Entonces, el mundo era un lugar seguro.

Entonces, el mundo era un lugar seguro.


Mieditos que hacen que pensemos en todas las posibilidades que hay de que algo salga mal cuando estamos decidiendo si hacerlo.
Mieditos que te hacen negar en público lo que estás sintiendo hasta creértelo.
Mieditos que te atornillan a la silla convencido de que no tenés la fuerza ni el talento.
Mieditos que te dejan siempre siendo espectador.
Un día decidí vivir como la condenada a muerte que soy, que somos todos, y no tuve tiempo para los mieditos. Y los pocos que quedan se me siguen cayendo.
Ése es todo el secreto para conquistar el mundo.


Él sabe que yo lo llamo con otro nombre. Como una pausa en el medio de la multitud, ése nombre es mío.
Pienso en unas palabras precisas y muchas que le mandé volando cuando lloró y se sintió perdido.
Pienso que un día lo ví apropiarse de ése nombre mío, busco entre las lunas mayas y leo en ése día:"Si algo tienen claro los Jaguares son sus propias ideas".
Y sonrío.
Elijo definitivamente mal.
Algún chip se me jodió de tanto usar el microondas con el pelo mojado o por abrir la heladera en patas o quizás por haberme metido tanto los dedos en la nariz de pequeña. Se me torció la brújula, se me desconectó el radar. Elijo maravillosamente como el orto.
El olor progesterónico que llama a mi nariz siempre es el de algún criminal de renombre, un malandra con carnet o una larva sin vocación de sacrificio propio pero sí ajeno. Todas mis relaciones terminan con alguna anécdota de ésas que, si no fuera porque me pasan a mí, me encantaría contar para amenizar los tés canasta. Y lo peor es que en esto de elegir espantosamente mal, me voy perfeccionando con los años.
¿No habrá un GPS para la vida, digo yo, que al menos me desligue de la responsabilidad ante el desastre consumado? ¿un aparato que, si no tengo la suerte de que acierte con la ruta correcta, pueda cargar con mi furia por el resultado nefasto? ¿un pequeño monitor que me vaya diciendo con voz gallega "deténte y dobla ia mismo a la derecha, que estás por comerte un pelotudo"?
La china volvió triste de su viaje de una semana con la escuela. En la fiesta de despedida, peinada y arreglada con esmero, nadie la sacó a bailar. Salió llorando del baño después de su ducha y de su mal fingida alegría al contarme lo bien que la había pasado. Salió llorando y a mí el corazón se me hizo puré.
La miré mientras le secaba tanta lágrima y le alcanzaba un vaso de agua para curar el hipo angustioso, rezando que también le curara la herida nueva que mostraban sus ojos, y me acordé de mí. De mi propia soledad a los trece, catorce, quince eternísimos años que parecían nunca terminar por fin. De mi propia soledad ahora que tengo veinte años más en éste mundo, del que todavía no logro entender a veces cuáles son las reglas.
Mirándola miré todo mi caminito recorrido. Tomé aire y nos sentamos en mi cama a conversar.
"Tenés destino de cisne" le dije.
Abrió grandes esos ojos profundos que tiene, sus ojos de almendras inundaditos de pena, y empezó a escuchar.
"La gente no es toda igual. En la vida están los patos, todos iguales, repetidos, previsibles. Patos que van en fila, unos detrás de los otros, día tras día, a nadar en los mismos charcos sin preguntar.
Cada tantos patos aparece uno que es distinto. Aparece un pato con esencia de cisne.
Los cisnes florecen desde adentro para afuera, se templan en soledad, por alguna razón las cosas no les son fáciles, y cada pequeño dolor da un cincelazo más a su destino mientras dura su vida de patos distintos.
Y un día, a fuerza de preguntarse cosas, de mirar la vida desde otro cristal, de no encajar, encuentran que nada los completará desde afuera, se buscan esenciales y se encuentran, y entonces una luz les aparece por los ojos y florecen. Florecen cisnes. Y se dan el lujo de mirar a todos desde un lugar nuevo. Y mandarlos a cagar."
Nos reímos a carcajadas las dos entre las lágrimas que ya nos salían hasta de las orejas mientras nos abrazábamos. Y en esa risa y ese abrazo supo que en su camino de pato raro ella no está tan sola. Vive con un pato raro que un día se hizo cisne y que es su mamá.


