mirarlo.

A veces me confunden los espejos. El frío misterio del vidrio me devuelve mi propia mirada sin emoción.

No es igual lo que veo cuando me miro en otros ojos. Ahí soy a veces realmente hermosa.
¿Qué cable suelto no me deja mirarme con amor todavía?

Había un póster en la sala de espera de mi pediatra. Con esas palabras practiqué mis primeras lecturas:
Si un niño es juzgado, aprende a juzgar.

A los nueve años mis padres me llevaron a un médico para hacerme adelgazar.

Toda la vida, el mensaje fue que mi cuerpo, así como estaba, no era lo suficientemente bueno, no era correcto. Era importante verme de la manera adecuada para encajar, para ser aceptada y elegida. Para agradar.

Mi realidad refleja mi vivencia: toda la vida fui inquilina, jamás habité con libertad como propietaria ni siquiera mi propio cuerpo.

Ahora que rompí todo, también rompí los espejos.

Me voy a la calle a aprender el amor en los ojos ajenos.



miércoles, 3 de diciembre de 2014

Dieciocho años.

Tiene el pelo rapado y una cresta larga y ladeada como crin de yegua, y un brillo en los ojos que me provoca alegría.
Pasa de andar vestida de varoncito guerrillero punk a montarse un solero negro con brillos, y me hace enmudecer deslumbrada el brillante yo que emerge en ella y le da carnét de conductora de su propia vida por el mundo.
La veo tan hermosa, y no puedo creer que alguna vez fui tan joven como hoy ella, apenas unos años antes de que ella llegara a la vida atravesándome.
Ahora ya no me inclino ante ella para poder mirarla a los ojos.
Ahora nos vemos a los ojos una frente a la otra, y se inclina mi alma en una reverencia ante la luz que en ella veo florecer.



sábado, 22 de noviembre de 2014

La preponderancia de lo pequeño (encuentro número veintiseis o veintiseismil)

Me gusta estar de espaldas cuando llega, porque no esperarlo llegar, no verlo venir, me deja sorprenderme al darme vuelta y encontrarme de nuevo con sus ojos.

Y todo eso es un momento del día.

En el abrazo de bienvenida algo ha ido mutando, algo ha ido creciendo.
Fue un refugio, fue un consuelo, fue ansia, fue piel de nuevo, apenas solamente una piel que llama, fue distancia, y ahora por fin, cada vez, es reencuentro. Porque en alguno de todos esos abrazos, por fin nos encontramos en silencio.

No importa para qué. Nunca hay un específico para qué en un encuentro. Hay un dejarse de pertenecer, hay un vaciarse de uno mismo para que el otro entre por completo a recorrerte, a ver tus rincones, tus sombras, tus miserias, tu vista al río y tus jardines, y te los cuente.

Meterse en el otro es devoción, es respeto. No se entra por asalto y obsesión. Algo sucede o no sucede y atravesando el cuerpo le va dando los movimientos. Un paso, una danza, un encuentro fugaz fuera del tiempo, son brújulas que florecen cuando nos quedamos silenciosos y quietos un momento.

(Lo que entra, entra por el alma antes que por el cuerpo. Si no, no la encuentra, no encuentra los caminos para llegar al centro.)

Ya no sé a dónde voy, porque es cada momento del día lo que me va llevando de un encuentro hasta el otro, a cosechar la humanidad divina.

En ningunos otros ojos me siento tan bellamente desnuda, tan verdadera. Me gusta lo que veo de mí en sus ojos, lo que él me refleja. No me mira con hambre, no me mira con deseo, no me mira como a una presa de pollo en celo. Me mira para mostrarme que esa parte que no dejo asomar, es la más bella. Que hay ternura en mi oscuridad, algo tierno que no es débil, y aprendo de él a mirarme con ese mismo amor.

En nuestros encuentros, él me atravesó con música, me trajo la memoria de la danza y el juego al cuerpo, perfumó mi cabeza, acarició mi pelo, y ahora me ayuda en este parto de poner en las palabras lo que se agita en el universo de mis sentimientos.
Me ayuda a tejer en palabras los pensamientos.

En este camino de revivificar las palabras, de llenarlas del espíritu del que son símbolo, aunque mi psicóloga se ponga nerviosa, yo digo que es amor lo que compartimos en cada encuentro.
Que con él estoy aprendiendo a religar el alma con el cuerpo.

Porque cada vez que nos abrazamos al final de nuestro encuentro, para cerrar allí lo que de la misma manera hemos abierto, hay algo sagrado que se me desparrama por el cuerpo, y me encuentro a mí misma entre sus brazos mientras descanso la cabeza en su pecho. Y ahí quiero quedarme, apenas respirando en una danza mínima que el aire provoca al entrar y salir a través nuestro, dejándome envolver y atravesar por eso tan tibio que hemos gestado en ese encuentro.

Y nada más.
Y nada menos.