Catalina tendrá el alma al viento, los pies descalzos, la risa fácil, el corazón dispuesto. Los ojos de su padre son de cielo, así que ya tiene resuelto el asunto de poder mirar adentro de la gente.
Tiene nombre de lluvia sobre techos de marzo, de reina, de vecina, de amiga que ceba mate para curar las penas. Su papá tiene manos de verdadero artesano, así que en cada caricia le irá dando forma a sus sueños chiquitos.
Andará despeinada de alegría de volver corriendo a casa para encontrar abrazos, para contar noticias y pedir panes para curar al mundo del hambre y la injusticia.
Viajará por la gente, por sus pequeñas historias, por las manos que, como las de su papá, hurgan en la vida hasta encontrarle el sentido. Hablará del amor dando cátedra, y lo dejará atravesarla para llegar a la gente sin escalas.
Si tengo suerte, un día se sentará en mi clase para enseñarme más cosas sobre lo simple y lo claro que encierra cada día.
Catalina es hija de un ángel y una flor. Y tiene una banda de tíos que son niños perdidos de un cuento de hadas.
Bienvenida a nosotros, Catalina. Salud!


Educar es algo que demanda algunas cosas fundamentales entre otras muchas cosas:
Tener convicciones firmes.
No traicionarse.
Ser infinitamente paciente.
Estar dispuesto a no dejar de aprender jamás.
Creer en la humanidad y amarla.
Saber aceptar.
Conocer la diferencia entre observar y juzgar, y nunca ejercer ésta última.
Reírse varias veces por día de uno mismo.
Saberse punto de luz entre millones de puntos de luz.
Tener la capacidad de ser feliz.
Con éso, para arrancar, andamos bien.

"..a éste hijo de puta que, si fuera por mí, le daría mecha y lo haría abandonar el país haciéndole explotar cinco kilos de trotyl en el ojete."
Dios, éso era lo que quería decir. Aplauso de pie para los guionisas de Peter Capusoto.
Iba poseída por el espíritu de la estrella hoy a la tarde, estrenada maestra de primer grado, feliz de tambores de sábado, yendo a tocar en batucada otra vez, a ver a mis amigos, moviendo las caderas por la calle al compás de la música en mis auriculares, y llegué entonces hasta el túnel en la Panamericana. No fue un miedo como cuando busqué refugio en la sombra de un umbral, sino una inquietud lejana lo que me rozó al ver entrar del otro lado a tres hombres jóvenes y arreglados, hombro con hombro casi y conversando. Quizás debí haber corrido. O detenerme en la entrada del túnel hasta verlos pasar. Pero tomé la decisión de no parar la marcha.
Cerca del ecuador, un segundo antes del punto medio, vi como el que venía de mi lado tenía en la mirada un gesto raro, de ausencia fingida y cálculo preciso. Su mano izquierda iba a impactar indefectiblemente en la parte de mi humanidad que más me gusta gobernar. Y cuando parecía que, larreputísimamadre, no quedaba otro remedio que comerme el garrón y carajear mientras los miraría irse dando risotadas, sin aminorar la marcha levanté mi brazo izquierdo, calcé su antehombro en la herradura de mi mano, y de un empujón sin esfuerzo desvié al macabro contingente sacándolo de mi camino hacia el cordón de la vereda, para pasar triunfalmente por la vereda vacía y ancha. Tanto se sorprendieron que ni siquiera largaron una puteada.
Fue como descubrir la combinación de botones que te hace invencible jugando a los fichines.
A veces pasa...



A mí me gusta ABBA.
Mis amigas me putean cuando empieza a sonar un tema en el equipito y fruncen la cara como ardillas. Mariconas. ¿Acaso ninguna se sintió abrazada cuando escuchó "Chiquitita" la primera vez que le rompieron el corazón ni se le frunció el asiento cuando Muriel se descorría el velo emocionada mientras sonaba una versión imponente de "Dancing Queen"?
Hasta hoy he saltado disimuladamente ésa carpeta en el mp3 cuando compartía mi música con desconocidos.
Ahora jódanse.
No pienso dejar de hacer absolutamente nada de lo que me hace feliz.
